viernes, 3 de mayo de 2013

Esparta y su ley (II de V)



0- ÍNDICE

5. LA NUEVA ESPARTA 
6- EUGENESIA Y CRIANZA 
7. LA INSTRUCCIÓN DE LOS NIÑOS
8. LA INSTRUCCIÓN DE LOS ADOLESCENTES
9. LA VIDA ADULTA



5- LA NUEVA ESPARTA

Aquel que no es terrible para sí, no inspira terror a nadie, y sólo el que inspira terror puede dirigir a los demás.
(F. W. Nietzsche, "La Gaya Ciencia").

Somos pocos entre muchos enemigos.
(Brásidas, general espartano).

Forzados a aprender lecciones tras sus larguísimas guerras con los mesenios, e iluminados por las leyes de Licurgo, los espartanos procedieron a construir una nación-campamento militar. Fue el conocimiento del poder de subversión del enemigo, el haber estado a punto de caer en sus manos, lo que hizo de Esparta lo que después llegó a ser. Fue la paranoia de seguridad, la desconfianza en el sometido, lo que elevó a Esparta por encima de los demás estados helenos e hizo que se entregara a Licurgo. Pues los espartanos estaban obsesionados con que sus súbditos, muchísimo más numerosos, pudieran rebelarse de nuevo contra su autoridad, de modo que eligieron endurecerse y criar un nuevo tipo de hombre bajo un poder autoritario, totalitario, militarista, incorruptible e incuestionable, que se debería obedecer ciegamente. A partir de entonces, las leyes de Licurgo adquirieron su mayor esplendor. Éste fue el periodo a partir del cual Esparta fue única en la Hélade, el periodo en el cual "algo cambió", la época en la que el pueblo espartano, en silencio y con discreción, sufrió la más extraña de las transformaciones.

¿En qué consistió precisamente esta mutación? Entre otras cosas, en que los espartanos aprendieron a dirigir su agresividad no ya sólo contra sus enemigos y rivales, sino primeramente contra sí mismos y sus semejantes, con el objetivo de estimularse, depurarse y perfeccionarse. Además de endurecer al practicante, tal conducta hacía asomar sutilmente, en mentes ajenas o enemigas, la pregunta subconsciente de "si se hacen esto a sí mismos, ¿qué harán a sus enemigos?" Así nació, pues, el ascetismo militar.

Los espartanos se militarizaron. Todo su pueblo pasó a estar organizado, distribuido e integrado cuidadosamente. Esparta pasó a ser socialista y totalitaria, entendiéndose socialismo en su sentido original de civilización organizada y disciplinada por una élite superdotada formada con sus mejores hijos, y basada en un criterio de sangre-valor —un criterio biológico-espiritual. El socialismo del que se habla es algo que sólo en la edad de hierro podría tener lugar, pues se trata de reunir lo que fue dividido, y se parece más a una aristocracia que a una democracia. Spengler describió tal tipo de sistema militarista-patriarcal-imperialista en su obra "Socialismo y prusianismo", señalando cómo este sistema resurge una y otra vez en la Historia, encarnándose en los grandes pueblos y dando lugar a los imperios [10].

La organización por castas en Esparta era tripartita: guerreros, "burgueses" y esclavos.

• Los espartiatas: La clase superior era la de los astoi, damos o ciudadanos, la aristocracia, constituida por espartanos de linaje dorio puro que poseían un kleros (lote de tierra) y que se autodenominabanspartiate o también omoioi (iguales). Para ser "iguales", empero, había que formar parte de ese celoso clan, esa Orden cerrada, selectiva y elitista que era la aristocracia de Esparta, que en sí misma estaba fuertemente jerarquizada, y que requería como condición de pertenencia el haber nacido en el seno de una familia espartana de sangre pura, el pasar una estricta eugenesia (palabra de origen griego que significa "buen nacimiento") y el haber superado después pruebas atroces durante la instrucción. Sólo los varones espartiatas, brutalmente entrenados y militarizados hasta la médula, podían portar armas, aunque les estaba prohibido luchar entre ellos de cualquier modo que no fuese en combate cuerpo a cuerpo: no podían permitirse duelos de honor donde cayesen hombres necesarios para la defensa del país.

La costumbre de llamarse "iguales" o "similares" ha de estar enraizada en el inconsciente colectivo indoeuropeo, ya que los romanos se llamaban entre ellos "pares" y la aristocracia inglesa peers, palabra de igual significado. Todo esto nos desvela una santificación de lo propio y lo similar, así como un desprecio a lo ajeno.

Dentro de este estamento, la élite a la que todos los jóvenes aspiraban era los Hippeis, una guardia selecta de 300 hombres menores de 30 años.

Los espartiatas eran los descendientes del antiguo ejército dorio invasor y de sus familias, es decir, la nobleza guerrera de los antiguos dorios, puede que la mejor sangre de la Hélade. Conformaban, pues, la casta guerrera propiamente espartana, y de ella procedían también todos los sacerdotes. La casta de los ciudadanos, incluyendo mujeres y niños, nunca tuvo más de 20.000 miembros. Eran diez veces menos que los hilotas.

• Los periecos: En griego, peroikoi significa "periféricos", "habitantes de los alrededores", "vecinos". Formaban la clase media, una suerte de burguesía. Vivían en aldeas con gobierno local, sin autonomía en lo militar y en la política exterior, y se dedicaban principalmente al comercio, la herrería y la artesanía, actividades que estaban prohibidas a los espartanos. Los periecos, pues, eran los que se encargaban del dinero y de la "logística". Probablemente eran descendientes de los estratos más bajos de la antigua población doria, mezclados con los aqueos, que a su vez habían dominado anteriormente a los pelasgos y se habrían mezclado hasta cierto punto con ellos. También procedían de poblaciones que no habían opuesto resistencia a Esparta durante el proceso de definición de las polis. Todas las ciudades mesenias costeras tenían estatus de periecas. Los periecos tenían derecho a un kleros pequeño y de menor calidad que las parcelas de la Llanura Mesenia, y a menudo supervisaban a los helotas, haciendo de intermediarios o capataces entre éstos y los espartanos. Constituían, además, la tripulación de la marina (tanto la comercial como la armada de guerra). Los intermediarios entre los periecos y los espartiatas propiamente dichos eran los harmostes o harmostas, 20 espartanos encargados de administrar a los periecos. A través de ellos, llegaban a Esparta los víveres, las armas y los bienes artesanales.

• Los hilotas: También llamados iliotas o helotas ("cautivos"), se encontraban en lo más bajo de la estratificación social. La mayoría eran mesenios, pelasgos y otros tipos pre-indoeuropeos de Grecia, o mezclas entre ambos. Su condición era de siervos dedicados a trabajar los campos a perpetuidad, pero se les permitía tener posesiones —es decir, propiedad privada. Una cantidad fija de sus cosechas debía ser destinada a su señor espartano, y el resto quedaba en manos de cada hilota.

Los hilotas estaban atados legalmente a la tierra y les estaba prohibido abandonar el kleros que cultivaban, aunque también estaba prohibido expulsarles de él. Como su estatus no era de esclavos, no se podía comprarlos o venderlos. Gracias a estas medidas de tipo feudal, Esparta nunca tuvo que importar grandes masas esclavas del extranjero, como sí acabaría haciendo Atenas.

Generalmente, los hilotas odiaban mortalmente a la arrogante nobleza espartana (Cinadón dijo que querían "comérsela cruda"), por la que a menudo eran despreciados y humillados. Sólo la unidad, la fiereza, el carácter guerrero, la capacidad organizativa y la crueldad de la élite espartana les impedían estar en continua rebelión. Porque siempre que se cruzaban con un espartiata, sabían que estaban ante un ser que no tendría dificultad en matar a muchos de ellos con sus propias manos. Ello hacía que el hilota respetara y temiera al espartiata., y seguramente Esparta hacía lo necesario para cultivar esta imagen. En Esparta, las castas se conocían entre ellas, en tanto que los hilotas sabían que los espartanos eran superiores, y que los espartanos sabían que los helotas eran inferiores.

Los números de los hilotas, según el historiador griego Tucídides (460 AEC-395 AEC), oscilaban entre 150.000 y 200.000. Como señas de identidad, debían llevar la cabeza afeitada, ropas de cuero y un kyne, gorro de piel de perro. No ostentar estos atuendos se castigaba con la pena de muerte y una multa para el señor del hilota.



6- EUGENESIA Y CRIANZA

Si se realizara con método un plan de procreación de los más sanos, el resultado sería la constitución de una raza que portará en sí las cualidades primigenias perdidas.
Apoyada en el Estado, la ideología racista logrará a la postre el advenimiento de una época mejor, en la cual los hombres se preocuparán menos de la selección de perros, caballos y gatos que de levantar el nivel racial del hombre mismo.
(Adolf Hitler, "Mi Lucha").

El abandono de los bebés enfermos, débiles o deformes por parte de los espartanos era más humanitario y, en realidad, mil veces más humano que la lamentable locura de nuestro tiempo presente, en que los sujetos más enfermizos son preservados a cualquier precio, siguiendo a esto la crianza de una raza de degenerados lastrados con la enfermedad.
(Adolf Hitler).

Gracias a un agudo sentido de la ley que regía el origen de su especie, pueblos como los espartanos recurrieron en sus selecciones a los mismos principios de inflexible severidad prescritos originariamente por la Naturaleza, y ello incluso después de haber llegado a territorios más hospitalarios.
(Cuaderno de las SS Nº 7, 1942).

La crianza espartana rebosa de aquello que Nietzsche en su "Ocaso de los ídolos" llamó "moral de cría" respecto al hombre superior, como oposición a la "moral de doma" que con él lleva al cabo, por ejemplo, el cristianismo. Lo que hacían los espartiatas era extremar la selección natural para poder obtener en el futuro una raza de hombres y mujeres perfectos. El culto a la perfección actualmente suscita airadas protestas entre los adalides del politicocorrectismo actual, siempre contentos con decir que la perfección es inalcanzable ―con lo cual pretenden justificar y excusar su propia pereza para siquiera intentar acercarse. Pero Licurgo y sus discípulos sí se habían planteado la perfección como ideal-meta, y para lograrlo renunciaron a todo escrúpulo, adoptando una filosofía desapegada, distante, por encima —"más allá del bien y del mal", hablando en plata.

Se puede decir que el sistema de eugenesia precedía incluso al nacimiento, porque a la joven embarazada y futura madre se le hacía practicar ejercicios especiales pensados para favorecer que su futuro hijo naciese sano y fuerte, y que el parto fuese fácil. No hay nada más demencial que los tiempos presentes, en los cuales mujeres que no han hecho deporte en su vida, se ven forzadas a dar a luz de forma traumática, sin la preparación física y mental necesaria, como un soldado que va a la guerra sin entrenamiento militar.

Recién nacido el bebé, la madre lo bañaba en vino [11]Según la costumbre espartana, el contacto corporal con el vino hacía que los epilépticos, decrépitos y enfermizos entraran en convulsiones y se desmayaran, de modo que los débiles morían al poco tiempo, o al menos podían ser identificados para su eliminación; pero los fuertes eran endurecidos como el acero. Esto puede parecer una especie de superstición infundamentada, pero el mismo Aristóteles la defiende, y los ilustrados franceses criticaron como "irracional" la costumbre campesina de bañar a los recién nacidos en agua con vino ―señal de que, en la Francia rural del Siglo XVIII, esto aun se hacía. Hoy en día sabemos, por ejemplo, que un baño de alcohol endurece los pies, preparándolos para soportar actividad prolongada. También sabemos que el vino tinto contiene taninas, sustancias de origen vegetal que son utilizadas para curtir cuero y otras pieles de animales, ya que las hacen duras y resistentes a las temperaturas extremas y a los ataques de microbios.

