viernes, 3 de mayo de 2013

Esparta y su ley (III de V)


0- ÍNDICE 
  
10. LAS MUJERES Y EL MATRIMONIO 
11. EL GOBIERNO
A) La Diarquía 
B) El Eforado 
C) El Senado 
D) La Asamblea 
E) Sobre las elecciones 
F) Nomocracia: los reyes, a las órdenes de las leyes 
12. SOBRE LA MENTALIDAD PAGANA, EL SENTIMIENTO RELIGIOSO ESPARTANO Y LA SUPREMACÍA SOBRE ATENAS 
13. LA POLÍTICA DE LOS ESPARTIATAS PARA CON SUS INFERIORES: LA KRYPTEIA. 
14. LA GUERRA 
  
  
  
10- LAS MUJERES Y EL MATRIMONIO 

Así es como quiero que sean el hombre y la mujer: el uno, capaz de guerrear; la otra, capaz de dar a luz 
 (F. W. Nietzsche). 

Lo que yo quiero es que sean tu victoria y tu libertad las que anhelen un hijo, ya que a ellas has de erigir monumentos vivientes. Debes edificar por encima de ti, pero antes has de ser tú un edificio bien construido en cuerpo y alma. Reproducirte ha de ser un crear algo que sea superior a ti. Para eso te ha de ayudar el matrimonio. […] 

Esa voluntad que te impulsa al matrimonio, ¿es esa sed de creador, es esa flecha y ese anhelo que apuntan al superhombre, hermano mío? ¿Sí? En tal caso considero que esa voluntad y ese matrimonio son algo santo. 
 (F. W. Nietzsche).
  
Hasta aquí se ha examinado con detalle al hombre espartano, pero ahora es momento de preguntarnos por la mujer y de dirigir hacia ella nuestra atención. Las espartanas fueron la quizás más nítida representación de la mujer de honor en la edad de hierro, criadas bajo un sistema que sacaba a relucir sus mejores virtudes. ¿Es una paradoja el hecho de que, bajo un rotundo patriarcado, las mujeres gozasen de amplias libertades? ¿Es un sinsentido que, en un estado militarista donde las mujeres no deberían tener nada que ver, tuviesen las mujeres más derechos que en cualquier otro Estado griego? El ideólogo alemán Alfred Rosenberg escribió: 

Esparta ofrecía el ejemplo de un estado bien disciplinado, y estaba carente de cualquier influencia femenina. Los reyes y los éforos formaban el poder absoluto, la esencia del cual era el mantenimiento y la expansión de este poder mediante el incremento del estrato superior dorio con su aspecto disciplinado. ("El mito del Siglo XX", Libro Tres, Capítulo II.) 
  
Los indoeuropeos eran pueblos rotundamente patriarcales, cuya palabra más representativa es precisamente "patria" [25], proveniente del latín pater (padre) ―la palabra representativa de mater (madre) es "materia". Esparta misma era patriarcal hasta la médula, pero como veremos, los espartanos no eran en modo alguno injustos u opresores con sus mujeres, sino que éstas gozaban de una libertad imposible en sociedades más afeminadas, donde todo se centra en el materialismo y el disfrute de los goces terrenales pasajeros, y la mujer pasa a ser una hetaira, un objeto pasivo de disfrute y de culto distorsionado. 
  
Esparta, un Estado tan duro y tan viril, era el más justo de la Hélade en todo lo tocante a sus mujeres, y no precisamente porque las consintiese, adulase o malcriase. Esparta fue el único Estado helénico que instituyó una política de educación femenina, al margen de los conocimientos del hogar y de los niños que toda mujer debía poseer. Fue asimismo el Estado con mayor índice de alfabetización de toda la Hélade, pues a las niñas espartanas se les enseñaba a leer igual que a sus hermanos, a diferencia del resto de Grecia, donde las mujeres eran analfabetas. 
  
En la misma Esparta había más mujeres que hombres, porque su eugenesia no era tan severa [26], porque no pasaban la criba de la instrucción, porque no caían en combate y porque los hombres a menudo estaban de maniobras o de campaña. Los espartanos que pensaban en su hogar debían, pues, siempre pensar en términos de madre, hermanas, esposa e hijas: la Patria, el ideal sagrado, tenía un carácter femenino, y proteger la Patria equivalía a proteger sus mujeres. Los hombres no se protegían a sí mismos: ellos eran la lejana coraza que defendía al corazón, al núcleo sagrado, y se inmolaban en honor de ese corazón. En Esparta más que en ningún otro sitio, las mujeres representaban el círculo interior, mientras que los hombres representaban la muralla externa protectora.  
  
Las niñas espartanas recibían comida en la misma cantidad y calidad que sus hermanos, lo cual no sucedía en los Estados demócratas de Grecia, donde las mejores piezas alimenticias eran para los varones. Eran colocadas bajo un sistema educativo similar al de los hombres y que favorecía las aptitudes de fuerza, salud, agilidad y dureza, educándoselas en clases y al aire libre, pero eran entrenadas por mujeres, y no se les inculcaba ese ciego fanatismo de superación, sacrificio y voluntad, ese sentimiento de ser una sonda lanzada al abismo ―sentimiento que, en el caso de los espartanos, rozaba el afán de autodestrucción. En el caso de las niñas, el énfasis era más bien puesto en el dominio de sus emociones y control de los sentimientos, y el cultivo del instinto maternal. Se favorecía, en cambio, que las jóvenes entrenasen deportivamente con los jóvenes, pues se pretendía que los varones las animasen a superarse a sí mismas en los esfuerzos físicos. 
  
La dureza, la severidad y la disciplina de la educación femenina eran, en todo caso, muy inferiores a las de la Agogé, y se hacía muchísimo menos hincapié en el dominio sobre el sufrimiento y el dolor, así como en la agresividad. A las niñas espartanas no se les castigaba ni por asomo con la crueldad con la que se castigaba a los niños, ni se les arrancaba de sus hogares familiares cuando cumplían siete años. Tras ver la proeza casi sobrenatural que suponía la superación de la instrucción masculina, la educación de las muchachas, a pesar de ser ejemplar, no impresiona. ¿A qué se debe todo esto, aparte del hecho de que los hombres militaban todos en el Ejército y precisaban por tanto de mayor autocontrol y disciplina?

Sencillamente, el varón es una bomba de relojería. En su interior fermentan y arden todo tipo de energías y esencias que, de no ser canalizadas, resultan negativas cuando se vierten hacia afuera, pues estas fuerzas proceden del "lado oscuro" y su primera inclinación es el caos y la destrucción. La agresividad del hombre, su instinto de matar, su tendencia a poseer y someter, su gran impulso sexual, su mayor fuerza, bravura, potencia, voluntad, dureza y resistencia, hace que los hombres tengan que ser sometidos a una disciplina especial que cultive y encauce esas energías con el fin de lograr grandes hazañas, especialmente cuando se trata de hombres jóvenes y sanos de instintos naturales poderosos, so pena de que sus espíritus sufran un grandísimo peligro. El ascetismo en sí (como el sacrificio) es algo mucho más propio del hombre que de la mujer. De hecho, la mujer indoeuropea jamás estuvo sometida a sistemas disciplinarios tan severos como los de los antiguos ejércitos. Era considerada por los hombres de antaño como una criatura más "mágica", pues no le estorbaban los rugidos de la bestia interior. Por todas estas razones, era justo que la educación masculina fuese más severa y rigurosa que la femenina, pues así es como se entrena a la bestia. "Mejor es educar a los hombres", puso Nietzsche en palabras de un sabio al que le sugirieron imponer disciplina a las mujeres.  

Lo principal en la formación femenina era la educación física y la "socialista", que consagraba sus vidas a su Patria ―como los hombres, sólo que en su caso el deber no era derramar su sangre en el campo de batalla, sino mantener vivo el hogar, proporcionar una progenie sana y fuerte a su estirpe, y criarla con sabiduría y esmero. Alumbrar, dar a luz, ése es el fruto del instinto femenino que renueva a la raza; ésa era la misión que se les inculcaba a las muchachas de Esparta. 
  
Las espartanas corrían, boxeaban y hacían lucha libre, además de lanzamiento de jabalina y de disco, natación, gimnasia y danza. Aunque sí participaban en los torneos deportivos espartanos, les estaba prohibido hacerlo en los juegos olímpicos, debido al rechazo de los demás pueblos helénicos, infectados por la mentalidad según la cual una "señorita" debe pudrirse entre cuatro paredes. Vemos que, mientras las esculturas griegas representan bien el ideal de belleza masculina (piénsese en el "discóbolo" de Mirón), no se acercan lo más mínimo al ideal de belleza femenina: todas las estatuas femeninas representaban a mujeres amorfas, poco sanas, poco naturales y nada atléticas, si bien de facciones faciales perfectas. Si los espartanos nos hubiesen legado esculturas de mujeres, habrían representado mucho mejor su ideal de belleza, pues ellos, a diferencia de los demás helenos, sí tenían un ideal femenino claramente definido, y tenían claro cómo tenía que ser una mujer.  

En cuanto a la austeridad femenina, era también pronunciada (si bien no tanto como la que practicaban los hombres), especialmente si la comparamos con la conducta de las demás griegas, ya aficionadas a los colores, la superficialidad, las decoraciones, los objetos, y ya con ese atisbo de "consumismo" típico de sociedades civilizadas. Las espartanas ni siquiera conocían los extravagantes peinados procedentes de Oriente, y solían llevar, como signo de su disciplina, el pelo recogido con sencillez —seguramente era también lo más práctico para una vida de intensa actividad deportiva. Asimismo, todo tipo de maquillajes, adornos, joyas y perfumes eran desconocidos e innecesarios para las mujeres de Esparta, que desterraban altivamente toda esa parafernalia meridional. Séneca dijo que "la virtud no necesita adornos; ella tiene en sí misma su máximo ornato". 
  