Si pasaba la prueba, el bebé era llevado por su padre al Lesjé ("pórtico"), e inspeccionado por un consejo de sabios ancianos para juzgar su salud y fortaleza, y para determinar si sería capaz de soportar una vida espartana. Todos los bebés que no eran sanos, hermosos y fuertes eran llevados al Apothetai o Apótetas ("lugar de rechazo") en la ladera Este del monte Taigeto (2.407 metros de altura) desde donde eran arrojados a Kaiada o Kheadas (el equivalente espartano a la Roca Tarpeya romana), una fosa situada 10 kilómetros al noroeste de Esparta. Kaiada, hasta nuestros días, es un lugar que siempre ha estado rodeado de leyendas siniestras. No sólo los niños defectuosos eran arrojados a sus profundidades, sino también los enemigos del Estado (cobardes, traidores, rebeldes mesenios y sospechosos) y algunos prisioneros de guerra. Recientemente se han descubierto numerosos esqueletos allí sepultados, incluyendo de mujeres y niños.

En otras ocasiones los defectuosos eran entregados a los helotas para ser criados como esclavos, aunque quizás debería interpretarse este hecho como que, en ocasiones, algún bondadoso pastor (o más bien un pastor necesitado de mano de obra) recogía a un bebé que había sido abandonado a la intemperie para morir, y lo llevaba a su casa para criarlo como un hijo.

Recordemos por otro lado que los antiguos germanos abandonaban a los bebés defectuosos en los bosques para ser devorados por los lobos. En las SS, a los bebés que nacían deformes, débiles o enfermizos se les sofocaba al nacer, y posteriormente se informaba a los padres de que el niño había nacido muerto. Según Plutarco, para los espartanos, "dejar con vida a un ser que no fuese sano y fuerte desde el principio no resulta beneficioso ni para el Estado ni para el individuo mismo". También los romanos llevaban al cabo infanticidios eugenésicos desde la Roca Tarpeya. Bajo este principio se ejecutaba, en un acto de compasión verdadera, a todos los bebés que no eran perfectamente sanos. Esto, además de eugenesia, era aristogenesia ("el mejor nacimiento" o "nacimiento de los mejores"). Lo que la Naturaleza suele hacer de modo lento y doloroso, los espartanos lo hacían de modo rápido y casi sin dolor, ahorrando trabajos y sufrimientos innecesarios. En vez de soslayar las leyes naturales —como hace la sociedad tecnoindustrial moderna, endeudándose con la Naturaleza y con el futuro—, los espartanos las elevaban al máximo exponente, y creaban un mundo donde era imposible huir de ellas.

 La luna sobre el monte Taigeto.

La mayoría de Estados helénicos (como la totalidad de pueblos indoeuropeos de la antigüedad, así como muchos no-indoeuropeos) siguieron tácticas similares de selección eugenésica en las que se daba por supuesto que el derecho a la vida no era para todos, sino que era necesario ganárselo demostrando ser fuerte y sano. Tal idea viene de la convicción inconsciente de que el pueblo al que se pertenece ha interiorizado un pacto con la Naturaleza. La particularidad espartana estriba en que, en el resto de Grecia, la eugenesia era opcional, pues la decisión correspondía a los padres, de tal modo que el seleccionar a los bebés era una política privada y doméstica. En Esparta, en cambio, la selección era una política estatal plenamente institucionalizada. Los espartanos veían en estas medidas un asunto de vida o muerte, y de supervivencia en cuanto a comunidad de sangre. Asumían estas medidas con convencimiento, pues les habían ayudado en el pasado a superar situaciones tremendamente adversas. Su objetivo era asegurar que sólo los aptos sobrevivirían y favorecer la evolución, manteniendo así bien alto el nivel biológico del país y, sobre esta base, lograr un perfeccionamiento a todos los niveles.

Los bebés que sobrevivían a la selección eran devueltos a sus madres e incorporados a una hermandad masculina o femenina según su sexo —generalmente la misma a la que pertenecían su padre o su madre. Poco o nada se sabe sobre estas hermandades, probablemente se trataba de cofradías donde los niños eran iniciados en el culto religioso. Tras haber sido aceptados en dicha hermandad, pasaban a vivir con sus madres y las niñeras, criándose entre mujeres hasta los 7 años.

Durante estos 7 años, la influencia femenina no los suavizaría, dado que se trataba de mujeres que sabían criar sin ablandar. Las madres y niñeras espartanas eran un ejemplo de maternidad sólida: jóvenes duras, severas y virtuosas, imbuidas de la profunda importancia y el carácter sagrado de su misión. Habían sido entrenadas desde que nacieron para ser mujeres de verdad —para ser madres. Se les extirpó cualquier tipo de excesiva ternura o compasión que pudieran tener para con su hijo. Si el bebé era defectuoso, debía ser sacrificado, y si no, debía ser curtido cuanto antes para estar en condiciones de soportar una vida espartana. Los primeros años de la existencia de un pequeño lo marcan para el resto de su vida y así lo comprendieron las espartanas, de modo que se aplicaron con esmero en su tarea de criar hombres y mujeres.

En vez de envolver a los bebés en vendajes, ropas de abrigo, pañales y mantas como si de larvas se tratasen, las madres y nodrizas de Esparta les ponían telas flexibles, finas, ligeras y en escasa cantidad, dejando libres las extremidades para que pudieran moverse a voluntad y experimentar la libertad corporal. Sabían que los bebés tienen un sistema inmunológico más fresco e intacto que los adultos, y si se les enseñaba a aguantar el frío y el calor a temprana edad, no sólo no se resentirían, sino que se endurecerían y serían más inmunes en el futuro. En vez de ceder ante los llantos de los bebés, las mujeres espartanas les acostumbraban a no quejarse. En vez de permitir el capricho con la comida y sobrealimentarlos con alimentos super-purificados, ultra-esterilizados e hiper-desinfectados que hicieran que sus sistemas inmunológicos perdieran la atención, les alimentaban con una dieta tosca y natural. En vez de cometer la aberración de alimentarles con leche de animales, pasteurizada, hervida y despojada de sus cualidades naturales, las mujeres espartanas amamantaban ellas mismas a sus hijos, contribuyendo a formar el enlace biológico maternal.

Durante los 7 primeros años, otra de las tareas era lograr que los infantes se enfrentaran a sus temores, extirpando los miedos y las supersticiones infantiles. Para ello, las madres y niñeras espartanas recurrían a diversos métodos. En vez de permitir que los bebés desarrollaran temor a la oscuridad, desde recién nacidos les dejaban a oscuras para que se habituaran a ella y le perdieran el miedo. En vez de favorecer que los bebés no se supieran valer por sí mismos, a menudo los dejaban solos. Les enseñaban a no llorar y a no quejarse, a ser duros y a soportar la soledad —aunque sí quitaban los objetos o impedían las situaciones que pudieran disgustar a los bebés o hacerlos llorar justificadamente.

Los bebés espartanos no eran precisamente mimados como los bebés de hoy en día, que son sobreprotegidos y colmados de ropas de abrigo, pañales abultados, gorritos, bufandas, manoplas, patucos, encajes, cascabeles, dibujos afeminados y colores chillones que convierten a la pobre criatura en una ridícula pelota hinchada y multicolor, restringiendo su crecimiento, atrofiando su inmunidad, aislándole de su medio e impidiéndole sentir su entorno, adaptarse a él y desarrollar complicidad con él.

A los bebés de Esparta no se les tenía rodeados de aduladores a todas horas, pendientes de sus lloriqueos. Y tampoco se les sometía a conciertos de grititos, mimos y risas histéricas por parte de mujeres poco sanas, ruidos que confunden al bebé, lo incomodan y lo hacen sentir ridículo, para acabar convirtiéndolo en tal. Las madres espartanas no reprendían a sus hijos cuando demostraban curiosidad, o cuando se arriesgaban, o cuando se ensuciaban en el campo, o cuando se alejaban a solas, o salían a explorar, o se lastimaban jugando, porque ello diezmaría su iniciativa. Esta costumbre decadente de sobremimar a los niños y de recriminarles cuando se arriesgan, no es propio de sociedades indoeuropeas viriles y exigentes. A los niños espartanos, en fin, se les permitía internarse en la Naturaleza, correr por los campos y por los bosques, trepar árboles, escalar rocas, ensuciarse, ensangrentarse, juntarse, pelearse y andar totalmente desnudos para que no quedase una sola porción de su piel sin curtir a la intemperie. Eran tratados como verdaderos cachorros.

Todos los varones física y espiritualmente sanos sienten la llamada del heroísmo, de la guerra y de las armas desde muy temprana edad, pues es un instinto que la especie les ha inyectado en la sangre para asegurar su defensa. Lejos de alejarles del gusto por la violencia que se da siempre entre los niños, las mujeres espartanas lo fomentaban en lo posible. Cada vez que los niños veían un soldado espartano, se creaba entorno a él una aureola de misterio y adoración; lo admiraban, lo tenían como modelo y ejemplo, y querían emularle cuanto antes.

Como resultado de estas sabias políticas, las nodrizas espartanas se hicieron famosas en toda la Hélade, pues su infalible crianza producía unos niños tan maduros, recios, disciplinados y responsables que muchos extranjeros se apresuraron a contratar sus servicios para criar a sus propios hijos bajo los métodos espartanos. Por ejemplo, el famoso ateniense Alcibíades (450 AEC-404 AEC), sobrino de Pericles y alumno del filósofo Sócrates, fue criado por la nodriza espartanaAmicla.


  
7- LA INSTRUCCIÓN DE LOS NIÑOS

¿No sabéis que sólo la disciplina del dolor, del gran dolor, es lo que ha permitido al hombre elevarse?
(F. W. Nietzsche, "Más Allá del Bien y del Mal").

A los siete años (edad a partir de la cual las glándulas pituitaria y pineal comienzan a degenerar), los niños espartanos eran más duros, fuertes, sabios, feroces y maduros que la mayoría de adultos del presente. Y aunque no eran aun hombres, estaban ya perfectamente preparados para la llegada de la masculinidad. A esta edad (a los cinco años según Plutarco) comenzaban su Agogé o Egogé(entrenamiento o instrucción) [12].

Se ponía en marcha un proceso que tenía que ver con el fin de la influencia materna —reminiscencia de la época del parto—, y se cortaba de un tajo ese "otro cordón umbilical", intangible, que seguía subsistiendo entre madre e hijo. Se arrancaba, pues, a los hijos de sus madres y se les colocaba bajo tutela militar junto con otros niños de la misma edad, a las órdenes de un instructor, el paidonomos(paidónomo), especie de supervisor que normalmente era un joven sobresaliente de entre 18 y 20 años que pronto acabaría su propia instrucción. Cuando éste se ausentaba por algún motivo, cualquier ciudadano espartiata (esto es, cualquier varón espartano que ya hubiese terminado su propia instrucción) podía ordenarles lo que fuera o castigarles como viese conveniente. La instrucción duraba nada más y nada menos que 13 años, durante los cuales los niños eran ya educados y disciplinados por hombres, con el fin de obtener hombres.

La Agogé es quizás el sistema de entrenamiento físico, psicológico y espiritual más brutal y efectivo jamás creado. La educación que recibían los niños espartanos era obviamente del tipo paramilitar, que en algunos casos estaba claramente orientado a la guerra de guerrillas en los montes y en los bosques, para que el niño se fundiese con la Naturaleza y se sintiese el depredador rey. Por lo que sabemos, era un proceso sobrehumano, un auténtico infierno, casi de alquimia espiritual y corporal, infinitamente más dura que cualquier instrucción militar del presente, porque era muchísimo más peligrosa, duradera (13 años) y extenuante, porque los fallos más nimios se castigaban con enormes dosis de dolor —y porque los "reclutas" eran niños de siete años.

Inmediatamente tras ingresar en la Agogé, lo primero que se hacía a los niños era afeitarles la cabeza. Es indudable que eso era lo más práctico para quienes estaban destinados a moverse entre densa vegetación, a morder el barro y a luchar entre ellos [13], pero el sacrificio del cabello comportaba además una suerte de iniciación del tipo de "muerte mística": se renuncia a las posesiones, a los adornos, a la individualidad, a la belleza, incluso se desprecia el propio bienestar (el cabello es importante para la salud física y espiritual), se uniformiza a los "reclutas", se les da una sensación de desnudez, de soledad, de desamparo y de comienzo (los bebés nacen calvos o con poco pelo), una especie de "empezar desde cero", arrojándoles bruscamente a un mundo de crudeza, dolor, renuncia y sacrificio. Esto no es algo aislado ni arbitrario. Los primeros ejércitos, compuestos de muchos hombres que tenían que vivir juntos en un espacio reducido, vieron la necesidad de mantener corto el cabello para evitar la proliferación de piojos y enfermedades. Por otro lado, la cabeza rapada debía significar algo más para ellos. Los sacerdotes egipcios del más alto grado, los legionarios romanos y los templarios también se afeitaban el cráneo, así como, hasta nuestros días, los monjes budistas y numerosas unidades militares. Cuando se uniformiza a un grupo, sus integrantes no se diferenciarán ya por su aspecto "personalizado" o por sus modificaciones externas, sino por las cualidades en las que sobresalgan desde cero en igualdad de condiciones que sus camaradas. Paradójicamente, uniformizar a un grupo es el mejor método para observar atentamente qué es lo que realmente distingue a los individuos.  

Los niños captaban lo que se les sugería: renunciar a sí mismos, del mismo modo que Goethe dijo que "debemos renunciar a nuestra existencia para existir verdaderamente". Paradójicamente, sólo aquel que no se aferra patéticamente a su vida puede llegar a vivir como un hombre de verdad, y sólo aquel que no se aferra desesperadamente a su ego y a su individualidad puede llegar a tener un carácter verdaderamente consolidado y una personalidad bien definida.

Tras el afeitado de cráneo, a los niños se les organizaba por agelai oagelé (hordas, o bandas) al estilo paramilitar. Los niños más duros, hermosos, fieros y fanáticos (esto es, los cabecillas, los "líderes naturales") eran hechos jefes de horda en cuanto se les identificaba. En el ámbito de doctrina y de moral, lo primero era inculcar a los reclutas amor a su horda, una obediencia sagrada y sin límites para con sus instructores y sus jefes, y dejar claro que lo más importante era demostrar una inmensa energía y agresividad. Para con sus hermanos, sus relaciones eran de rivalidad y competencia perpetuas. Aquellos niños eran tratados como hombres, pero quienes así les trataban no perdían de vista que seguían siendo niños. Se les estampaba también con esa marca que distingue a todo cachorro feroz y confiado en su capacidad: la impaciencia, el ansia de demostrarse y de ponerse a prueba, y el deseo de distinguirse por sus cualidades y sus méritos en el seno de su jauría. 

Inherente a la instrucción espartana era el sentimiento de selección y de elitismo. A los aspirantes se les inculcaba que eran lo mejor de la infancia espartana, pero que tenían que demostrarlo, y que no cualquiera era digno de llegar a ser un auténtico espartiata. Se les metía en la cabeza que no todos eran iguales, y que por tanto eran todos distintos. Y que si eran distintos, algunos eran mejores o peores, o tenían cualidades diferentes. Y que, en tal caso, los mejores deberían estar por encima de los peores, y cada cual colocado en el lugar que le correspondía según sus cualidades. Por eso una Orden se llama así.

A los niños se les enseñaba a manejar la espada, la lanza, el puñal y el escudo, y a marchar en formaciones cerradas incluso en terrenos abruptos, realizando los movimientos con precisión y con sincronización perfecta. Prevalecían en el ámbito físico los procesos de endurecimiento, y se entregaban a muchísimos ejercicios corporales pensados para favorecer el desarrollo de su fuerza y de sus cualidades guerreras latentes: correr, saltar, lanzamiento de jabalina y de disco, danza, gimnasia, natación, lucha libre, tiro con arco, boxeo y caza son algunos ejemplos. 

Para fomentar la competitividad y el espíritu de lucha, y para acostumbrarlos a la violencia y al trabajo en equipo, a las hordas de niños espartanos se les hacía competir entre ellas en un violento juego de pelota que consistía básicamente en una variante, mucho más libre y brutal, del rugby. Los jugadores se llamaban sfareis. Podemos imaginarnos a aquellos pequeños salvajes de cabeza afeitada propinándose toda clase de golpes de todos los modos posibles, chocando, esquivando e intentando luchar por coordinarse, hacerse con la posesión de la pelota y llevarla a la meta convenida, más allá del territorio rival y por encima de los cuerpos del rival. Casi podemos, también, oír los golpes secos, los gritos, las señales de coordinación, los crujidos de los codazos, los rodillazos, las patadas, los puñetazos, los cabezazos, las torceduras y los placajes que debían darse en aquel juego transformador de caracteres y forjador de personalidades y líderes [14].

En el santuario de la diosa Artemisa tenían lugar muchos combates rituales cuerpo a cuerpo entre los cachorros espartanos. También se les enfrentaba sin más, horda contra horda, niño contra niño o todos contra todos, en encarnizadas peleas a brazo partido y puñetazo limpio, para estimular la agresividad, la competencia y el espíritu ofensivo, para desarrollar su sentimiento de dominio en el caos de las luchas y para jerarquizarles. Es fácil figurarse que se dieron dientes saltados, narices aplastadas, pómulos machacados, brechas faciales, caras y manos ensangrentadas, pérdidas de sentido y cabezas abiertas en las peleas de aquellos feroces niños. Además, los instructores se encargaban de azuzarles para que midieran las fuerzas entre ellos, siempre que fuese sólo por competencia y afán de superación, y cuando se veía aflorar espumeante el odio, la pelea era detenida. Quizás lo normal habría sido que al terminar la lucha los contrincantes se saludaran o felicitaran, comentando la pelea entre ellos, con sus compañeros y con sus instructores e intentando aprender. Regía en Esparta aquel antiguo culto que podemos llamar "misterios de la lucha".

En Esparta, como dijimos, se practicaban el boxeo y la lucha libre, pero los espartanos se ejercitaban también en otra arte marcial popular en Grecia: el pankration o pancracio. Consistía en una mezcla de boxeo y lucha libre, similar a las disciplinas modernas de MMA o Vale Tudo, pero más brutal: los participantes podían incorporar a las vendas de sus puños los accesorios que creyeran convenientes para aumentar su poder ofensivo: algunos añadían trozos de madera, láminas de estaño e incluso placas de plomo. Las reglas eran sencillas: valía todo menos morder, así como hurgar en los ojos, la nariz o la boca del adversario. También estaba prohibido matar premeditadamente al contrincante, aunque con todo, muchos eran los que morían en ese sanguinario deporte. En los combates de pancracio, si no se podía proclamar un vencedor antes del atardecer, se recurría al llamado klimax, una solución equivalente al desempate por penaltis en los partidos de fútbol: por turnos, cada luchador tenía el derecho de golpear al otro, sin que al receptor se le permitiese esquivar ni defenderse de modo alguno. Aquel a quien le tocaba propinar el golpe le decía a su contrincante qué postura debía adoptar para recibir el ataque. El objetivo era ver quién caía primero fuera de combate. La historia griega nos da ejemplo con un combate entre un tal Creugas y un tal Damógenes, que llegaron a un "empate", por lo que se aplicó elklimax. Tras echar a suertes los turnos, el primero en golpear fue Creugas, que le pidió a su contrincante que bajase los brazos, de modo que le propinó un poderoso puñetazo en la cara. Damógenes encajó el tremendo golpe con dignidad, tras lo cual le pidió a Creugas que alzase su brazo izquierdo. Acto seguido, insertó con violencia los dedos bajo sus costillas y le arrancó las entrañas. Aquellos progresistas-pacifistas de nuestros días que elogian a Grecia deberían saber que allí se rendía culto a la fuerza, a la fiereza y a la violencia además de a la sabiduría. Los griegos filosofeaban y eran "civilizados", sí… pero cuando hacía falta (o simplemente como pasatiempo) sabían ser unos perfectos animales. Era su dualidad —una dualidad de unión, no de separación; una dualidad que buscaba la inserción perfecta de espíritu en cuerpo, luz en oscuridad, superando su separación.

En todas las luchas, combates, competiciones y juegos, los instructores ponían gran atención para distinguir si los gritos de cada niño eran de rabia, esfuerzo o agresividad, o bien de dolor y miedo, en cuyo caso se les castigaba. Si un niño se quejaba a su padre de que otro niño le había pegado, su padre le daba una paliza por chivato y por no haberse buscado la vida: "El quejarse no sirve absolutamente para nada: es algo que procede de la debilidad"Y esa debilidad, en un espartano, era inaceptable. Como se ha dicho, todos los ciudadanos tenían derecho a reprimir a los niños, de forma que los padres tenían autoridad sobre sus propios hijos y sobre los de los demás. Así, cada padre trataba a los demás niños tal y como deseaba que tratasen a los suyos, como observó Jenofonte. Si un niño, pues, se quejaba a su padre de que un ciudadano le había dado latigazos, el mismo padre le daba aun más latigazos. En Esparta todo era así de rotundo, contundente, brutal y sencillo. De hecho, todo niño espartano llamaba "padre" a cualquier hombre adulto, de modo similar a cuando en nuestros días se llama respetuosamente "abuelo" a un anciano desconocido. Esta costumbre de llamar "padre" a los mayores también fue sugerida por Platón en su "República", que no parece sino un calco de Esparta.

Es mediante las conquistas, las victorias y las derrotas que el guerrero logra conocerse a sí mismo y conocer a su adversario —en el caso de Esparta, a sus semejantes. Y cuando un hombre se conoce a sí mismo, conoce a sus semejantes y conoce a sus enemigos, su sabiduría de vida está consumada. Adquiere de este modo una seguridad, una prudencia, una intuición y una confianza en sí mismo muy elevadas. Cada espartano, pues, conocía a su hermano porque seguramente había peleado contra él, o lo había visto pelear, o había jugado a su lado durante ese brusco rugby, o habían sufrido juntos de cualquier otro modo. Toda su vida era una guerra civil. Luchaban contra sí mismos y entre ellos, pero no por eso dejaban de estar unidos, más bien al contrario. Este sistema era una provechosa válvula de escape para el furor de la raza, que en otros lugares resultaba en trágicos conflictos fraticidas, y que en Esparta se desahogaba casi inofensivamente en competiciones deportivas.

Todos los aspectos de la vida del niño espartano eran regulados para incrementar su insensibilidad al sufrimiento y su agresividad. Se le ponía bajo una despiadada disciplina que les obligaba a aprender a controlar el dolor, el hambre, la sed, el frío, el calor, el miedo, la fatiga, la repugnancia, la incomodidad y la falta de sueño. Se le enseñaban habilidades de supervivencia en el campo, incluyendo rastreo, orientación, caza, obtención de agua y conocimiento de las plantas comestibles. Con ello, se reducía su dependencia de la civilización y se les ponía en contacto con la tradición de sus antepasados cazadores-recolectores de tiempos primitivos.