Uno de los fines de criar mujeres sanas y ágiles era que los bebés espartanos, creciendo en el seno de cuerpos sólidos, nacieran prometiendo. Según Plutarco, Licurgo "ejercitó los cuerpos de las doncellas en correr, luchar, arrojar el disco y tirar con el arco, para que el arraigo de los hijos, tomando principio en unos cuerpos robustos, brotase con más fuerza; y llevando ellas los partos con vigor, estuviesen dispuestas para aguantar alegre y fácilmente los dolores" [27].

A las espartanas se les preparaba, desde niñas, para el parto y para la etapa en la que serían madres, enseñándoles la manera correcta de criar a un pequeño para que llegase a ser un verdadero espartiata. Durante este aprendizaje, las espartanas hacían a menudo de niñeras y así adquirían experiencia para cuando ellas recibiesen la iniciación de la maternidad. Contraían matrimonio a partir de los 20 años, y no se casaban con hombres que les superaran mucho en edad (como sí sucedía en el resto de Grecia), sino con hombres de su edad ó 5 años mayores o menores que ellas como máximo. La diferencia de edades en los miembros de un matrimonio estaba muy mal contemplada, puesto que saboteaba la duración de la etapa fértil de la pareja. No se permitía ni por asomo la aberración de casar a muchachas de 15 años con hombres de 30, aberración que sí se dio en otros estados helénicos, donde los padres llegaban a forzar uniones cuya diferencia de edad era de una generación. Tampoco se permitía en Esparta otra abominación, que consistía en casar a las jóvenes con sus propios tíos o primos para mantener la riqueza hereditaria dentro la familia, en una mentalidad completamente oriental, anti-indoeuropea y antinatural. Otras prácticas, como la prostitución o la violación, ni siquiera se concebían, así como el adulterio: a un espartano llamado Geradas, un forastero le preguntó qué pena se aplicaba en Esparta a los adúlteros. Geradas le respondió: "Entre nosotros, oh huésped, no los hay". Y el extranjero insistió de nuevo: "¿Y en el caso de que los hubiese?" Respondió Geradas: "pagan un toro tan grande, que por encima del Taigeto beba del Eurotas". El forastero, confuso, exclamó: "¿Cómo puede haber toro tan grande?" Geradas le sonrió: "¿Y cómo puede haber un adúltero en Esparta?"
  
En los demás estados griegos, la desnudez masculina era común en actividades religiosas y deportivas, y ello era signo de su soberbia y de su orgullo. La desnudez femenina, en cambio, estaba proscrita igual que la misma presencia femenina en dichos actos. Pero en las procesiones, ceremonias religiosas, fiestas y actividades deportivas de Esparta, las jóvenes iban tan desnudas como los jóvenes. Cada año durante la Gymnopedia, que duraba 10 días, la juventud espartana de ambos sexos competía en torneos deportivos y danzaba desnuda [28]. Se consideraba que, asistiendo a los acontecimientos deportivos, la joven espartana tendría la posibilidad de seleccionar a un esposo bien constituido. 
  
Hoy en día actividades nudistas de este tipo serían ridículas porque la desnudez de la gente es vergonzosa; los cuerpos modernos son flácidos y carecen de formas normales. El individuo moderno tiende a considerar un cuerpo atlético como un cuerpo sobresaliente, cuando un cuerpo atlético es un cuerpo natural y normal; es el resto de tipos físicos atrofiados y no-ejercitados los que no son normales. Recordemos la reflexión nietzscheana: "Un hombre desnudo es considerado por lo general como un espectáculo vergonzoso". Sin embargo, en aquella época, presenciar semejante despliegue de salud, agilidad, fuerza, belleza, musculatura y buenas constituciones debía inspirar un auténtico respeto y orgullo de estirpe.  
  
Los helenos de los Estados demócratas alegaron en su día que la presencia de la desnudez femenina podía provocar miradas lascivas, pero lo cierto es que los espartanos se tomaban todo aquello con naturalidad y despreocupación paganas. Además, las jóvenes espartanas que identificaban a un mirón embobado solían lanzarle una hábil retahíla de burlas que lo dejaba en ridículo delante de todo un estadio repleto de solemnes autoridades y atento pueblo.  
  
En algunas ceremonias, las jóvenes cantaban sobre los varones que habían realizado grandes proezas, o bien infamaban al que se había conducido mal. Ellas eran, de alguna manera, la voz exigente del inconsciente colectivo espartano, que velaba por el arrojo y la conducta de los hombres. No sólo era en las canciones que vertían sus opiniones, sino en la vida pública: no pasaban ni una, no eran indulgentes, sino que criticaban siempre al cobarde y elogiaban al valiente. Para los hombres de honor, las opiniones sobre el valor y la hombría tenían más importancia si procedían de voces femeninas dignas de respeto: las críticas eran más punzantes y las alabanzas más reconstituyentes. Según Plutarco, las espartanas "engendraban en los jóvenes una ambición y emulación laudables". Es por ello que, en el caso de los espartanos, las relaciones con las mujeres no los ablandaban, sino que los endurecían aun más, ya que ellos preferían ser valientes y conquistar la adoración de tales mujeres. 
  
¿Y cuál fue el resultado de la educación patriarcal espartana para las jóvenes? Fue una casta de mujeres al borde de la perfección, mujeres severas, discretas y orgullosas. La feminidad espartana tomó el aspecto de jóvenes atléticas, alegres y libres, pero a la vez graves y sombrías. Eran, como las valkirias, la compañera perfecta del guerrero. Mujeres-trofeo en tanto que aspiraban al mejor hombre, pero físicamente activas y audaces; muy alejadas, pues, del ideal de "mujer-objeto". 
  
En toda la Hélade, las espartanas eran conocidas por su gran belleza y respetadas por su serenidad y madurez. El poeta Alcmán de Esparta (Siglo VII AEC) dedicó unos versos a una campeona espartana que competía en carreras de carros, elogiándola por su "cabellera de oro y el rostro de plata". Dos siglos más tarde, otro poeta, Baquílides escribió sobre las "rubias lacedemonias", describiéndolas como "de cabellos de oro".  Teniendo en cuenta que los tintes en Esparta estaban prohibidos, podemos deducir que el racismo y el instinto de Apartheid de los espartanos con respecto a los aborígenes griegos era lo bastante fuerte como para que nada más y nada menos que siete siglos después de la invasión doria, los cabellos rubios aun predominasen entre la ciudadanía del país. 
  
En una comedia titulada "Lisístrata", escrita por el dramaturgo ateniense Aristófanes (444 AEC-385 AEC), hay una escena en la que una multitud de mujeres atenienses rodean, admiradas, a una joven espartana llamada Lampito. "¡Qué criatura tan espléndida!" dicen lasatenienses. "¡Qué piel tan saludable, qué cuerpo tan firme!" Otra añade: "Nunca he visto senos como esos". Homero llamó a EspartaKalligynaika, es decir, "tierra de mujeres hermosas". Por otro lado, no olvidemos que la legendaria Helena de Troya, la mujer más bella del mundo, fue originalmente Helena de Esparta, un ideal, incluso una reina-sacerdotisa [29] que fue robada por Oriente y que no sólo Esparta, sino Grecia entera, recuperó a través de la lucha y de la conquista [30]

Las mujeres espartanas eran superiores en todos los aspectos a las demás mujeres de su tiempo y, por supuesto, a las mujeres actuales. Incluso en virtudes físicas, valor y dureza aventajarían a la mayoría de hombres modernos. Su severidad daba la mejor compañía a sus esposos y la mejor crianza a sus hijos, y a cambio exigía los mayores sacrificios: una anécdota relata cómo una madre espartana mató a su propio hijo cuando vio que era el único superviviente de una batalla y que volvía a su hogar con una herida en la espalda ―es decir, había dado la espalda al enemigo, había huido en vez de cumplir con su sagrado deber de inmolación. Otra madre espartana, al ver cómo su hijo huía del combate, levantó su túnica y preguntó con la más despiadada crudeza, si su intención era volver despavorido al lugar del que salió. Mientras que otras madres hubiesen dicho "¡pobrecito!" y hubiesen tendido sus brazos abiertos, las madres espartanas no perdonaban. Tácito escribió que las madres y esposas de los germanos (que vivían en una mentalidad no distinta a la de Esparta) solían contar las cicatrices de sus guerreros, incluso exigían que volviesen con heridas para demostrar su presteza al sacrificio por ellas. Los espartanos creían que en sus mujeres residía un don divino, y no eran las espartanas quienes les iban a convencer de lo contrario, de modo que procuraban estar a la altura de la devoción que sus hombres les profesaban. Asimismo, las mujeres estaban convencidas de que en sus hombres habitaban esa nobleza, valor, sinceridad, poder y rectitud típicamente masculinos, junto con la noción del deber, del honor y la disposición al sacrificio, y los hombres procuraban también mantenerse a la altura de tal ideal. De nuevo, encontramos que la mujer antigua no ablandaba al hombre, sino que ayudaba a mejorarlo y perfeccionarlo, pues el hombre sentía la necesidad de mantener la integridad ante semejantes mujeres, de modo que las mujeres se mantenían alerta y hacían lo propio ante los varones, teniendo presente en sus mentes que ellas constituían por sí mismas ideales por los que sus hombres estaban dispuestos a sacrificarse. De tal modo, se creaba un círculo virtuoso. La mujer no era un motivo para abandonar la lucha, sino precisamente un motivo para luchar con más fanatismo aun.
  