Para conseguir todo esto, los estrictos instructores utilizaban sin escrúpulos cualquier medio posible a su alcance. Las situaciones de desgaste a las que conducían a los pequeños eran tan intensas que es probable les habrían acercado a un estado muy próximo a la demencia, con presencia de alucinaciones inducidas por la falta de sueño y de comida. Los mastigoforos (portadores del látigo) se encargaban de azotar brutalmente e incluso de torturar a cualquiera que fallase, se quejara o gimiera de dolor, para que las tareas saliesen perfectas. En ocasiones fustigaban sin motivo alguno, sólo para endurecerlos, y los niños espartanos preferían morir antes que soltar un gemido o preguntar por qué se les azotaba. Su filosofía coincidía con la de Nietzsche cuando pensaban "¡Bendito sea lo que nos endurece!"Incluso existían competiciones para ver quién aguantaba los azotes más numerosos e intensos sin gritar; esto era conocido como diamastigosis. En ocasiones, la sacerdotisa de Artemisa mandaba que, en su presencia y ante una imagen de Artemisa, se fustigara a los niños escogidos por ella. Si la ceremonia-suplicio no era del agrado de la sacerdotisa, mandaba que los azotes se intensificaran. Estos niños no sólo tenían la obligación de no mostrar dolor, sino de mostrar alegría. El vencedor de la macabra competición era el que aguantase más tiempo sin quejarse. Sucedía que algunos morían sin gemir. Se alegará que esto es un sinsentido sadomasoquista, pero no podemos juzgar un hecho antiguo con una mentalidad moderna. Seguramente, el acontecimiento inculcaba en las víctimas la noción del sacrificio en aras del arquetipo de su patria (Artemisa) y les enseñaba a dominar el sufrimiento con la divinidad en la mente. Por otro lado, en el resto de Grecia los atletas se sometían voluntariamente a sesiones de latigazos, puesto que ayudaban a endurecer la piel y el cuerpo, además de purgar impurezas (quien haya estado en países donde aun se emplean los latigazos como castigo, se habrá fijado en cómo la desafortunada víctima transpira muchísimo, dejando un enorme charco en el suelo al final del suplicio). Y Esparta era, sin lugar a dudas, un estado atlético. 

La falta de piedad para con el alumno prometedor la describió Nietzsche como: "Yo no tengo contemplaciones con vosotros porque os amo de corazón, hermanos míos en la guerra"Y en palabras que parecen dirigidas a un instructor, a un fabricante de superhombres, dice "La piedad debe ser para ti pecado. Sólo admites esta ley: «¡Sé puro!»" La compasión era el peor veneno para Esparta, porque conservaba y prolongaba la vida de todo lo débil y agonizante —ya se tratase de compasión hacia ellos mismos, hacia sus semejantes o hacia sus enemigos. En el "Canto del Señor" del monumental Bhagavad Gita indo-iranio viene escrito que "un sabio no siente lástima por los que viven, ni tampoco por los que mueren."

Sufrir y soportar dolor sin quejarse era parte de la idiosincrasia espartana. Así, los muchachos espartanos se enorgullecían de la cantidad de dolor que pudieran aguantar con los dientes apretados, y recordemos que Nietzsche decía también que el grado de sufrimiento al que sea capaz de llegar un hombre determina su lugar jerárquico. Es perfectamente comprensible que este tipo de estoicismo pueda interpretarse como un masoquista culto al sufrimiento, pero debemos evitar caer en este error de interpretación. El sufrimiento era en Esparta un medio para despertar los instintos luchadores del hombre y para que tomase contacto con su cuerpo y con la misma Tierra. No se aceptaba el sufrimiento mansamente con la cabeza baja, sino que se luchaba por dominarlo, y todo iba encaminado a conseguir una indiferencia ante el sufrimiento, al contrario de cultos masoquistas como algunas variantes del cristianismo o el moderno "humanitarismo" ateo, forjadores de seres sentimentaloides e hipersensibles incluso ante el dolor ajeno.

La lealtad era otra parte importantísima de la instrucción espartana. Según Séneca, "la lealtad constituye el más sagrado bien del corazón humano", y según Goethe, "la fidelidad es el esfuerzo de un alma noble para igualarse a otra más grande que ella". La lealtad les encaminaba hacia formas de ser superiores y servía para engrandecerles. A los chicos espartanos se les inculcaba una lealtad inquebrantable para con ellos mismos, sus semejantes y su propia Orden —es decir, el Estado espartano. "Mi honor se llama fidelidad", decían los SS, y podría haber sido también un buen lema para los espartiatas. Para ellos, la lealtad era una ascesis que les llevaba por el camino deldharma, del recto orden, de la moral del honor (aidós y timé) y del cumplimiento con el deber sagrado.

Como se ha dicho, la obediencia también era algo primordial en la instrucción, pero ¿hasta qué punto llegaba esta obediencia? La respuesta es que no tenía límites. Era puesta a prueba día a día. A un niño espartano le podían ordenar asesinar a un niño hilota o provocar una pelea con un compañero, y se daba por supuesto que no haría preguntas, sino que obedecería en silencio y con eficiencia. Le podían dar órdenes aparentemente absurdas o irrealizables para ponerlo a prueba, pero lo importante era que, sin titubeos, buscase ciegamente la obediencia de la incuestionable orden. Obedecer era lo sagrado y lo básico, porque el superior sabe algo que el subordinado no sabe. En el Ejército se dice que "quien obedece no se equivoca nunca". Los pequeños espartanos eran constantemente puestos a prueba. Si a un niño espartano se le hubiera mandado tirarse de un precipicio, probablemente no habría dudado y se hubiese arrojado sin pestañear y hasta con furiosa convicción.

Todo esto, a ojos profanos, puede parecer exagerado e indignante, pero tales profanos aun no comprenden lo que significa. Cuando el individuo está seguro de pertenecer a "algo", de estar directamente al servicio de la voluntad divina, las órdenes no se cuestionan porque provienen de Arriba, de allá donde no se pueden comprender —de momento. Servir a un individuo semejante pero superior es servirse a uno mismo, pues ese mando representa en tal momento a la comunidad, de la que el individuo forma parte. Cuando todas las piezas de un engranaje asumen su función con convicción, ello da una sensación general de tranquilidad, confianza y orden que permite a los hombres realizar las gestas más peligrosas y heroicas con la mayor serenidad y naturalidad. Adolf Hitler dijo: "La convicción de que obedeciendo la voz del deber se trabaja en la conservación de la especie, ayuda a tomar las decisiones más graves". Si se ordenaba algo injusto, era por un bien mayor, y en todo caso no se hacían jamás preguntas. Se obedecía por amor a la obediencia misma, como parte de una disciplina monástica-militar. Obedecer una orden era obedecerse a uno mismo y al clan, porque el jefe era una encarnación de la voluntad de ese clan. Nietzsche mismo aconsejó: "Llevad una vida hecha de obediencia y de guerra"Esta magia de lealtad, deber y obediencia es la que lleva a los grandes hombres por el camino de la gloria. 

La instrucción era al aire libre. Los niños espartanos estaban siempre inmersos en la Naturaleza, en sus sonidos, sus vibraciones, sus paisajes, sus animales, sus árboles, sus cambios, sus ciclos y su voluntad. Aprendían a unirse con su patria, a conocerla, a amarla y a considerarla un hogar. Se les obligaba a caminar siempre descalzos, con lo cual pisaban directamente la Tierra, sintiéndola, comprendiéndola, conectados directamente a ella como árboles. Los masajistas saben que los pies son el "mando a distancia" de los órganos corporales. Tener los pies directamente en contacto con la Tierra tiene, sin lugar a dudas, un efecto de masaje importante en todo el cuerpo, efecto destruido hoy en día con suelas y tacones que deshacen la forma natural que tiene el pie de funcionar. Y no sólo eso: el caminar descalzos endurecía los pies como si de madera se tratasen, y con el tiempo los pequeños espartanos se movían con más ligereza por los peores terrenos que aquellos que habían ablandado sus pies con calzado, pues los pies están "diseñados" para eso, y si en el presente no sirven es porque no los desarrollamos ni los curtimos como sería lo natural.

En invierno, a los niños espartanos se les hacía bañar en el gélido río Eurotas. Vestían igual en invierno que en verano, y dormían al aire libre sobre duros juncos arrancados en el río y cortados a mano. Las maniobras y las marchas que realizaban eran agotadoras, y matarían a casi cualquier varón de nuestros días —de hecho algunos muchachos espartanos morían de extenuación. Paulatinamente, los cuerpos de los chicos se iban acostumbrando al frío y al calor, desarrollando sus propios mecanismos de defensa. Poco a poco, se hacían cada vez más duros, más resistentes y más fuertes.

Como nutrición, se les asignaba una ración diaria deliberadamente insuficiente, que incluía el famoso, áspero y amargo pan negro espartano [15] con el que se confeccionaba también la famosa sopa negra (melas zomos) espartana, y que era total y absolutamente incomestible para cualquier no-espartano. Se dice que contenía, entre otras cosas, sangre y entrañas de cerdo, sal y vinagre (pensemos en los ingredientes del chorizo o de la morcilla). Probablemente la ingestión de semejante mejunje era en sí misma una práctica de autocontrol que ayudaba a endurecer la boca, el estómago y el aparato digestivo [16]La comida espartana, por lo general, era considerada por los demás griegos como fortísima, cuando no repugnante. 

Por otro lado, la idea de las raciones alimenticias ásperas y poco abundantes era que los muchachos espartanos se buscaran su propia comida mediante la caza-recolección o el hurto, y que ellos mismos se la cocinaran. Caso de ser descubiertos en un acto de robo de alimento, les esperaba el látigo o una brutal golpiza, además de la privación de comida por varios días. Y ello no por hurtar alimento —que podía ser robado a los helotas— sino por dejarse sorprender. De algún modo, esto recordaba la tradición de "derecho de rapiña" de las antiguas hordas indoeuropeas: los ejércitos antiguos normalmente carecían de cualquier tipo de logística y en sus campañas sobrevivían gracias a lo que tomaban de la Naturaleza o gracias al saqueo sobre sus enemigos y sobre las poblaciones indígenas. En Esparta se quería enseñar a los ciudadanos a adquirir comida por su cuenta para acostumbrarles a esto, para hacer que se adaptasen a un modo de vida de incertidumbre y privación. Vivían en un perpetuo estado de guerra, y se les quería mentalizar bien de ello. Ya Jenofonte dijo que "un cazador, habituado a la fatiga, hace un buen soldado y un buen ciudadano". Por lo demás, en Esparta se respetaba mucho a los animales y además los dorios en general conservaban cultos arcaicos a divinidades con partes de animales (como el Apolo Carneios, con cuernos de carnero), lo cual simboliza la condensación de las cualidades totémicas asociadas al animal en cuestión. Los muchachos espartanos, que vivían a la intemperie, debían sentirse identificados con muchos de los animales que les rodeaban, forjando una cierta complicidad con ellos.

Es conocida la anécdota del niño espartano que, habiendo capturado un zorro como alimento, lo ocultó bajo su túnica para esconderlo de un grupo de soldados que se acercaban. El zorro, desesperado, empezó a utilizar sus dientes y sus garras para atacar el cuerpo del niño, pero éste aguantó sin gritar. Cuando brotó la sangre, el zorro se tornó más agresivo y empezó a arrancarle al niño trozos de carne, comiéndoselo vivo literalmente. Y el niño aguantó el dolor sin gritar. Cuando el zorro había llegado hasta sus entrañas, royéndole los órganos, el pequeño espartiata cayó muerto silenciosamente en un discreto charco de sangre, sin haber dejado escapar un gemido ni haber mostrado siquiera signos de dolor. No era el miedo lo que le hacía ocultar su caza, pues sin duda era peor esa muerte lenta y dolorosa que un montón de latigazos. Era su honor, era su disciplina, capacidad de sufrimiento, voluntad, resistencia y dureza ―cualidades que en su corta vida había desarrollado más que cualquier adulto del presente. Esta macabra anécdota, relatada por Plutarco, no pretende ser una apología (a fin de cuentas, Esparta perdió con este niño a un excelente soldado), sino un ejemplo del estoicismo espartano, que a veces llegaba a extremos delirantes.

Con las medidas de escasez alimentaria se quería favorecer también que el cuerpo, al ser privado de crecimiento a lo ancho, adquiriera mayor dureza y estatura [17]Se propiciaba la aparición de cuerpos altos, compactos, sólidos, flexibles, esbeltos, duros, ágiles, resistentes y atléticos, aprovechados al máximo, con una musculatura concentrada, recortada y fibrada al extremo, no propensos a las lesiones y con gran aguante al dolor, a la fatiga, al hambre, a la sed, al calor, al frío, a la enfermedad, a los golpes, al esfuerzo explosivo o prolongado y a las heridas más terribles. No eran cuerpos con una musculatura superdesarrollada, que requirieran una dieta inmensa y un mantenimiento constante y poco práctico. Eran cuerpos concentrados, íntegros y proporcionados, diseñados para sobrevivir con lo mínimo, perfectas máquinas biológicas en las que se podría haber estudiado a simple vista cada vena, cada tendón, cada ligamento, cada músculo y cada fibra de músculo que hubiese a flor de piel. Su fuerza debía ser impresionante, en caso contrario no hubiesen podido vivir, marchar y combatir con todo el peso de las armas, coraza, escudo, etc. Plutarco explicó que los cuerpos de los espartanos eran "duros y secos". Jenofonte, por su parte, sentenció que "es fácil de ver que estas medidas no podían sino producir una raza sobresaliente en construcción y en fuerza. Sería difícil encontrar un pueblo más sano y eficiente que los espartanos" [18].

Éste es el cuerpo más apropiado para el combatiente. Platón, en su "República", dejó claro que el minucioso régimen de dietas y ejercicios específicos que llevaban al cabo los atletas, hace que no rindiesen cuando de repente se les privaba de sus rutinas —durante una campaña militar, por ejemplo—, ya que sus cuerpos estaban demasiado acostumbrados a contar con nutrientes y a depender de ellos. En las situaciones extremas, tales cuerpos reaccionaban instintivamente reduciendo su masa muscular y produciendo agotamiento, debilidad y malestar. En la batalla de Estalingrado, muchos combatientes alemanes cayeron muertos inexplicablemente. Se supo después que era al mismo tiempo de hambre, frío y extenuación. Y los más afectados por esta muerte fueron precisamente los hombres más corpulentos y masivos, esto es, los que requerían mayor mantenimiento en cuanto a alimentación y descanso.

Los luchadores de todas las épocas supieron comprender esto, entre ellos también los legionarios romanos ―que buscaban cuerpos duros, resistentes y concentrados― y los SS, que se ejercitaban sin pausa, consumiendo una dieta escasa y tosca que incluía las famosas gachas de avena, el porridge que tanto influyó fisiológicamente en la proverbial impasibilidad de ingleses y suecos (se sabe que la avena influye también en la tranquilidad de los caballos de carreras, y las dietas atléticas la suelen incorporar).

Como vemos por su estilo de vida, los espartanos estaban sin duda musculados, pero no exageradamente en lo que a volumen se refiere. No eran individuos masivos como los culturistas de hoy en día, y para estar seguros de lo que decimos no hay más que ver las privaciones alimenticias que sufrían, así como el régimen de ejercicios que llevaban, muy abundante en esfuerzos aeróbicos intensos. Su nivel de definición y tono muscular, en cambio, sí debía de ser impresionante.
  
A los muchachos espartanos se les enseñaba a observar, a escuchar, a aprender, a ser discretos, a no hacer preguntas y a asimilar en silencio. Se les enseñaba que la retirada o la rendición en batalla eran una deshonra, que todo combate en que participaran debía acabar para ellos en victoria o muerte y que, tal y como dijo Jenofonte de los espartanos, "una muerte con honor es preferible a una vida sin honor". O en palabras de Nietzsche, "hay que morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo".

A los espartanos, igual que a los druidas celtas, a los perfectos cátaros y a los templarios, les estaba prohibido el trabajo manual pesado: su trabajo era la guerra. No obstante, al renunciar al trabajo manual, renunciaban también a los frutos de tal trabajo: eran imbuidos de austeridad, sencillez y ascetismo en todos los aspectos de su vida, eliminando cualquier cosa que pudiera ablandarles o debilitarles. Sus gestos eran medidos, reducidos y justos, y sus modales solemnes y respetuosos. Sus casas carecían totalmente de decoración y presentaban un aspecto rústico y áspero, de piedra y madera. Se pretendía aumentar la falta de necesidad de cada espartano; su autosuficiencia personal.

De hecho, no se les permitía el lujo ni en el lenguaje, de tal modo que hablaban las palabras justas, en tono seco, directo, firme y marcial. Un niño espartano debía permanecer silencioso en público, y si se le dirigía la palabra debía responder con la mayor brevedad, elegancia y concisión, al más puro estilo militar. El lenguaje espartano era como el pueblo espartano: poco abundante pero de gran calidad. Era un idioma de voz, mando y obediencia, que debía sonar infinitamente más desagradable, mecánico, duro y áspero incluso que el latín legionario o que el alemán más marcial. El áspero dialecto dorio hablado en Esparta, el lacónico, ha llegado a ser sinónimo de sequedad y sencillez de habla. Y la sencillez de habla es esencial para una espiritualidad elevada. Lao Tsé, legendario mensajero del Taoísmo, dijo que "hablar poco es lo natural" [19]Hay numerosos e ilustrativos ejemplos acerca del laconismo espartano que irán apareciendo a lo largo de este escrito. Uno bueno lo constituye el que en una ocasión en que una guarnición espartana estaba a punto de ser rodeada y atacada por sorpresa, el gobierno espartano le mandó simplemente el mensaje: "Atención". Era suficiente para unos hombres que llevaban toda la vida ejercitándose en la milicia. "A buen entendedor, pocas palabras bastan", dice un refrán español. 

El laconismo espartano es lo directamente opuesto a la vulgar charlatanería actual, donde las voces histéricas se mezclan estrepitosamente y sin armonía, destruyendo con palabras absurdas el silencio, que sería mil veces preferible a tal ajetreo. El habla es mucho más importante de lo que hoy en día se acepta. Mediante el habla, el pensamiento encarna sobre la Tierra. En el habla se condensa la comunicación entre personas, influyendo decisivamente en la manera que tiene el individuo de percibir a los que le rodean, particularmente a sus semejantes, en los que el individuo se ve reflejado. El individuo aprende a conocerse mejor a sí mismo a través del conocimiento de sus semejantes, y el concepto que tenga de sus semejantes tendrá eco en su propia autoestima. El mismo Nietzsche, estudioso de la filología, otorgó gran importancia al habla, dedicándole extensos párrafos.

Para aprender sobre política, modales solemnes, respeto a sus mayores y asuntos estatales, los niños espartanos eran llevados a las sistias o cofradías del Ejército (de las que me ocuparé más adelante), donde hombres jóvenes y ancianos filosofaban, conversaban y discutían sobre la actualidad del momento. Plutarco dijo que para los pequeños, la asistencia a estos círculos era como una "escuela de templanza" donde aprendían a comportarse como hombres y a "vacilar" a un adversario. Se les enseñaba a burlarse de otros con estilo, y a saber encajar las burlas recibidas. En caso de que les sentase mal una burla, debían declararse como ofendidos, e inmediatamente el ofensor cesaba. Los mayores intentaban poner a prueba a los niños para conocerles mejor e identificar sus cualidades, y éstos debían ingeniárselas para causar una buena impresión y quedar bien ante aquellas congregaciones de atentos veteranos, respondiendo con la mayor ingeniosidad y brevedad posible a las preguntas más retorcidas, maliciosas y rebuscadas.

En las sistias, los niños aprendían, además, el humor aristocrático e irónico típico de los espartanos, aprendiendo a bromear con elegancia y a tomarse las bromas con humor. No es extraño para nada que un pueblo como los espartanos, aristocrático, solemne y marcial, otorgara gran importancia al humor y a la risa —particularmente los espartanos debían de ser maestros del humor negro. Aunque los hilotas probablemente se fascinaran ante la seriedad de los espartiatas y los tacharan de reprimidos, éstos entre ellos eran semejantes, eran hermanos. Por orden del mismo Licurgo, una estatua del dios de la risa decoraba las sistias. La risa tiene, efectivamente, gran importancia terapéutica. Podemos imaginar la alegría, las emociones y las carcajadas que se escuchaban en las competiciones deportivas, en los concursos y en los torneos de Esparta, pues a la hora de jugar y competir, los hombres más solemnes y entrenados se convierten en niños.

La educación, la cortesía y los modales depurados eran enormemente apreciados en Esparta. ¿Por qué era esto tan importante? Sencillamente porque cuando los miembros de un grupo siguen conductas ejemplares, el respeto se impone, y se desea actuar bien para mantener el honor y conquistar el respeto de los camaradas. Por otro lado, cuando los miembros de un grupo se entregan a las actitudes deplorables o a las diversiones decadentes, el respeto disminuye, y desaparece el prestigio interior del grupo. ¿Para qué ganarse el respeto de indignos por medio del sacrificio, si ni siquiera respetan el espíritu de superación? Y el resultado es fácil de ver: se renuncia a actuar ejemplarmente. Uno se deja sumergir en el ambiente degenerado e imita lo que ve. Los espartiatas intuyeron esto, e instauraron un estricto código de conductas y modales solemnes en todo momento, para poner en marcha un círculo virtuoso.

Los instructores espartanos a menudo cogían a los hilotas y los emborrachaban a la fuerza, obligándoles a vestirse de modo ridículo, a llevar al cabo bailes grotescos y a cantar canciones estúpidas (no les estaba permitido recitar poemas, ni entonar canciones "de hombres libres"). Así engalanados, los presentaban ante los niños como ejemplo de los estragos ocasionados por el alcohol, y de la poca conveniencia de beber mucho o de beber en absoluto. Imaginémonos el impacto psicológico que tenía en un orgulloso, curtido y duro niño espartano la contemplación de un ser inferior ataviado ridículamente, danzando con torpeza y canturreando incoherencias. Todo esta puesta en escena servía para que el niño espartano experimentara una buena dosis de asco hacia sus enemigos, a quienes se le enseñaba a despreciar. En Esparta no existía el vicio del alcoholismo, y un borracho hubiera sido fanáticamente machacado a golpes hasta hacerle papilla tan pronto fuese visto. Fue el mismo Licurgo quien había ordenado arrancar las vides a las afueras de Esparta, y en general el alcohol era algo considerado con muchísima cautela, desconfianza y control.

El estilo de vida que llevaban los niños espartanos mataría en menos de un día a la inmensa mayoría de adultos del presente. ¿Cómo lo soportaban ellos? Sencillamente porque habían sido criados para ello. Desde muy pequeños se les había enseñado a ser duros y fuertes, curtiéndose en la Naturaleza y despreciando las comodidades de la civilización. Y los cuerpos y espíritus infantiles aprenden con rapidez y se adaptan fácilmente a cualquier situación, desarrollando velozmente las cualidades que necesitan para sobrevivir. Por otro lado, no se les permitía el contacto con cualquier cosa que pudiese ablandarlos lo más mínimo, y así crecían incorruptos e incontaminados.