Los demás griegos se indignaban porque las espartanas no tenían miedo a hablar en público, porque tenían opiniones y porque, encima, sus esposos las escuchaban. La misma indignación experimentaron los romanos ante la mayor libertad de la mujer germánica. Además, y puesto que sus hombres llevaban una constante vida de campamento militar, las mujeres espartanas (como las vikingas) estaban encargadas de la hacienda y del hogar. Administraban los recursos de la casa, la economía y la autosuficiencia de la familia, de tal modo que los espartanos confiaban en sus mujeres para proporcionar a su sistia las raciones de comida estipuladas. Las mujeres espartanas (de nuevo, como las germánicas) podían heredar propiedad y transmitirla, al contrario que el resto de mujeres griegas. Toda esta administración doméstica femenina era, como vemos, similar en el derecho germánico, donde las mujeres ostentaban la llave del hogar como signo de soberanía sobre la casa familiar sagrada e inexpugnable, y de su fidelidad al cabeza de familia. El hogar es el más pequeño templo que puede tener la más pequeña unidad de sangre, célula y base de toda la raza: la familia. Y la portadora de su llave tenía que ser por fuerza la madre.

Una sociedad en guerra está condenada si el hogar, si la retaguardia femenina, no está con la vanguardia masculina. Todos los sacrificios de los guerreros son sólo un glorioso derroche, sin meta y sin sentido, si en la patria no hay mujeres dispuestas a mantener el hogar en funcionamiento, a brindar su apoyo y ánimo espiritual a los hombres en campaña y, en última instancia, a parir nuevos guerreros. Un soldado lejos de su hogar, sin patria, sin ideal y sin una imagen femenina de referencia ―un modelo de perfección, un eje de divinidad― degenera inmediatamente en un bandido sin honor. Por el contrario, si es capaz de interiorizar una mística interior y una simbología femenina que equilibre la brutalidad que presencia en el día a día, su espíritu se verá fortalecido y su carácter se ennoblecerá. Esparta no tuvo problemas en este sentido; las espartanas eran la contrapartida perfecta de un buen guerrero. 

En Esparta, hasta el matrimonio estaba teñido de violencia: durante la ceremonia, el hombre, armado y desnudo, cogía firmemente del brazo a su prometida y se la llevaba "a la fuerza" mientras ella bajaba la cabeza [31]. Esto no ha de interpretarse en un sentido literal de rapto, sino en sentido metafórico y ritual, el de una puesta en escena: en las mitologías indoeuropeas siempre hay numerosas referencias al robo, al secuestro —y a la consiguiente liberación— de algo santo que es necesario conquistar, ganarse el derecho a poseerlo. El fuego de los dioses, el vellocino de oro, las manzanas de las Hespérides, el Grial de las tradiciones célticas y germánicas y la valkiria dormida son ejemplos de tales imágenes sagradas. Eran ideales preciados que no se entregaban gratis, sino que se conquistaban por la fuerza y el valor tras haber superado duros obstáculos, y por ello se garantizaba que sólo los más valerosos eran capaces de arrebatarlo y poseerlo, mientras que los débiles y pusilánimes quedaban descalificados en la lucha. Por otro lado, ¿no se puede descubrir similitud entre el ritual del matrimonio espartano y el sveyamvaraindo-ario, el matrimonio por rapto permitido a los guerreros, así como en el caso de las sabinas raptadas por los latinos en los orígenes de Roma, y el mismo tipo de matrimonio permitido a los antiguos cosacos? En la escritura indo-aria del Mahabharata, se relata cómo el héroe Arjuna raptó a Subhadra, "como hacen los guerreros", desposándose con ella. De nuevo, no se trataba de un rapto literal, más bien trataba sobre la conquista de lo sagrado mediante el respeto y la fuerza, que hacía que lo sagrado cayese rendido ante el héroe. 
  
En el matrimonio espartano, pues, podemos ver cómo la mujer espartana era elevada a la categoría de ideal divino y no era entregada por sus padres a un hombre elegido por ellos (como en el ritual moderno del matrimonio, que convierte a la prometida en mercancía tribal), sino que el varón valeroso tenía que ganársela. De hecho, en Esparta no estaba permitido que los padres tuviesen nada que ver con los asuntos maritales de sus hijos, sino que era la misma pareja la que decidía su unión, permitiendo que las preferencias y los instintos sanos de los jóvenes se manifestasen sin trabas. Se dejaba claro que para poseer a una mujer de la categoría de las espartanas no valían la riqueza, el consentimiento paterno, los arreglos matrimoniales, la dialéctica, la seducción o las palabras falsas; era necesario impresionar y arrasar, ser robusto y noble, ser genéticamente digno.  
  
Asimismo, la ceremonia espartana de matrimonio —sombría y casi siniestra en su directa crudeza— es el colmo de la sociedad guerrera-patriarcal, y una de las más elocuentes expresiones del patriarcado que regía en la misma Esparta: Licurgo quiso instaurar la paranoia militar y el ambiente de guerra perpetua hasta en el matrimonio. Del mismo modo que los niños tenían que procurarse su comida mediante la caza-recolección y la rapiña, como simulando estar en zona enemiga, los hombres adultos debían también conquistar a su elegida como si se hallasen en territorio hostil, "raptándola", en recuerdo de una época dura y peligrosa que no era amable con el romanticismo y con los enamorados. Esto patentiza de nuevo lo poco que tenían que ver los padres en una trama así: en tiempos antiguos, si se negaban a consentir el matrimonio, el joven realizaba una audaz incursión y, con la complicidad de su prometida, la "raptaba". 
  
Con el sistema matrimonial espartano también se daba a entender sutilmente que, tal y como enseña la Naturaleza, no cualquiera tenía derecho a una hembra. Para poder aspirar a tal derecho, era necesario para el hombre pasar pruebas: la eugenesia, la crianza infantil, la instrucción, el ingreso en las sistias del Ejército y la fidelidad mutua con una joven espartana de su misma quinta, que a su vez se ganaba a través de la observación y del conocimiento en los acontecimientos deportivos, populares y religiosos, y de una larga amistad cuyo latente propósito amoroso debía permanecer oculto ante el resto de la sociedad. A lo largo de todas estas fases, el varón espartano conquistaba a su amada. La mujer no conquistaba ni tenía que demostrar nada. Ella también elegía a su prometido y tenía la palabra en cuanto a aceptar a su futuro esposo. En última instancia, era ella la que por voluntad propia se entregaba cómplicemente, dejándose "raptar" ritualmente por el hombre de su elección.  
  
Tras el ritual, la novia era llevada a casa de sus suegros. Allí se le rapaba la cabeza y se le vestía como un hombre. Después, era dejada en una habitación a oscuras, a la espera de que llegase el novio. Todo esto es extremadamente difícil de comprender para una mente occidental moderna, y no es bajo este punto de vista que debemos intentar entenderlo, sino situándonos en la época y teniendo presentes que tanto espartano como espartana pertenecían a una Orden. Esta última fase —totalmente sórdida— servía para inculcar en los recién casados la noción de que la clandestinidad y la discreción de su relación no había terminado y que aun no se habían ganado el derecho a disfrutar de un matrimonio normal. Para la mujer, implicaba iniciación, sacrificio y nueva etapa. Se le despojaba de sus dotes de seducción y de su conciencia de ser atractiva. Para el hombre, era beneficioso para que apreciase lo que realmente importaba de su mujer: no la ropa, el cabello o los adornos, sino su cuerpo, su rostro y su carácter. Llevar al cabo un acto en estas condiciones tétricas y absolutamente hostiles al romanticismo y a la excitación sexual era tanto para el hombre como para la mujer lo menos estimulante imaginable, de modo que se acostumbraban paulatinamente a las sensaciones físicas derivadas del acto sexual, pero sin estímulos psicológicos adicionales tales como una apariencia más femenina en la mujer y un entorno más amable —estímulos que tienden a boicotear el aguante del varón, haciendo que se abandone al placer y se duerma en los laureles. Por tanto, esta puesta en escena era poco estimulante sexualmente a corto plazo, pero en cambio era muy estimulante a largo plazo, de una forma sutil: poco a poco, se insuflaba en los corazones de los amantes el anhelo de aquello que no les era aun permitido. Así, para cuando a la mujer le había vuelto a crecer una abundante melena, y la pseudo-clandestinidad de la relación se había ido disipando con el tiempo, tanto hombre como mujer eran adultos bien experimentados que sabían lo que querían y que, a pesar de ello, no habían sufrido merma alguna en su deseo sexual, sino al contrario, estaban más que nunca plenamente preparados para saber apreciar y disfrutar lo que suponía una relación física libre. 
  
Licurgo estableció que un hombre debía sentir vergüenza de ser visto con su mujer en actitudes amorosas [32] para que el encuentro se llevara al cabo en privado y con la mayor intimidad y pasión, ya que el secreto y la hostilidad circundante favorecían la magia de la unión, el sentimiento de complicidad y el verdadero romanticismo, que siempre ha de tener algo de secreto. El objetivo de esa medida, además, era favorecer la sed de verdadero conocimiento mutuo, la fascinación, el misterio, el hechizo, el cortocircuito sagrado entre hombre y mujer, y —digámoslo— el morbo de lo prohibido, para que su relación no tuviese nada de público, sino de privado, y para propiciar que tanto el hombre como la mujer no llegaran a hartarse jamás uno de otro. La pareja espartana debía tener, pues, una sexualidad poderosa, que manaba de cuerpos sanos y espíritus puros, dando lugar a un erotismo limpio, una lujuria positiva y necesaria para la conservación de la raza. En palabras de Jenofonte:  

[Licurgo] Notó, también, que durante la época inmediatamente posterior al matrimonio, era corriente que el esposo cohabitara ilimitadamente con su esposa. La regla que adoptó era lo opuesto a esto, pues declaró cosa vergonzosa que un hombre fuese visto en el momento de entrar en la habitación de su mujer, o al abandonarla. Con esta restricción sobre el acto, era forzoso que se mantuvieran unidos los esposos por un mayor deseo, y que el hijo que en estas condiciones engendraran fuese más fuerte que si estuvieran ya saciados uno de otro. ("Constitución de los lacedemonios", 1). 
  