A medida que iban creciendo, la disciplina de los niños se iba haciendo más dura: se acercaba la pubertad. Dicho tránsito, en una sociedad tan cercana a sus raíces tribales como la espartana, necesariamente debió ir acompañado de algún tipo de iniciación ritual, seguramente en las hermandades a las que pertenecían, pues es en la adolescencia donde los jóvenes se inician en su propia masculinidad incipiente, y en Esparta se les preparaba para que el advenimiento de las fuerzas masculinas no cogiese sus instintos inocentes por sorpresa. Así, sobre la marcha, y en el día a día, iban aprendiendo a convertirse en hombres sin el caótico desajuste fisiológico y mental aparejado actualmente a la llegada de la adolescencia.



8 - LA INSTRUCCIÓN DE LOS ADOLESCENTES

La actitud natural del individuo hacia sus semejantes es la rivalidad. La conciencia responde a la enemistad del ambiente por medio de un esfuerzo dirigido contra él. Entonces se desarrollan la inteligencia y la astucia, así como el deseo de aprender, la voluntad de trabajar, de poseer y de dominar.
(Alexis Carrel, "La incógnita del hombre").

Sabemos con certeza que, a las puertas de la pubertad, había un brutal ritual de iniciación de tipo físico y psicológico, que era necesario superar para poder continuar con la instrucción: durante el festival de la diosa Artemisa, su altar era colmado de apetitosos quesos. Los aspirantes a efebo tenían que robar el mayor número de quesos que podían, pero para ello debían burlar a una falange de efebos armados con látigos, e instruidos para utilizarlos sin escrúpulos en su tarea de protección del altar. Para conseguir su objetivo, los chicos debían aprender a coordinarse y a demostrar espíritu de sacrificio y abnegación. Todos recibían heridas espantosas, pero como el único medio de defensa de los efebos era el látigo, era preciso tan sólo aguantar el dolor mientras se robaban las piezas. A veces, moría algún muchacho. En Esparta hubo muchas pruebas de este tipo, cuyo objetivo era llevar a los aspirantes al límite para endurecerlos, desechando también a los débiles. Los que, cubiertos de sangre, soportaban la "ceremonia" sin gemir, gritar o llorar de dolor eran galardonados con coronas de hojas y saludados como héroes por su pueblo, aclamados por sus mayores, por las muchachas jóvenes y por sus hermanos pequeños, a los que su triunfo inspiraba. Así, victoriosos, pasaban a ser eirenes o iréns (efebos).

A partir del momento siguiente al festival de Artemisa, se operaba una transformación en la instrucción de los chicos que habían superado la prueba. Salían de las hordas, recibiendo en adelante un simplehimation (manta de lana que se llevaba como una capa) cada año, y prohibiéndoseles el jiton (la túnica habitual). La disciplina se hacía más estricta.

Según Jenofonte, Licurgo se dio cuenta de que a partir de la adolescencia, la voluntad propia se enraíza en la mente del muchacho, asoma en su conducta una sutil tendencia a la insolencia y a llevar la contraria porque sí, y comienza a manifestarse el apetito por el placer egoísta e individualista. Asimismo, la etapa que separa al temeroso e inocente respeto infantil de la prudente experiencia del veterano es la delgada línea roja de la imprudencia y la temeridad, típicas de la adolescencia y de aquel que, tras haber aprendido bastante pero no suficiente, tiende a sobreestimarse y a cometer peligrosas torpezas. Y es que la etapa más delicada en cualquier aprendizaje es cuando uno cree saber "lo suficiente".

Para contrarrestar esta potencial soberbia, los efebos espartanos debían caminar por las calles en silencio, con la cabeza agachada y las manos ocultas, sin mirar alrededor, sino fijando sus ojos en el suelo, adoptando un caminar de monjes, tal y como caminarían siglos después los perfectos maniqueos. Los muchachos que de otro modo serían los más ruidosos y molestos, eran convertidos así en grises siluetas fantasmales. Esto, claro está, no era permanente, sino provisional: contribuía a reforzar la humildad y modestia de los adolescentes espartanos, y a elevar el orgullo de aquellos a quienes, tras concluir su propia instrucción, se les permitía ya caminar con la cabeza bien alta. Además, ayudaba a que mientras tanto los ciudadanos no se sintiesen ofendidos por la presuntuosidad de los aspirantes, ya que no hay nada que ofenda más a un curtido veterano que un "novato" soberbio y engreído, demasiado orgulloso de sus gestas.

Pero, por otro lado, a los efebos se les enseñaba por primera vez a leer y a escribir, impartiéndoseles también música, danza, mitología y poesía. Y, por primera vez desde que tenían 7 años, se les hacía dejarse crecer el cabello, en cuyo cuidado se esmeraban mucho, consiguiendo gradualmente melenas impecables, y enorgulleciéndose de ellas, puesto que los cabellos eran "los adornos más baratos" y según Licurgo, "añaden belleza a un rostro bello, y terror a un rostro feo". El llevar los cabellos largos era una antigua costumbre helénica que de algún modo recordaba los orígenes bárbaros de la estirpe. Muchos han dado a los cabellos largos, especialmente en el caso de las mujeres, la importancia de signos de la fertilidad, prolongaciones del sistema nervioso y afinadores de las capacidades espirituales. Arquetípicamente, es la manifestación de la campana espiritual que brota de la cima craneal del consumado practicante de alquimia interior, recubriendo todo su cuerpo por fuera. Sobre la formación del cabello largo actúan factores como la alimentación, la salud, la exposición al sol y al aire libre, y el ejercicio. Por ello la melena debía ser algo así como un estandarte de la individualidad, un signo de identificación personal que denotaba la salud y los hábitos del individuo.

Lo que está claro es que para unos jóvenes que habían estado desde los siete años con la cabeza afeitada, el dejarse crecer melena debía representar psicológicamente un signo de superación, transmitirles una sensación de etapa nueva —más espiritual, menos desamparada y cruda, menos brutal. Tras la dolorosa etapa infantil en la que se sacrificaba el cabello, habían conquistado la belleza y la individualidad permitida a sus perfectos antepasados. Tanto el afeitado de cráneo como la consecución de largos cabellos eran para los espartanos dos etapas arquetípicas de un proceso de transformación interna y externa.

La materia nueva más importante de este periodo era la  música, que estaba orientada a cánticos religiosos, patrióticos y de guerra. Las canciones y el saber cantar en unión es algo que ayuda al cultivo unido del espíritu, a reforzar la cohesión del inconsciente colectivo. Cada alianza de guerreros ha tenido siempre sus canciones. En Esparta existían numerosos coros musicales, y todo niño espartano debía aprender a cantar integrado en un coro. En muchas ceremonias se organizaban tres grupos: uno de ancianos, uno de hombres jóvenes y uno de niños. Cuando los ancianos comenzaban cantando "Antaño éramos jóvenes y valientes y fuertes", los hombres jóvenes continuaban "y así somos nosotros ahora, venid y comprobadlo", y los niños respondían después "pero pronto nosotros seremos los más fuertes". Una nación que se precia procura siempre que cada generación sea superior a la anterior, a medida que, como en una manada de lobos, las generaciones jóvenes, vigorosas e impulsivas van reemplazando a las mayores en los puestos de acción directa.

Se ponía gran énfasis en el cultivo de la memoria, y los jóvenes espartanos aprendían de memoria las baladas del poeta Tirteo, que tanto les habían ayudado en la segunda guerra mesenia. Como ejemplo de la poesía de Tirteo, valga el siguiente fragmento:

Avancemos trabando muralla de cóncavos escudos, marchando en hileras Panfilios, Hileos y Dimanes [las tres tribus dorias originarias], y blandiendo en las manos, homicidas, las lanzas. De tal modo, confiándonos a los Eternos Dioses, sin tardanza acatemos las órdenes de los capitanes, y todos al punto vayamos a la ruda refriega, alzándonos firmes enfrente de esos lanceros. Tremendo ha de ser el estrépito en ambos ejércitos al chocar entre sí los redondos escudos, y resonarán cuando topen los unos sobre otros… Pues es hermoso morir si uno cae en vanguardia cual guerrero valiente que por su Patria pelea… [20] con coraje luchemos por la Patria y los hijos, y muramos sin escatimarles ahora nuestras vidas… Los que se atreven, en fila cerrada, a luchar cuerpo a cuerpo y a avanzar en vanguardia, en menor número mueren, y salvan a quienes les siguen. Los que tiemblan se quedan sin nada de honra… Id todos al cuerpo a cuerpo, con la lanza larga o la espada herid y acabad con el fiero enemigo. Poniendo pie junto a pie, apretando escudo contra escudo, penacho junto a penacho y casco contra casco, acercad pecho a pecho y luchad contra el contrario, manejando el puño de la espada o la larga lanza… ¡Adelante, hijos de los ciudadanos de Esparta, la ciudad de los bravos guerreros! Con la izquierda embrazad vuestro escudo y la lanza con audacia blandid, sin preocuparos de salvar vuestra vida; que ésa no es costumbre de Esparta. Haced el espíritu de vuestro corazón fuerte y valiente, y no os enamoréis de la vida cuando sois hombres luchadores.

Los efebos espartanos estudiaban asiduamente a Homero, del que podían recitar numerosas estrofas. Pero, por supuesto, la instrucción físico-militar no cesaba jamás, y era siempre la materia principal. Según se iban haciendo mayores, a algunos muchachos se les ponía al frente de las hordas de niños más jóvenes, ya fuera como paidonomoso como mastigoforos. El deseo que tiene el veterano de hacer sufrir al novato para lograr perfeccionarlo y curtirlo, enseñándole todo lo que ha aprendido —y que se da en cualquier ejército—, era aprovechado para exprimir a las nuevas generaciones y lograr que superaran a las precedentes.

Ya hemos visto que toda la instrucción espartana estaba pensada para cultivar facultades como la fuerza de voluntad, el poder de decisión, el placer de la responsabilidad, el valor, el coraje, el arrojo, el estoicismo, el patriotismo, la marcialidad, la capacidad de liderazgo, la sobriedad, el autocontrol, el ascetismo, la austeridad, el sacrificio y el sufrimiento, la audacia, la dureza física y moral, el sentimiento del deber y del honor, la reciedumbre, la sabiduría psicológica, el equilibrio espiritual, la inteligencia rápida, cortante y fría, la educación y la caballerosidad, la construcción del carácter, la solemnidad, el respeto, el laconismo, la férrea disciplina, la eficacia, la obediencia sagrada y la agresividad. Amplia gama de cualidades importantísimas y básicas, hoy en día en peligro de extinción. Pero todas estas cualidades serían inservibles si no se emplearan para algo, si no tuviesen un objetivo y una meta. Nietzsche escribió que "es imperdonable que, teniendo poder, no quieras dominar".

Toda la disciplina, el ascetismo, el autocontrol, el terrible dolor, el miedo, el peligro, el riesgo, la rivalidad, el hambre, la sed, el sueño, la extenuación, el frío, el calor, la incomodidad, la agresividad, la horrible crueldad, el sufrimiento, la lucha, los golpes, los latigazos, los insultos, la sangre que todo lo salpicaba y lo impregnaba, la omnipresencia constante de la muerte más profunda y de la vida más elevada, dando lugar a una prodigiosa tensión vital, eran una maravillosa y magnífica expresión de cómo todo un linaje quería ser, furiosamente y a toda costa, el señor absoluto sobre su propia voluntad colectiva, entronizarse sobre la Tierra y aplastar sin piedad a cualquier enemigo que le surgiese. ¿Son estos sentimientos malos? ¿O, por el contrario, son los sentimientos más elevados y admirables, los impulsos sagrados que incitan a vivir, a luchar, a destruir, a crear, a renovar y a plasmarse en alguna memoria eterna? Eran cualidades y sentimientos que la humanidad indoeuropea ha perdido y que deberá recuperar.

Todo ello es grandioso ya de por sí, ahora bien, ¿cuál era el resultado de estas cualidades y estos sentimientos? ¿Cuál era el resultado de semejante educación? ¿Cuál era el resultado de la disciplina del gran dolor? El resultado era un tipo de hombre superior. Con una mente fría e insensible al dolor, al sufrimiento y a la incomodidad, y acostumbrada a pensar con rapidez en momentos de gran peligro y estrés. Un soldado perfectamente instruido en todas las artes de la guerra y acostumbrado a luchar para conseguir sus objetivos, un hombre marcial criado y entrenado para dominar. Un hombre intrépido y temible que, al despreciar su propia vida en aras de su pueblo, despreciaba más la ajena, por lo que era duro y despiadado. Un hombre estoico y recio que despreciaba también todas las pequeñeces materiales de la vida mundana, y cuya única dedicación eran sus hermanos en el combate, su lealtad a la patria, su devoción a su familia y los deseos de divinidad de su estirpe. Un hombre acostumbrado a la vida al aire libre, con lo cual forjaba un vínculo inquebrantable con su tierra, a la que consideraba una herencia sagrada, una responsabilidad. Un gimnasta con una forma física impresionante, un verdadero atleta. Un guerrero acostumbrado a ganarse las cosas por sus propios medios. Nada de lo que se le hiciera podría quebrantarle, era capaz de aguantar los dolores más terribles y las tragedias espirituales más profundas con la misma impasibilidad con la que aceptaba las alegrías y los triunfos. Tras haber demostrado ser capaz de obedecer, se ganó el derecho a mandar. 

Pensemos en cómo los niños espartanos sufrían el dolor, el miedo, el estrés y la extenuación. ¿Qué pasaba cuando dejaban de ser niños? ¿En qué se convertían al crecer y hacerse hombres? ¿Qué aspecto debía tener el cuerpo de un espartano adulto? Sólo podemos imaginarlo, pero a su lado, los jóvenes atletas de las esculturas atenienses parecerían inofensivos angelitos. El cuerpo del espartano se distinguiría inmediatamente por ser muy espigado, esbelto y de piel oscura, no por raza, sino por haber estado siempre expuesta al sol, al aire, a la humedad, a la sequedad, al agua dulce y salada, a los pinchos de la vegetación, a las picaduras de los insectos, al polvo, a la tierra, a la roca, a la nieve, a la lluvia, al granizo y, en definitiva, a todo tipo de intemperies. Ello haría que la piel del espartano fuese tan encallada y dura como la madera. En segundo lugar, destacaría el relieve de su cuerpo. El tipo de entrenamiento físico que llevaban favorecía el desarrollo muscular, la concentración de masa, la dureza, la resistencia, la felxibilidad y la "purga" de toda grasa e impureza. Así, el espartano estaría fibroso y abultado a la vez, y tendría un aspecto magro, afilado y vascular; la grasa y la blandura brillarían por su ausencia; los vasos sanguíneos, los ligamentos, las fibras, los músculos, los nervios y los tendones se destacarían casi grotescamente y, en definitiva, todo aparentaría ser un áspero, retorcido, tenso y compacto amasijo de raíces, ramas, cables, tubos, cortes, marcas y piedras con el color de la madera. Además nos podemos figurar que su cuerpo estaría enteramente surcado por muchas cicatrices. Las marcas de los latigazos serían notables en muchas zonas de la piel, pero especialmente en la espalda. Cada espartano debía ser un mapa diferenciado, con variados tipos de señales de violencia. A muchos les faltarían dientes, tendrían la nariz rota y cicatrices en el cráneo y en la cara como legado de los combates cuerpo a cuerpo y de los brutales juegos de pelota. La estatura del espartano, por lo que nos han dicho sus contemporáneos (recordemos a Jenofonte, a pesar de que vivió en una etapa ya decadente para Esparta), debía ser alta si tenemos en cuenta la desnutrición a la que se sometían durante la infancia y la pubertad. En Tebas se han descubierto esqueletos pertenecientes a la guarnición espartana, según los cuales 180 centímetros debió ser una estatura normal entre ellos [21]El cabello del espartano era una melena larga, generalmente rubia. Los espartiatas se dejaban crecer barba y se esmeraban en su cuidado, pues para ellos la barba era el símbolo del hombre libre y consumado que elige su vida. Sus rostros debían presentar un aspecto duro y una expresión firme, en la cual resaltarían con intensidad los ojos azules legados por sus antepasados dorios. 

Los animales son admirables por su dureza, por su instinto, su resistencia al dolor, al hambre, a las intemperies, y por su ferocidad. Los espartanos, gracias a la energía que sólo da la experiencia, la motivación y el entrenamiento fanático y metódico, eran capaces de superarles. Mediante el autosacrificio y el riesgo que supone el lanzarse ciegamente a lo desconocido y a lo extremo, ellos supieron dar respuesta a la pregunta de dónde están los límites del hombre y de qué es capaz el hombre cuando una voluntad sobrenatural habita en su interior y echa firmes raíces en todo su ser.
  
No nos podemos ni imaginar cómo eran los hombres de los tiempos antiguos, por su fiereza, voluntad y dureza. Pues bien, de entre todos ellos, el espartiata fue el más duro y conseguido, el más perfeccionado y el más fuerte. La instrucción de los espartiatas era brutal, pero de un modo u otro, los instructores siempre han intuido inconscientemente que ésa es la mejor manera de formar buenos guerreros. A mucha menor escala, los ejércitos modernos también emplean la brutalidad para con el recluta: los insultos, los gritos, las ofensas, las humillaciones, los golpes y las novatadas (iniciaciones modernas, cuando conservan el sentido) sirven para que el novato se avergüence de su anterior personalidad, desechándola, olvidándola y cambiándola por una personalidad que es, junto con la de sus camaradas, una pieza más del puzle que será su unidad. Más aun, a menudo no se les llama ya por apellidos, sino por apodos ("nombres de guerra") o por números. Los ejercicios extenuantes, la incomodidad, el malestar, el sufrimiento, el miedo, el estrés, la repugnancia, etcétera, sirven para hacer sufrir al recluta y así propiciar su humildad y su respeto ante lo que le supera. Sólo cuando el aspirante se ha entregado como en un sacrificio, tocando fondo voluntariamente en su esforzado sufrimiento, puede volver a empezar de cero de una manera nueva, con una personalidad transformada, depurada de sus imperfecciones y templada en el fuego y en los martillazos de un ideal firme, fanático, sublime y sagrado. Hoy en día no ha quedado más que un vestigio de todo este estoicismo.

Los castigos públicos, las pruebas sumamente difíciles, la victoria de cada banda, los buenos resultados deportivos, etcétera, contribuían a reforzar el prestigio de la comunidad espartana. Porque una comunidad no sólo tiene prestigio para aquellos que no pertenecen a ella, sino que sus mismos miembros sienten tal prestigio interno. Esta moral, este esprit de corps, aumentaba el orgullo de pertenecer a tal comunidad. Los sacrificios a que se sometían los miembros de Esparta hacían que todos sintieran orgullo y honor en su contemplación. Cada vez que un chico aguantaba sin inmutarse una sesión de latigazos, cada vez que otro batía una marca deportiva, cada vez que, con la cara destrozada y las manos sangrantes, el luchador victorioso triunfaba sobre sí mismo y sobre la probabilidad, la voluntad de cada miembro de la comunidad se persuadía: "Tales actos demuestran la grandeza de nuestra comunidad. Me enorgullezco de formar junto con estos hombres y seguiré perfeccionándome para estar a su altura". Y el orgullo y el elitismo se inflamaban como con fuego. Cuando se llamaban "iguales" entre ellos, se sentían mutuamente orgullosos. Y cuando un débil caía de extenuación durante una marcha, cuando otro era castigado por gemir en una pelea o bajo los azotes, cuando otro se desmayaba de dolor, cuando otro no volvía ya del bosque o del monte, cuando otro fallecía en una carrera o de hambre, la misma voluntad de acero decía: "Tales actos demuestran que no cualquiera tiene el honor de pertenecer a nuestra comunidad, sino que hay que conquistarlo. Yo quiero conquistar ese honor y estoy en buen camino. Y quiero que los débiles se rindan, abandonen o sean suprimidos de nuestra comunidad por el bien de la misma". Es decir, desechaba a aquellos que pudieran ensuciar el honor de la palabra "iguales", y tal eliminación era un sacrificio que mantenía viva la llama del orgullo.

Tal grupo es a la colectividad amorfa lo que la manada es al rebaño.



9- LA VIDA ADULTA

To breed, to bleed, to lead. ("Procrear, sangrar, dirigir").
(Divisa de la aristocracia imperial inglesa).

Los hombres jóvenes, hermosos y robustos están destinados por la Naturaleza a propagar la especie humana, a fin de que ésta no degenere.
(A. Schopenhauer, "El amor, las mujeres, y la muerte").

A los 20 años, tras 13 años de entrenamiento atroz que les dejaban los cuerpos curtidos para el resto de sus vidas, la piel llena de marcas y cicatrices y las espaldas cruzadas por latigazos, los jóvenes espartanos alcanzaban el punto crítico de sus vidas. En caso de no haber pasado satisfactoriamente la última fase de instrucción, se les hacía periecos. A los demás les aguardaba una solemne ceremonia en la que diversas comunidades militares llamadas syssitias, fidicias o sistias (que podríamos definir como comidas comunales, cofradías o clubs del Ejército), formaban para reclutar a los miembros de la nueva promoción. Las sistias tenían de 15 a 20 miembros. Las había con más prestigio que otras, y éstas intentaban mantener bien alta su fama reclutando a la élite de la nueva "promoción". Para valorar a un candidato se tenían en cuenta su reputación, su dureza, su destreza con las armas, su valor, su audacia, su presencia, su forma física y su inteligencia.

El canditato se presentaba en la mesa de la sistia a la que aspiraba pertenecer. Los miembros de la sistia depositaban entonces pequeños trozos de pan en una urna. El contenido de la urna se inspeccionaba posteriormente, y si uno solo de los trozos había sido apretado, deliberadamente aplanado por uno de los integrantes de la sistia, el candidato era rechazado. A menudo se daba el caso de que los mejores jóvenes, los más prometedores y famosos, eran disputados por varias prestigiosas sistias, mientras que los menos notables eran incorporados a las menos exigentes. En todo caso, era rara la vez que a un joven espartano se le denegaba la entrada a cualquier sistia. Pero en el improbable caso de ser rechazado por todas, el joven en cuestión se convertía en hypomeion (inferior), un marginado que debía comer solo, pues ser rechazado hasta por las sistias más mediocres implicaba necesariamente que el candidato era indeseable para todos sus camaradas. Sólo le quedaba la opción de limpiar su honor por medio de gestas valerosas, o al caer en combate.

Entrar en una sistia significaba que el miembro pasaba a ser aceptado por sus iguales como un espartiata con todas las obligaciones, aunque no llegaría a adquirir los plenos derechos ciudadanos hasta los 30 años. Es decir, tras 13 años de instrucción y tras entrar en el Ejército, había aun 10 años de "probación" que coincidían con la etapa de mayor florecimiento biológico.