¿Cómo, entonces, se las arreglaban los espartanos para estar con sus mujeres? En las sistias, se levantaban en silencio y abandonaban la sala. Cuidando de que nadie les viese (de noche estaba prohibido circular con farol o iluminación de ningún tipo, para fomentar la capacidad de moverse en la oscuridad sin miedo y con seguridad), entraban en su hogar, donde encontraban a su mujer, y donde sucedía lo que tuviese que suceder. Después, el hombre volvía a la sistia con sus camaradas de armas, envuelto en un secretismo que casi rozaba la sordidez. Nadie se enteraba de nada. La sexualidad de la pareja era estrictamente privada, incluso furtiva y pseudo-clandestina, para que ninguna persona pudiese interferir en ella, para que la relación fuese más vigorosa y, de nuevo según Plutarco, para que sus mentes estuviesen siempre "recientes en el amor, por dejar en ambos la llama del deseo y de la complacencia". 
  
¿Eran las relaciones espartanas algo normal, natural o deseable? No. Todo lo contrario. Se creaba un clima de lo más desagradable, que dista mucho de corresponderse con algún tipo de "ideal". Nadie en sus cabales desearía una relación así como vía de búsqueda del placer. A los espartanos, en cambio, por su peculiar idiosincrasia popular, estas cosas "les funcionaban". Y, sin embargo, vemos que el aburrimiento, la repetición, la falta de morbo y la monotonía, auténticos demonios de las parejas modernas (y causa de no pocas insatisfacciones, infidelidades, rupturas o perversiones surgidas para romper la rutina), no eran algo común en los matrimonios espartanos. La privacidad y discreción espartanas eran, de hecho, lo opuesto a las relaciones de nuestros días, que son pura apariencia y conveniencia social, y que están basadas en lo público, no en lo privado. Los espartanos comprendieron este asunto tan importante y vivieron conformes a él. Favorecían el encuentro de hombres y mujeres en los acontecimientos populares, pero quisieron que las relaciones amorosas fuesen estrictamente privadas. Milenios después, los SS también lo comprendieron, y sobre sus tablas de valores estamparon firmemente: "¡Reserva al amor su aspecto misterioso!" La fuerza de su amor procedía de ellos mismos —a diferencia de las infantiles relaciones actuales, cuyo combustible es el mundo externo ajeno a la pareja, sin el cual la pareja está vacía y no funciona.
  
El romanticismo espartano era el paradigma del amor en la edad de hierro: amor en zona hostil y en tiempos difíciles. Las relaciones matrimoniales espartanas estaban diseñadas para que el intercambio fuese beneficioso. Hoy en día, el matrimonio casi invariablemente castra al hombre, haciéndolo gordo, cobarde e indolente, y convirtiendo a la mujer en una manipuladora hedonista, caprichosa y venenosa. 
  
Por otro lado, existió otra polémica medida espartana que tenía que ver con la necesidad de procrear. Si un hombre comenzaba a envejecer y conocía a un joven cuyas cualidades admiraba, podía presentárselo a su esposa para que engendraran una descendencia robusta. La mujer podía cohabitar con otro hombre que la aceptase, y si éste era de mayor valor genético que su marido (es decir, si era mejor hombre), ello no era considerado adulterio, sino más bien un servicio a la raza. Asimismo, si una mujer era estéril o comenzaba a decaer biológicamente pronto, el esposo tenía derecho a tomar una mujer fértil que lo amase, sin que tampoco fuese considerado adúltero. En la sociedad vikinga (que era el tipo de sociedad de la que provenían los antiguos dorios), si una mujer era infiel con un hombre manifiestamente mejor que su marido, no era considerada adúltera. Lo dicho puede parecer sórdido y primitivo, puede parecer una anulación del individuo o del orden, y un "rebajar al hombre a la categoría de ganado", pero ante la apremiante necesidad que tenía Esparta de descendencia, poco importaban los egoístas deseos individuales. A las fuerzas de la Naturaleza y de la raza, los caprichos personales les traen sin cuidado, lo que les importa es que la descendencia sea sana y robusta, y que jamás se extinga el torrente de hijos. Por tanto, se instauraban esas peculiares medidas, que en un pueblo indisciplinado hubiesen supuesto el caos, pero a los espartanos, acostumbrados a la discreción y al orden, no les causaba problema alguno. Por otro lado, hay que evitar caer en el error de pensar que todas las parejas eran "sueltas". Lo normal en la inmensa mayoría de los casos era que ambos miembros de la pareja fuesen sanos y fértiles y no precisasen de "asistencia".
  
¿Cómo era considerado el parto en Esparta, en el marco de esta mentalidad natural? Un buen modo de explicarlo es citando un lema fascista italiano que rezaba: "el parto es para la hembra lo que la guerra para el macho". El deber de los hombres era sacrificar sus fuerzas en el día a día y derramar su sangre en el campo de batalla, y el de las mujeres esforzarse para dar a luz a hijos sanos y criarlos. Desde niñas, era el deber sagrado que se les había inculcado. En este entorno, una espartana que se negase a parir hubiese sido tan mal vista como un espartano que se negase a luchar, pues la mujer que se niega a parir saboteaba el sacrificio del joven guerrero de igual modo que el hombre que se niega a defender su hogar saboteaba el esfuerzo de la joven madre que da a luz. Hubiese sido más que un sacrilegio, más que una traición. Artemisa, la deidad femenina más venerada en Esparta, era, entre otras cosas, diosa del parto, y era invocada cuando a las jóvenes les llegaba el momento de alumbrar. En todo caso, el parto para las mujeres espartanas no debía ser un trance muy sufrido, en primer lugar porque desde pequeñas endurecían su cuerpo y ejercitaban los músculos que les ayudarían a parir, en segundo lugar porque concebían sus hijos mientras aun eran jóvenes y fuertes, y en tercer lugar porque parían bajo la alegre y orgullosa motivación del deber,  auxiliadas por un conocimiento y una medicina naturales, confirmadas por muchas generaciones de madres y nodrizas espartanas. 
  
La gran libertad femenina en Esparta no implicó que a las mujeres se les entregaran puestos de liderazgo del poder. La mujer no era conductora, sino inspiradora, generadora y conservadora. No dominaba, sino que influía sutilmente, reafirmando extrañamente el carácter de los hombres. Una mujer podía ser sacerdotisa o reina, pero no se inmiscuía en los asuntos de mando político y guerrero, porque eso significaba tomar un papel asociado al lado masculino. La mujer era un ideal puro que debía de mantenerse apartada a toda costa del lado sucio de la política, del mando y de la guerra, pero siempre presente en la sociedad y en el pensamiento del guerrero, pues allí era donde residía el misterioso poder de la mujer. Era en la mente del hombre donde la mujer se convertía en conductora, en el sentido de amor-memoria (en cuanto a Minne) e inspiración.  
  
A la reina Gorgos de Esparta, esposa del rey Leónidas, una mujer extranjera le dijo una vez que sólo las mujeres espartanas conservaban ya alguna influencia de verdad sobre los hombres, y la reina le contestó: "porque somos las únicas que damos a luz a hombres de verdad". De nuevo, las mujeres espartanas teníaninfluencia sobre los hombres, pero no poder. En las antiguas asambleas escandinavas, como ejemplo del valor de la influencia femenina, sólo se permitía votar a los varones casados: el hombre era el que tomaba las decisiones, pero se asumía que no era completo hasta que tenía a su lado a un espíritu complementario femenino que le transmitiese cierta magia en el día a día y le inspirase en sus reflexiones, y hasta entonces no se le permitía votar. En la práctica, cada matrimonio era un voto. 
  
Por otro lado, en los demás estados helénicos se había desterrado la presencia femenina, desequilibrando la mentalidad y la conducta del guerrero y facilitando finalmente la aparición de la homosexualidad. Todo el asunto de la feminidad espartana era realmente inconcebible en el resto de Grecia. Los atenienses llamaban a las espartanasfainomérides, es decir, "las que enseñan los muslos", como reproche a su libertad de vestimenta. Esto era debido a que las espartanas utilizaban todavía el antiguo peplos dorio, que estaba abierto por el costado hasta la cintura. Era parte de una moda femenina más cómoda y ligera que la del resto de griegas, una moda careciente de peinados extravagantes, maquillajes, joyas o perfumes; era una moda para mujeres sanas. Pero el resto de la Hélade, en lo que a mujeres se refiere, estaba ya infectada por las costumbres orientales, que las mantenían permanentemente encerradas en casa, donde sus cuerpos se debilitaban y sus espíritus enfermaban.   

Los mismos atenienses jamás habían podido concebir que las mujeres exhibieran su desnudez en público, aunque los varones sí lo hacían a menudo. El poeta ateniense Eurípides (480 AEC-406 AEC) se escandalizaba ante el hecho de que las "hijas de los espartanos" "salen de sus casas" y "se mezclan con los hombres mostrando los muslos". 


  
  
11- EL GOBIERNO

Se me ocurrió un día que Esparta, aun estando entre los estados menos poblados, es sin duda la ciudad más poderosa y más célebre de Grecia, y me pregunté cómo había sucedido esto. Mas, cuando consideré las instituciones de los espartanos, dejé de preguntarme.
(Jenofonte, "Constitución de los Lacedemonios").
  
El poder espartano no era una fría máquina burocrática que desconocía las pasiones y los impulsos. Era un ser espiritual que había echado raíces en el alma de cada espartano, que estaba vivo y que tenía una voluntad propia. Los líderes espartanos medían su calidad en cuanto a que eran capaces de ser dignos receptáculos y transmisores de tal voluntad, y ése precisamente era el objetivo de su entrenamiento y de su disciplina: convertirse en las herramientas por medio de las cuales el Estado espartano, intangible pero irresistible, se materializaba sobre la Tierra y manifestaba su voluntad. 
  
Toda la organización del poder espartano es tan singular y ejemplar que merece que nos centremos ahora en sus varias instituciones políticas por separado —tras habernos ocupado ya de la crianza, la instrucción, el Ejército y el matrimonio, que constituían instituciones por sí mismas. 
  
  
A) LA DIARQUÍA 
  
El Gobierno espartano estaba encabezado por dos reyes que regían juntos, siendo jefes del poder político, militar y religioso, desempeñando las labores de sumos sacerdotes y caudillos del Ejército. Este curioso signo de poder bicéfalo gemelo no vino justificado sólo porque así un rey controlaba la autoridad del otro, sino por ser un trazo simbólico (recordemos a Rómulo y Remo) de los reyes de la antigüedad mítica. En el caso de Esparta, ambos reyes estaban simbólicamente relacionados en el culto religioso con los míticos gemelos Cástor y Pólux [33], gigantes sobrenaturales dotados de sentidos superdesarrollados, hijos de Zeus, miembros de la männerbund de los Argonautas y que mitológicamente fueron los primeros monarcas del país. 
  
Cada rey escogía dos representantes suyos ante el oráculo de Delfos. En tiempos de guerra sólo uno de los reyes iba con el Ejército, mientras el otro permanecía gobernando en la ciudad. El rey beligerante tenía la obligación de ser el primero en marchar a la guerra y el último en volver. En combate, además, se situaba en el puesto de mayor riesgo, es decir, en la primera fila del extremo derecho de la falange. Nos explicamos: en la primera fila de la falange (compuesta exclusivamente de oficiales), los escudos formaban una muralla. Como los escudos se empuñaban con el brazo izquierdo y las armas con el derecho, el escudo protegía el lado izquierdo del portador y el derecho del camarada contiguo, y por ello era un gran símbolo de compañerismo, pues la protección del lado derecho dependía del camarada adyacente. Sin embargo, el guerrero que estuviera en el extremo de la derecha carecía del escudo de un compañero que le protegiera su lado derecho, por lo que debía ser especialmente intrépido: era el puesto real. 
  
Era tradición que el rey y los comandantes que guerrearan se rodearan de una guardia de élite de 300 hombres selectos (losHippeis).  Se dice de un espartano que aspiraba a este cuerpo y que, incomprensiblemente, se alegró cuando le informaron de que no había sido admitido en él. Un extranjero, no acostumbrado a las formas espartanas, le preguntó por qué se alegraba y el espartano le respondió, con la mayor sinceridad, que se alegraba porque su Patria estaba muy bien protegida si contaba con trescientos hombres mejores que él. En la guardia selecta había siempre, al menos, un espartiata que hubiese sido coronado víctor en los juegos olímpicos; y ciertamente no faltaban campeones en Esparta, pues en los diversos juegos olímpicos desde 720 AEC a 576 AEC, de 81 ganadores conocidos, 46 (más de la mitad) fueron espartanos, y de 36 ganadores de carreras a pie, 21 fueron espartanos, siendo que Esparta era el Estado menos poblado de Grecia y que sus hombres no eran atletas "profesionales" especializados en una disciplina concreta a tiempo completo, sino soldados para los cuales el atletismo en general era una mera afición. Hubo un luchador espartano al que se intentó sobornar para que perdiera en una competición durante los juegos olímpicos. Tras haber rechazado el soborno y ganado el combate, le preguntaron: "Espartano, ¿qué bien has ganado con tu victoria?" Y éste respondió con una sonrisa de oreja a oreja: "Lucharé contra el enemigo al lado de mi rey". Los vencedores en los juegos olímpicos eran considerados como tocados por los dioses. 
  
Los primeros reyes de Esparta propiamente dichos habían sido los hijos gemelos del rey Aristodemo. En adelante, cada rey procedía de una familia espartana antigua y legendaria, la de los Ágidas y los Próclidas, que reclamaban ambos descender de Heracles, aunque la de los Ágidas era algo más venerada en virtud de su mayor antigüedad.

Por extraña que pudiese parecer, en toda la Hélade, la monarquía espartana era considerada como la más antigua del mundo entero, descendiente de una remotísima línea que se remontaba a los mismísimos dioses y a la antigua patria hiperbórea de los lejanos ancestros helenos, "entre las nieves".

Los príncipes no eran educados en la Agogé estándar como el resto de los niños espartanos. Su educación hacía gran hincapié en la destreza militar y en la estrategia, pero añadía nociones de diplomacia y pensamiento político. Además, a los príncipes se les permitía el doble de raciones de comida que al resto del pueblo.
  
En suma, la monarquía de Esparta tenía un carácter místico y sagrado que impregnaba a sus súbditos y les inspiraba en la superación. Los reyes eran considerados como la encarnación de todo cuanto el pueblo espartano tenía de divino. 
  
  
B) EL EFORADO 
  
Bajo los reyes (aunque en la práctica más poderoso) había un gabinete de cinco ephoroi (éforos, o "vigilantes"), llamado Eforado. Originalmente eran los sumos sacerdotes de cada uno de los cinco pueblos, barrios o guarniciones militares que conformaban la Esparta arcaica, pero su poder fue escalando paulatinamente, pues una vez desaparecido Licurgo, ellos pasaron a sustituir de alguna manera su importantísima autoridad.  
  
El Eforado era la institución más poderosa de Esparta. Dirigía la eugenesia, la crianza, la instrucción, el Ejército y la política exterior, y tenían además poder para vetar cualquier decisión que saliera del Senado o de la Asamblea. Hacían de jueces supremos y presidían las reuniones y asambleas diplomáticas. Dos éforos acompañaban siempre al rey que estuviera en campaña, y tenían potestad para llamar a los reyes a su presencia a fin de pedir explicaciones de su conducta si actuaban mal. Incluso tenían poder para arrestarlos o deponerlos en caso de que hiciese falta, pero necesitaban para ello una autorización divina, por medio de un oráculo. Los éforos, que eran ancianos veteranos seleccionados por su prestigio y sabiduría, ni siquiera se ponían en pie ante la presencia de los reyes, y se podría decir que eran los "supervisores" de los mismos, velando para que ningún rey se durmiese en los laureles o cayese en la tiranía.
  
  
C) EL SENADO 
  
Debajo de los éforos estaba el Senado o Gerusia, Consejo de 30 "gerontes" vitalicios, que incluían a los dos reyes y a otros 28 ciudadanos que hubieran superado la edad de 60, seleccionados de entre voluntarios procedentes de antiguas y prestigiosas familias espartanas. La tradición del Senado espartano provenía de los 30 jefes militares que juraron lealtad a Licurgo en su golpe de Estado. 



D) LA ASAMBLEA 
  
Llamada Apella o Ecclesia, era un organismo más popular, que incluía a todos los varones espartanos de más de 30 años, los cuales elegían a los miembros del Senado y del Eforado. Podían en ocasiones aprobar o vetar las decisiones del Senado, aunque no tenían derecho a cuestionar las decisiones de los éforos.  
  
  
E) SOBRE LAS ELECCIONES 
  
Se ha mencionado la existencia de elecciones para escoger dirigentes. Estas elecciones no tenían nada que ver con las actuales, en las que el capricho de turno de la mayoría borreguil se impone con un voto anónimo y por lo tanto cobarde y falto de responsabilidad y madurez. En Esparta las votaciones se hacían por aclamación: el candidato que recibía las ovaciones más avasalladoras y los aplausos más tumultuosos era el que triunfaba. Este método, contrariamente a lo que pueda parecer, es mucho más inteligente que el demócrata actual, ya que ascendía al poder un candidato que contaba siempre con la lealtad de la ciudadanía —o al menos con su masa más resuelta, que es lo que importa [34]. No olvidemos que esta ciudadanía no tenía nada de populacho, puesto que la conformaban únicamente varones espartanos de más de 30 años cuya lealtad, rectitud y dureza estaban más que demostradas a lo largo de 23 años de enormes sacrificios y privaciones. En caso de duda, se recurría a un método sencillo: los partidarios de uno se colocaban a un lado, y los del otro, al otro lado. Así la votación era directa y se podía llamar a rendir cuentas a los responsables en caso de decisión errónea. 
  
  
F) NOMOCRACIA: LOS REYES, A LAS ÓRDENES DE LAS LEYES 
  
Todas estas instituciones y métodos formaban un régimen ciertamente único. Platón, hablando sobre el poder espartano, dijo:

No sé qué nombre darle. El Eforado es tiránico, pero Esparta parece a veces la cosa más cercana a una democracia pura. Sería absurdo negar que es una aristocracia, e incluye unamonarquía, la más antigua del mundo [35].

Los espartiatas, en cambio, no se daban quebraderos de cabeza y denominaban a su forma de gobierno "eunomía" —esto es, buen orden. También llamaban a su sistema "cosmos", pues era todo cuando conocían, era el mundo en el que se movían, y era único con respeto a todos los demás sistemas. 
  
El rey Arquidamo II de Esparta, hijo del rey Zeuxidamo, cuando le preguntaron quién estaba al frente de Esparta, resumió respondiendo: "Las leyes, y los magistrados según las leyes". Pero estas leyes no estaban escritas en papel alguno, sino en la sangre y en las cicatrices de los hijos de Esparta. Habitaban dentro de los hombres, después de un largo proceso de entrenamiento e interiorización que les convertía en depositarios adecuados. No eran dogmas cuadriculados que desconocían las excepciones, sino que eran perfectamente flexibles y adaptables a diversos casos. Los reyes se sometían voluntariamente a las leyes, ya que eran consideradas un regalo que los mismos dioses le habían hecho a Esparta por mediación de Licurgo. 
  
Como conclusión, en Esparta regían las leyes de Licurgo, en una suerte de nomocracia (como antiguamente en la India brahmánica, o como el judaísmo hasta nuestros días), de tal forma que se aseguraba que Licurgo seguía mandando en Esparta incluso siglos después de muerto.
  
  
  
12SOBRE LA MENTALIDAD PAGANA, EL SENTIMIENTO RELIGIOSO ESPARTANO Y LA SUPREMACÍA SOBRE ATENAS 

En estos Estados [dorios como Laconia y Creta] no sólo los hombres, sino también las mujeres, están orgullosos de su desarrollo intelectual. Así podéis saber que digo la verdad y que los espartanos son los más educados en la filosofía y en la oratoria. Si hablas con un espartano corriente, parece estúpido, pero eventualmente, cual experto arquero, dispara una breve observación que te demuestra que eres sólo un niño. 
 (Platón, "Protágoras"). 
  