Observemos que el criterio de la mayoría de edad a los 20 años, así como algunos otros asuntos tales como la pureza en asuntos de sexo, era compartido por los germanos. Julio César dijo sobre éstos:

Desde la niñez se inclinan hacia el endurecimiento por medio de los ejercicios. El que por más tiempo se abstiene de la relación sexual cosecha el mayor aprecio, ya que piensan que ello aumenta la estatura física y moral. Haber tenido relaciones con una mujer antes de los veinte años es para ellos uno de los delitos más infamantes. Sin embargo, no existe en ellos hipocresía alguna en los asuntos corporales, dado que hombres y mujeres se bañan juntos y desnudos en los ríos y se visten de tal manera que gran parte del cuerpo permanece desnuda. ("Guerra de las Galias")

Lo dicho aquí es exactamente válido también para los espartanos que, como indoeuropeos de tradición, bebían de las mismas fuentes que los germanos. Desde muy temprana edad, había sufrimiento, estímulos, gloria y camaradería para despejar el camino a la hombría cuando ésta llegase, siguiendo la moral del aidós ("pudor", "decencia"). Y aun cuando había llegado, la abstinencia sexual se mantenía hasta que el joven estaba espiritualmente en condiciones de tomar las riendas de sus instintos. El fin de todas aquellas fases preparatorias era acumular energía y cultivar testosterona para completar sin interferencias la alquimia biológica que tiene lugar en el cuerpo masculino durante esta etapa.

En cada sistia se requería que el miembro aportara comida, en forma de cebada, vino, queso, harina, higos, membrillos y otras frutas. Si el miembro fallaba reiteradamente en proveer las raciones, era expulsado de la sistia y degradado a perieco o a hypomeion. Era sencillo obtener las raciones: provenían de la parcela de tierra (kleroi o klaros) que se asignaba a cada soldado, parcela de tierra que no veía casi nunca, que era trabajada por hilotas y administrada por su esposa. En todo el Estado de Esparta había unas 10.000 parcelas, de las cuales alrededor de 6.000 estaban en los territorios conquistados a Mesenia.

A los 20 años, por tanto, y tras haber entrado en estas sistias militares, los jóvenes se incorporaban como soldados en la falange espartana. Formarían parte de ella, si sobrevivían, hasta los 60 años, ascendiendo gradualmente en la escala de mando, por méritos y por experiencia. Pasarían la mayor parte de sus vidas entregados al Ejército, si bien su época operativa sería de 10 años —entre los 20 y 30—, pues a partir de los 30 se les permitía ir a vivir a casa con sus mujeres, y comenzaban el desempeño de tareas públicas al hacerse ciudadanos y entrar en la Asamblea.

Hasta entonces, vivían en barracones militares y todas sus comidas las hacían junto a sus compañeros de sistia. Cuando tenían tiempo libre, observaban cómo iba la instrucción de las nuevas generaciones e intentaban enseñarles cosas útiles, incitarles a las peleas para descubrir las capacidades de cada niño y tal vez incluso aprender algo de ellos de vez en cuando. Otras veces se entregaban a la compañía de sus mayores para aprender de ellos algo útil, o para escuchar sus historias y sus reflexiones.

Las sistias eran instituciones importantísimas en Esparta, pues cuando los hombres no estaban guerreando, estaban entrenándose para guerrear mejor. Y cuando no, socializaban con sus camaradas en estos "clubs". Sólo en cuarto lugar venían las relaciones familiares. Las sistias estaban presididas por una estatua del dios de la risa, introducida por el mismo Licurgo. Allí desarrollaban su humor y sus afiladas y escuetas conversaciones. En ellas se mezclaban hombres de toda edad y condición; era imposible, pues, la aparición de la "brecha generacional", puesto que todas las generaciones compartían sus experiencias y sus inquietudes. No había distinciones de riqueza; únicamente el valor en sí, junto con la experiencia, era tenido en cuenta a la hora de valorar a un hombre y respetarlo. Les unía el hecho de haber superado la instrucción, de haberse sometido a privaciones similares, y el ser varones espartiatas. Les unía el orgullo de formar la falange junto con hombres que habían demostrado de sobra su dureza, su bravura y su rectitud. Eso era lo que les convertía en hermanos.

Era de inmensa importancia que cada espartiata contrajera matrimonio y tuviera muchos hijos, y de hecho se imponían multas y castigos por matrimonio tardío; incluso había un impuesto de soltería. En cuanto al celibato, era un claro crimen en Esparta, y ni se concebía. Se dieron ocasiones en las que grupos de muchachas espartanas deambulaban dando palizas a varones solteros que tuviesen ya cierta edad. Otros testimonios narran cómo en invierno los solteros, solteras y parejas sin hijos eran desnudados y obligados a marchar por el centro de la ciudad cantando una canción sobre lo justa que era su humillación, ya que habían faltado a las leyes. Ser soltero a cierta edad —entorno a los 25— era un oprobio comparable a la cobardía en combate, ya que la feminidad espartana era completamente sana, pura y entrenada para constituir esposas ejemplares y madres orgullosas. Eran mujeres que estaban perfectamente a la altura de un espartiata. Bajo el punto de vista natural que regía en Esparta, era un delito que existiendo muchachas perfectamente sanas, un joven privase a la raza de una descendencia que ésta reclamaba como derecho. Plutarco cuenta una reveladora anécdota al respecto. Un famoso y respetado general espartano llamado Dercílidas entró en una reunión y uno de los jóvenes espartiatas se negó a cederle su asiento como correspondía, "porque tú no dejas un hijo que me lo ceda a mí". El joven no fue reprendido ni castigado, porque tenía razón.

Se favorecía la alta natalidad mediante incentivos y premios a las familias numerosas, además de la liberación de pagas comunales a aquellos que tenían más de cuatro hijos sanos. Esto, junto con la práctica obligación de contraer matrimonio, tenía como objetivo el favorecer la multiplicación de la estirpe espartana [22]Asimilemos, en todo caso, que el crecimiento de la población espartana no debía ser tan elevado como muchos se imaginan, porque, aunque sí se tenían abundantes hijos, muchos morían en la selección eugenésica y la crianza infantil, otros durante la instrucción y otros por enfermedades infecciosas previstas por la selección natural. 

La filosofía espartana con respeto a lo superfluo era: "Si no es imprescindible, es un estorbo". Todo lo que no era necesario para la supervivencia era desterrado con desprecio. Las joyas, los adornos, los diseños extravagantes, los colores chillones y demás lastres y distracciones, fueron extirpados de Esparta. El lujo y la decoración eran inexistentes. A los espartanos les estaba estrictamente prohibido comerciar con oro o plata, y su misma posesión era duramente castigada, así como su utilización en forma de adornos o joyas. El mismo Estado espartano se negó a fabricar monedas de ningún tipo. Como herramienta de intercambio de bienes (esto es, como dinero), se utilizaban barras de hierro (Laconia tenía importantes minas de hierro), pues eran tan grandes, feas y pesadas que a pocos les apetecía acapararlas, acumularlas, esconderlas o poseerlas (podríamos añadir también contarlas, acariciarlas y observarlas con morbo como hacían los codiciosos con las hermosas monedas de oro), y además, las barras no eran aceptadas fuera de Esparta. Plutarco dice, a propósito de la "moneda" de Esparta, que "ni se podían comprar con ella efectos extranjeros de ningún precio, ni entraba en los puertos nave de comercio, ni se acercaba a la Laconia sofista palabrero, o saludador y embelecador, u hombre de mal tráfico con mujeres, o artífice de oro y plata" [23]

En resumen, no era fácil trapichear con este dinero, ni traficar, sobornar, robar, contrabandear o entrar en tratos con extranjeros, ni podían aparecer vicios como el juego o la prostitución. Los grandes flujos económicos eran imposibles. El codicioso era puesto en evidencia, puesto que necesitaba un granero entero para guardar su fortuna. Y por si a alguien se le ocurría cortar las barras para manejarlas y esconderlas, los fabricantes de éstas —cuando estaban al rojo vivo— las sumergían en vinagre, lo cual hacía que perdieran la ductilidad y no pudieran ser trabajadas ni moldeadas.

No me resisto a señalar que la utilización del hierro como dinero en Esparta es arquetípica y simbólica. Mientras los demás estados se abstraían con el oro, Esparta adoptaba el rudo metal. Mientras los demás estados, más blandos, a menudo pretendían recrear la edad de oro en su nostálgica narcosis, Esparta se adaptaba a los duros tiempos de la edad de hierro. Esparta, realmente, fue una auténtica hija de la edad de hierro, una joya entre fermentos de descomposición y luz de atardecer otoñal. Era en Esparta donde se había guardado la comprensión de un tipo de sabiduría superior —no la sabiduría áurea, ya involucionada y senil, sino la nueva sabiduría del hierro.

Gracias a todas las medidas de sobriedad, tosquedad y austeridad, Esparta se libró de cosmopolitas, falsos adivinos, joyeros, mercaderes, farsantes, traficantes y demás especímenes orientales, que se negaban a pasar por un Estado donde el dinero no existía prácticamente, el poco que existía era una indeseable carga para su dueño, y sus habitantes eran todos soldados orgullosos, xenófobos e incorruptibles.

Plutarco dijo que para los espartanos "el dinero carecía por completo de interés y aprecio". Tanto el desprecio de los placeres materiales pasajeros como del dinero en sí nos señala una sociedad ascética, anti-materialista y anti-hedonista. Nietzsche repetía, como otros maestros orientales: "Quien posee poco no corre el peligro de que le posean a él. ¡Alabada sea esa pobreza sencilla!"  [24].

A los espartanos se les enseñaba que la misma civilización, con sus lujos, sus comodidades, sus riquezas, su molicie, concupiscencia y complacencia, era un factor de disolución, algo certificado innumerables veces por Schopenhauer y también por Nietzsche, que admiraba el mundo ascendente e incontaminado de los bárbaros, de los cuales los espartanos eran la expresión última, más depurada y perfeccionada.

Pero Esparta no necesitaba dejarse contaminar por esa peligrosa influencia oriental, primeramente porque ya contaba con la abundante mano de obra de los hilotas y además porque por razones raciales no permitía la inmigración ni el tráfico de esclavos. Esparta se veía a sí misma como depositaria de las costumbres ancestrales helénicas en general y dorias en particular, y así la veían también los demás pueblos de la Hélade —salvo Atenas.

A partir de los 25 años se permitía a los espartiatas que comiesen con sus mujeres ocasionalmente. A partir de los 30 años (edad a partir de la cual decae en el cuerpo la hormona del crecimiento), la disciplina del espartano se relajaba, especialmente en los aspectos más "comunales". Abandonaba, pues, los barracones militares y se iba a vivir a su casa con su mujer y sus hijos (aunque a esas alturas probablemente algunos de sus hijos varones estarían ya bajo tutela estatal y sufriendo la instrucción). Se integraban en la Asamblea, un organismo popular que veremos más adelante, desempeñando alguna tarea de responsabilidad estatal que se les adjudicase, como mandos del Ejército, harmostas ante los periecos, emisarios de Esparta ante el extranjero, etc. Pasaban, pues, a ser ciudadanos con todos los derechos y con todos los deberes.

A los 60 años, si llegaba a esa edad, si se presentaba, y si tenía el honor de ser seleccionado, el espartiata pasaba a formar parte del Senado. Ser senador era vitalicio. La ancianidad espartana gozaba de un inconmensurable respeto por parte de sus compatriotas, que veneraban incondicionalmente a sus mayores como depositarios de sabiduría y experiencia, y como nexo que une el pasado con el presente, así como la juventud es el vínculo que une el presente con el futuro. Los espartanos veneraban a los mayores incluso aunque no fuesen espartanos. Como ejemplo de esto último, tenemos una anécdota que sucedió en el teatro de Atenas mientras unos embajadores espartanos se hallaban dentro: entró en el teatro un anciano y ningún ateniense se levantó para cederle el asiento, haciéndose los distraídos. Sin embargo, al llegar al puesto de honor de los embajadores espartanos, todos ellos se levantaron al unísono para cederle el lugar. Y entonces el público ateniense aplaudió el noble gesto. "Todos los griegos conocen las buenas costumbres", comentó uno de los embajadores, "pero sólo los espartanos se comportan de acuerdo con ellas".