La religión en Esparta tenía un papel importantísimo, muy por encima de ningún otro Estado griego. La supremacía espartana no era sólo física, sino también espiritual. Esta aparente contradicción se explica porque la religión helénica, que bebía directamente de la religión indoeuropea originaria, era por tanto una "religión de los fuertes", y no una religión de autocompasión y adoración al enfermo, al débil, al pisoteado y al infeliz. En Esparta, además, esa religiosidad había sido puesta al servicio de un blindaje específicamente elaborado para resistir los rigores de la edad de hierro. 
  
El politeísmo helénico era algo profundamente natural y vitalista, que se encuentra inextricablemente tejido a la memoria de la sangre, ya que "la divinidad consiste precisamente en que existan dioses y no un solo dios". Nuestros antepasados hacían de sus dioses monumentos espirituales que contenían todas aquellas cualidades que les eran propias y que les hicieron prosperar y triunfar. Depositaban en ellos sus sentimientos más elevados, con lo cual daban forma, perfeccionaban entre todos, a un ser que ya existía antes en borroso estado latente. La creación de dioses es algo capital a la hora de valorar a un pueblo, pues los dioses son la personificación de los valores e ideales más caros de ese pueblo. Se puede decir que los dioses crearon a la raza, y la raza a sus dioses. A través de los dioses podemos conocer a los pueblos que les rindieron culto, del mismo modo que a través de los pueblos —de nosotros mismos, de nuestros ancestros, de nuestra historia y de nuestros hermanos— podemos conocer a los dioses. 
  
Los pueblos tuvieron sus dioses y los dioses tuvieron sus pueblos. En Esparta se rendían culto a las divinidades helenas típicas, aunque dos fueron las que adquirieron un papel singularmente relevante y se convirtieron en las divinidades más adoradas, ya en tiempos de la invasión doria: Apolo y Artemisa. Eran hermanos gemelos, volviendo a confirmar el culto a los "gemelos sagrados". Su padre era Zeus, el padre celeste, y su madre era Leto, hija de titanes, que para escapar de los celos de Hera (esposa celeste de Zeus) tuvo que convertirse en loba y huir al país de los hiperbóreos. Nótese aquí la presencia de una importante constante simbólica, la del principio celeste (Zeus, águila, rayo), unido con el principio terrestre (Leto, loba, titán). 
  
Apolo era hijo de Zeus y hermano de Artemisa, dios de la belleza, de la poesía (llamado "archipoeta rubio"), de la música, del arco y la flecha, de la juventud, del sol, del día, de la virilidad, de la luz y del orgullo, que podía predecir el futuro y que cada año volvía de Hiperbórea en un carro tirado por cisnes [36]. Apolo presidía sobre el coro de las nueve musas, deidades inspiradoras de los artistas, que habitaban en el monte Helicón. Se le concebía como un hombre joven, rubio y de ojos azules, portando una lira, cítara o arco, y poseedor de una belleza varonil, limpia, juvenil y pura ―una belleza "apolínea". La mitología explicaba que en su infancia dio muerte a la serpiente Pitón (en otras versiones un dragón), estableciendo en su lugar, con la ayuda de los hiperbóreos, el santuario de Delfos. También Heracles dio muerte a una serpiente cuando apenas era un recién nacido. Este tipo de leyendas representan la lucha que en un comienzo llevaron al cabo los invasores indoeuropeos contra los dioses telúricos de los pueblos pre-indoeuropeos. Apolo recibía varios títulos, entre ellos los de Febo ("Brillante"), Liceo ("Luminoso") y Licógenes ("nacido de loba", como en cierto modo lo eran Rómulo y Remo). Como dioses equivalentes a Apolo en otros pueblos, tenemos a Febo Apolo (romanos), Abelio o Belenus (celtas), Baldur (germanos), Byelobog (eslavos), Luzbel (herejes medievales), Baal (fenicios), el "Belzebú" satanizado por la Iglesia y Belial, otro demonio del cristianismo. 
  
Estatua de Apolo. 
  
A Apolo se le veneraba en la más importante fiesta de Esparta, la Carneia. Allí se homenajeaba al dios bajo al figura del carnero. Para llevar al cabo los rituales, los sacerdotes escogían a cinco varones solteros, que durante cuatro años debían seguir voto de castidad.

Moneda con la imagen de Apolo Carneios, la divinidad más popular en Esparta.

Artemisa era hermana de Apolo, hija de Zeus, diosa de la noche, de la luna, del arco y la flecha, de los bosques, de la caza y de la virginidad —aunque también del parto y de la fertilidad masculina. A Artemisa se le solía representar armada con arco y flechas de plata, vistiendo una túnica corta y ligera o bien pieles de animales salvajes, llevando sus cabellos recogidos, y acompañada de una jauría de perros cazadores. Su carro era tirado por ciervos, el animal más asociado a ella, y de hecho en ocasiones se le representaba con cuernos de ciervo, una reminiscencia del paganismo más primigenio. Era casta y virgen a perpetuidad, y vírgenes también eran todas sus sacerdotisas, llamadasmelisai ("abejas", otro de los símbolos de Artemisa). Artemisa era áspera, severa, orgullosa, brusca, silvestre, silenciosa y fría, era el resultado de una obra patriarcal ―era, en fin, el único modelo de divinidad femenina capaz de imponer respeto y devoción a una virilidad tan ascética y curtida como la espartana. La Artemisa doria equivalía a la diosa Artio (celtas), Diana (romanos) o Dievana (eslavos) [37] pero no tenía nada que ver con la Artemisa adorada por sacerdotes eunucos en el templo de Éfeso (Asia Menor, o Turquía moderna), que era una diosa de la "fertilidad", a menudo representada con piel negra, múltiples pechos, peinados caprichosos, adornos corporales u otras distorsiones orientales. En la mitología helénica, Artemisa fue mentora de la joven Atalanta, que llegó a ser la mejor corredora de la Hélade, y nadie, ni siquiera un dios, estuvo más cerca de conquistarla que el héroe mortal Orión. Apolo y Artemisa eran, en fin, la pareja sagrada de gemelos, día y noche, sol y luna, oro y plata. Eran los arquetipos juveniles de la masculinidad y feminidad espartanas, respectivamente.  
  
Por otro lado, en Esparta se rendía veneración a los héroes de la "Ilíada" ―muy especialmente a Aquiles, pero también a Menelao y a Helena, que eran reyes de Esparta en la mitología. Heracles era prácticamente héroe nacional espartano (recordemos que, según la tradición, Heracles fue el patriarca fundador de los linajes regios de Esparta), y su figura era enormemente popular entre los varones jóvenes. 

En la ciudad de Esparta había 43 templos consagrados a diversos dioses y 22 templos dedicados a héroes (incluyendo los de la "Ilíada") cuyas gestas inspiraban a las generaciones florecientes; más de 15 estatuas dedicadas a dioses, 4 altares y numerosos panteones funerarios. Había también un templo dedicado a Licurgo, que era adorado como un dios. En una ciudad del tamaño de Esparta, la cantidad de edificios religiosos era muy notable. 
  
En las ceremonias religiosas, hombres y mujeres —particularmente los jóvenes en edad de encontrar pareja— asistían íntegramente desnudos, como durante las procesiones, los torneos, los concursos de belleza y las danzas. Esto ya implica que los espartanos no se avergonzaban de sus cuerpos, sino que los mostraban con orgullo siempre que podían, porque eran robustos, bien formados y armoniosos. Estos acontecimientos eran festivales de la belleza, ceremonias dionisiacas en las que se rendía culto al cuerpo hermoseado por el esfuerzo y el sacrificio. Según Platón, "un hermoso cuerpo promete un alma bella", y "la belleza es el esplendor de la verdad". 
  
La costumbre atlética de rasurarse el vello corporal y untarse de aceite antes de una competición era de origen espartano, aunque también los celtas eran dados a los afeites corporales antes de las batallas. Pretendían con ello realzar el cuerpo, dar relieve, volumen, detalle,  brillo y "vida" a la musculatura, y por lo tanto desplegar con orgullo el resultado de años y años de durísimo entrenamiento físico y agotadores esfuerzos, probablemente con el objetivo de encontrar la mejor pareja y/o ganar prestigio. En nuestros días es bien sabido que los culturistas se depilan y untan de aceite antes de una competición, por el mismo motivo. La culpabilidad y el sentimiento de pecado que el cristianismo intentó imponer en el ámbito del orgullo de cuerpo, tuvo como objetivo hacer que el hombre se avergonzara precisamente de aquello de lo que debía estar más orgulloso. La moral judeocristiana, tachando la higiene, el cuidado, el entrenamiento y la "preparación" del cuerpo como asuntos "pecaminosos", sensuales y "paganos", logró poco a poco que la población europea —convertida en un rebaño amorfo cuya actitud ante cualquier atisbo de perfección divina era el resentimiento y la desconfianza— acabase olvidando que su cuerpo también era una creación y un regalo de Dios.
  
Tales festivales servían para que los jóvenes de ambos sexos se familiarizaran entre ellos, pues pensemos que Esparta era una ciudad de pocos habitantes, donde gracias a las ceremonias públicas, todo el mundo se conocía de vista y se sentía integrado en lo popular. Era en estos acontecimientos donde se observaba y se elegía al futuro cónyuge. La competitividad, además, servía para establecer jerarquías en cuanto a belleza, valor, fuerza, agilidad, dureza, resistencia, valor, pericia, rapidez, etc., y para que los mejores varones se unieran a las mejores mujeres, como podía ser el caso de la coronación de un rey y una reina en un concurso, o un campeón y una campeona en una competición (pensemos en las tradiciones de los institutos americanos). Platón dijo que "es necesario que los mejores hombres se unan a las mejores mujeres la mayor parte de las veces; y lo contrario, los más malos con las más malas; y hay que criar a los hijos de los primeros, no a los de los segundos" ("República", V). Gracias a esto, y a las facilidades e incluso obligaciones de contraer matrimonio, los jóvenes espartanos de ambos sexos se casaban entre los 20 y los 25 años.  
  
Imaginémonos todo aquel culto pagano al sacrificio, a la lucha, a la unión y aquella glorificación de la propia existencia colectiva de un gran pueblo. Eso era orgullo y alegría socialista, era nacionalismo, un culto al esfuerzo y a la lucha, por medio del cual los espartanos se nutrían a sí mismos, pues las gestas de los guerreros hacían que los más jóvenes quisieran igualarles y superarles, y deseaban que llegara su oportunidad para poder demostrar sus cualidades florecientes. Es más, el conocimiento de las gestas de los espartiatas ayudaba a la sociedad a conocerse a sí misma, a tener orgullo de sí misma, a adquirir conciencia de su grandiosidad y de su superioridad. Todo estaba sabiamente diseñado para que el ardor del orgullo espartano fuera duradero. 
  
¿Cómo sería el ritualismo en un país tan "socialista"? Era sencillo y austero, y los espartanos se lo tomaban con fanática solemnidad para que todos los rituales fuesen perfectos y su resultado fuese impecable. Los ritos tenían que llevarse al cabo costase lo que costase. Se sabe que antes de las batallas los espartanos celebraban un sacrificio —generalmente el de un macho cabrío, signo de fertilidad masculina—, y bajo ningún concepto comenzaban a luchar sin que el ritual fuese cerrado. La historia nos cuenta cómo esto se llevó al extremo en una ocasión en la que hizo su aparición el enemigo durante el sacrificio, y los espartanos no se movieron de sus puestos ceremoniales hasta que terminó el ritual, incluso cuando las primeras flechas enemigas comenzaron a caer sobre ellos, matando a algunos e hiriendo a otros. Cuando se cerró el ritual, combatieron y ganaron la batalla. Tal tipo de sentimiento, orbitando entorno a ritos en los que se reproducían acontecimientos simbólicos, era el que mantenía el contacto con el más allá, donde mora la fuerza de los caídos y de los antiguos padres. 
    
Todos estos elementos contribuían a formar un sentimiento espiritual elevadísimo: el espartiata se sentía la cumbre de la creación, el favorito de los dioses, una criatura privilegiada, magnífica, espléndida, arrogante y semidivina, miembro de un linaje santo, de una estirpe sagrada, afortunado "eslabón de la eterna cadena racial", protagonista de una gesta sin parangón, de una vivencia mística extremadamente profunda, que él estaba convencido acabaría guiándole directamente a la inmortalidad del Olimpo, como los héroes semidivinos a los que rendía culto. Se sentía orgulloso de ser espartiata, pues sólo el hecho de que para llegar a serlo fuera necesaria la superación de durísimas pruebas, le hacía sentir poseedor de un privilegio. 
  
Nietzsche dijo que "para que un árbol llegue con sus ramas al cielo, ha de hundir sus raíces en el infierno". Odín dijo: "A las cabañas bajé y a los palacios ascendí". Esto implica que sólo tras haber superado las pruebas más atroces tiene derecho el guerrero a acceder a estados más elevados, so pena de sufrir la degradación a la que conduce la soberbia embriagada de quien no se ha endurecido antes en el sufrimiento y no es capaz de tomar el placer, el poder y el lujo con un respeto, un cuidado, una delicadeza, una veneración, una humildad y un aprecio casi aprensivos. Los espartiatas habían tocado fondo hundiéndose en toda la tragedia de su atroz instrucción, y habían pasado asimismo por todas las sensaciones varoniles de plenitud, salud, vigor, fuerza, potencia, poder, dominio, gloria, victoria, alegría, camaradería, recompensa y triunfo. El haber abarcado toda la gama emocional que va del dolor al placer les hacía poseedores de una sabiduría vital que sólo ostentan los héroes y los caídos, y seguramente nadie sabía apreciar el significado y la importancia de los placeres más que los espartanos. 
  
Existió en Esparta, como en otros lugares, un círculo iniciático de sacerdotes y sacerdotisas. Poco se sabe acerca de ellos, salvo que eran hombres y mujeres selectos, iniciados en emplazamientos concretos en ceremonias secretas llamadas "misterios", que les hacían depositarios de la sabiduría ancestral de orientación más mística y esotérica. En Grecia, los misterios representaban aquello que no se podía explicar racionalmente con palabras, sino que era necesario verlo y vivirlo. Los misterios (de Delfos, de Eleusis, Delos, Samotracia, Orfeo, etc.) se convirtieron en prestigiosas escuelas iniciáticas, a las que acudían personajes importantes de toda la Hélade con la intención de despertar su espíritu. Mucho de lo que conocemos de ellos pertenece a una época decadente en la que se había traicionado el secreto, por lo que el mismo ritual ya estaba monstruosamente desfigurado y los verdaderos misterios habían desaparecido.
  
El monte Taigeto —símbolo del orgullo y del elitismo de Esparta— era llamado también monte Dionisio, porque era en él donde los espartanos rendían culto a este dios, en unas ceremonias mistéricas de elaborada ritualidad, los misterios de Dionisio. Dionisio es una suerte de Shiva (en el hinduismo se dice que Shiva medita en lo alto del monte Meru) helénico, un arquetipo divino-destructivo y danzante. Mucha confusión ha surgido entorno a Dionisio, de modo que intentaremos limpiar la imagen de este dios. La mitología explicaba que Dionisio era hijo de Zeus (principio celeste-viril) y de alguna diosa terrenal (principio terrestre-femenino) que según versiones es Deméter, Perséfone o Semele. Dionisio había sido despedazado (como el Osiris egipcio o el Purusha védico) y devorado por los titanes (entidades ctonias), pero, puesto que los titanes acabaron engendrando los hombres, todos los hombres tienen dentro de sí una chispa de Dionisio. Zeus pudo salvar el corazón de Dionisio y, plantándolo en el vientre de su madre (en otras versiones, en el muslo de Zeus), Dionisio renació y ascendió a la categoría de "dos veces nacido".  
  
Dionisio era el dios de los instintos fuertes, de la plenitud vital, la abundancia espiritual, la alegría de vivir, el placer transparente, del agradecimiento, el frenesí alegre y furioso y de la felicidad que, por querer la eternidad terrenal, necesita de los hijos. Era, por excelencia, el dios de los sanos y de los fuertes, de esa alegría popular pagana que se desborda y crea en su abundante felicidad —o destruye en su desbocada ira—, el dios de los instintos que hacen sentirse a uno vivo y elevan a la raza por encima de sus limitaciones materiales o de las mezquindades cotidianas. 
  
Dionisio, por Arno Breker. 
  
Con el tiempo, empero, y según la Hélade iba perdiendo su pureza, el culto a Dionisio fue fácilmente pervertido (siendo un dios de impulsos corporales, materiales y "oscuros"), y se convirtió en un gordo dios de las orgías, dios de las diversiones ruidosas, del alcohol, de la promiscuidad y de la histeria demente. Los romanos adoptaron este dios deformado como Baco, y sus seguidores (principalmente cobardes, decadentes, pervertidos y mujeres morbosas y aburridas de buenas familias) se degeneraban en cultos orgiásticos o "bacanales", que incluían sacrificios sangrientos, sexo a destajo e intoxicaciones por alcohol. Fue tal el escándalo que se formó en torno a las bacanales que el senado de Roma las prohibió en 186 AEC y exterminó a sus seguidores en una gran matanza. 
  
Llegados a este punto, se tratará un tema que sin duda rondará a muchos: la comparación Esparta-Atenas. ¿Qué ciudad era "mejor"? A menudo se nos ha dicho que Atenas representó la cumbre espiritual-artística griega y Esparta la evolución físico-guerrera. No es tan fácil como eso. Hay que partir de la base de que es un gran error juzgar el desarrollo de una sociedad por su avance material o mercantil. Ello nos llevaría a concluir que Carlomagno (analfabeto) era inferior a cualquier hijo de vecino actual, o que Dubai (la capital de los Emiratos Árabes) es sede de la civilización más excelsa del planeta. Es preciso valorar mucho más la espiritualidad, la salud, la calidad individual y la herencia genética de las que es depositaria una sociedad. Ello podría aterrizarnos en posibilidades insólitas, como por ejemplo, que el Cromagnon fuese la cultura más elevada que haya pisado el planeta. Como hemos mencionado, no sin razón se ha llegado a decir que todo el Estado espartano era una Orden, una unión de monjes-guerreros, pues los espartanos cultivaban celosamente una disciplina y una sabiduría ancestral que la mayoría de estados helenos ya habían perdido. Muchos habrán notado que las durísimas prácticas de la disciplina espartana tienen el marcado carácter de un yoga guerrero, entendiéndose por yoga cualquier práctica ascética que ayude al perfeccionamiento físico, mental y espiritual. En Esparta todo funcionaba con la mística y con la devoción del pueblo más religioso de Grecia, y es un inmenso error creer que la instrucción espartana sólo pulía el cuerpo.

Por tanto llegamos al importante asunto del arte, que además suele ser un argumento común para vilipendiar a Esparta. Los espartanos solían decir que ellos esculpían sus monumentos en carne, con lo cual daban a entender que su arte era viviente, que su arte era —literalmente— su propio pueblo y los individuos que lo integraban. Pero Esparta también tuvo un arte convencional tal y como se entiende en el presente. Era famosa en toda Grecia por su música y su danza (de las cuales nada nos ha llegado), así como por su poesía, altamente cotizada, y que nos ha llegado fragmentada. Sus arquitectos y escultores eran empleados en lugares tan prestigiosos como Delfos y Olimpia, e impusieron su sello de sobriedad recta y claridad cristalina en sus obras. El ejemplo más ilustrativo de ello es el sobrio estilo dórico, patrimonio directo espartano, que llegó a ser modelo no sólo para infinidad de templos en toda Grecia —como el mismo Partenón de Atenas—, sino también para el gusto clásico de la Europa posterior, que se ha esforzado por seguir el legado de Grecia y Roma.
  
Ejemplo de estilo arquitectónico dórico, considerado el paradigma de lo "clásico" en Occidente. 
  
Los griegos, y particularmente los espartanos, estudiaban la "morfopsicología", es decir, el interpretar el carácter, la personalidad y, en última instancia, el alma de un individuo a partir de los rasgos físicos —especialmente de la cara—, hasta tal punto que la fealdad en ciertos estados griegos era prácticamente una maldición. Asimismo, se creía que la belleza y una buena disposición de las facciones debían ser expresión de cualidades nobles de las que el cuerpo bello era necesariamente portador, aunque sólo fuese en estado latente. Los creadores de las estatuas griegas las hicieron con ese conocimiento del rostro humano y de las proporciones perfectas en mente, y por ende representan, no sólo un cuerpo bello, sino también un cuerpo bello portador de un alma bella. La saña con la que los posteriores cristianos destruyeron la mayor parte de las estatuas helénicas, nos indica que temían enormemente lo que representaban, pues en ellas los helenos fijaron y establecieron de una vez por todas, como meta, como molde y como ideal, un tipo humano que el cristianismo nunca sería capaz de producir. 
  
Muchos otros Estados, en cambio, adolecían de ese gusto por lo exótico y lo cosmopolita en el que caen todos los imperios que descuidan su atención, su autenticidad y su identidad. Atenas [38]con la plutocracia pseudo-fenicia de El Pireo, con su mafia de mercaderes, charlatanes, ruidosos esclavos, saltimbanquis, intelectualoides, sabihondos, prestidigitadores y falsos adivinos egipcios, con sus ropas suntuosas, manjares suculentos, especias, inciensos, colores, aromas, perfumes, riquezas indecentes, cultos mistéricos deformados, ceremonias orgiásticas, prostitución, alcoholismo, suciedad, enfermedades, demagogia y finalmente decadencia galopante incluyendo cosmopolitismo, hedonismo, homosexualidad, multiculturalismo y mestizaje, estaba más lejos del ideal europeo que Esparta, que jamás acogió a toda esa suciedad sino cuando ya no era Esparta. Mientras tanto, siempre permaneció esencialmente rústica, áspera y auténtica. 
  
En Atenas surgieron innumerables escuelas filosóficas (algunas de espíritu claramente decadente, como los sofistas o los cínicos), lo cual atestigua el caos y las contradicciones en el seno de los ciudadanos atenienses y del mismo organismo nacional ateniense. La demagogia y la sagacidad del esclavo, del tendero, del comerciante, del mercader fenicio, del nómada del desierto, comenzó a ser apreciada. Y esto es ensalzado por la historia filosófica que se enseña hoy (Julius Evola ya señaló el agrado con el que la civilización moderna ve en Atenas el origen de la democracia). En Esparta no se divagaba ni se especulaba (la divagación representa la inseguridad y el desconocimiento) porque todos sus habitantes conocían las leyes de la Tierra, del cielo y de la especie, y vivían discretamente conforme a ellas, sin ajetreo, sin especulaciones y sin discusiones absurdas. 
  
Los atenienses despreciaban a los espartanos porque los creían brutales y simples. Los espartanos despreciaban a los atenienses porque los consideraban blandos y amanerados, aunque los atenienses, como griegos que eran, también fueron grandes atletas, pero nunca al nivel de los espartanos. Se dice de un espartano que contemplaba una pintura representando a soldados atenienses victoriosos. Cuando le preguntaron "¿Son valientes esos atenienses?", él respondió "Sí, en pintura". 
  
Existía una rivalidad latente entre el pueblo jonio de los atenienses, influenciados por Asia Menor, y el pueblo dorio de los espartanos, directamente influenciados por su propia herencia nórdica, ya que jamás se dejaron regir por nada que no fuese su tradición ancestral y su propia conciencia popular. Con la excepción de Atenas, que se veía a sí misma como la mejor, todos los demás Estados helénicos reservaban su admiración para Esparta, al considerarla un santuario de sabiduría y justicia, depositaria de la verdadera tradición helénica primigenia. Esparta, por encima de Atenas, fue siempre la ciudad más famosa y respetada entre los griegos. Siempre recurrían a ella para arbitrar disputas interestatales, y la mayor parte de las veces ni siquiera había que recurrir a la fuerza: Esparta enviaba un embajador, a cuya voluntad todo el mundo se sometía voluntariamente y de buena gana, como si fuese un enviado divino.
  
  
  
13- LA POLÍTICA DE LOS ESPARTANOS PARA CON SUS INFERIORES: LA KRYPTEIA 
  
 El autosacrificio nos permite sacrificar a otros sin sonrojarnos.  
 (George Bernard Shaw, "Hombre y Superhombre", Máximas para revoluciones). 
  
Los espartanos se mantenían segregados de los no-espartanos para mantener su valiosa esencia imperturbada. No sólo el racismo y el distanciamiento, sino la falta de piedad para con sus esclavos, eran para el espartiata una necesidad vital que apaciguaba su paranoia a corto plazo y a la vez la renovaba a largo plazo. Dirijamos nuestra atención, pues, hacia el resultado del agudo racismo de los espartanos. 
  
La situación de la estratificación por castas en Esparta era única, porque la vida de la aristocracia era muchísimo más dura que la vida de la plebe. No sucedía lo que en las demás civilizaciones, donde el pueblo bajo deseaba apropiarse del modo de vida de la casta dominante. A los hilotas no les apetecía lo más mínimo someterse a la despiadada disciplina de una vida espartana, comparada con la cual la labranza de la tierra era algo fácil, suave y llevadero. 
  
Eran los éforos los que, cada año y con la mayor solemnidad, declaraban la guerra a los hilotas —es decir, autorizaban matarlos libremente sin que ello se considerara asesinato. Una vez al año, se les golpeaba en público sin razón alguna; cada hilota debía ser azotado un número determinado de veces cada año sólo para recordar que seguía siendo un esclavo. Y cuando el gobierno consideraba que se habían reproducido demasiado o sospechaba que planeaban revueltas, se llevaba al cabo la Krypteia o Criptia.

Krypteia es una palabra que significa "escondido", "oculto" o incluso "secreto", "clandestino" (las palabras con la partícula "cripto-" en español derivan de esto), tomando tal nombre de una prueba de profundo simbolismo a la que se sometía a muchos chicos espartanos en edad de instrucción. Solo, descalzo, sin ropa de abrigo, y provisto tan sólo de un puñal, se arrojaba al muchacho espartano elegido a tierras habitadas por hilotas. Permanecía largo tiempo ocultándose en las horas de luz, obteniendo su comida de la Naturaleza y viviendo a la intemperie. Durante las horas oscuras, de modo furtivo, acechaba a los hilotas y entraba en sus caminos y en sus propiedades con sigilo, atacando silenciosamente a todos los hilotas que se encontrara, matando al mayor número de ellos que le fuera posible, robándoles la comida y probablemente extirpando algún sangriento trofeo que demostrase el éxito de su cacería. Así cayeron miles de hilotas a lo largo de la historia de Esparta, y probablemente también muchos muchachos espartanos.
  
Esta dura prueba ha sido considerada a la vez como un ejercicio militar, un bautismo de sangre y un ritual de iniciación guerrera. Algunos incluso han elevado la importancia de la Krypteia al nivel de institución, una especie de servicio secreto compuesto por los cachorros espartanos más fanáticos y prometedores, pensado específicamente para contener el crecimiento de los hilotas, para mantenerles psicológicamente subyugados y para revitalizar la tensión entre los dos extremos de la balanza que componían el Estado laconio.  
  
El joven espartano, tras años de vivir en la Naturaleza, se había habituado a ella. Los largos días de soledad hacían que sus sentidos se agudizaran, que se acostumbrara a olisquear el aire, y que se sintiera como un auténtico depredador. De noche descendía del monte para caer sobre sus víctimas con toda la ferocidad que le otorgaba su racismo, su entrenamiento y su disposición natural al sacrificio y a la muerte, escondiéndose después. Y, tras haber cumplido la misión, retornaba victorioso a su hogar. Esto era la culminación del entrenamiento guerrillero, que confirmaba que los espartiatas no eran animales de rebaño, sino más bien lobos: grandes luchadores en manada (que no rebaño, pues la manada está jerarquizada), pero capaces también de desenvolverse solos cuando hacía falta; excelentes soldados colectivos en la guerra abierta, pero también temibles luchadores individuales en la guerra esquiva, sucia y oscura tan propia de la edad de hierro. 
  
Este entrenamiento de guerrilla debía proceder de la etapa de las primeras guerras mesenias, en las cuales las formaciones militares fueron destruidas y se tuvo que recurrir a los golpes de mano, a las emboscadas y a los asesinatos aprovechando las ventajas que pudiese ofrecer el terreno (bosques, montañas, poblaciones), la situación táctica (enemigo desprotegido, desarmado, distraído o despreocupado) y las condiciones ambientales (noche, oscuridad, niebla). Pero este modo de combate sin duda estaba ideado también como forma de preparación para resistir si Esparta caía bajo sus enemigos y sufría una ocupación militar. En caso de tal catástrofe, cada varón espartano estaba preparado para echarse al bosque o al monte con lo puesto, sobrevivir por sus propios medios y ejecutar ataques, cacerías y emboscadas selectivas sobre el enemigo. Era, pues, una forma de resistencia sin líder. Otra eventualidad que se tenía en cuenta era una nueva rebelión mesenia, en la que los rebeldes se retirarían a los campos, teniendo que enzarzarse Esparta en una sucia guerra de guerrillas contra ellos para cazarles y exterminarles poco a poco. Esto, como veremos más adelante, tuvo realmente lugar. 

Otro ejemplo que nos describe la falta de escrúpulos de los espartiatas con sus inferiores nos lo ofrece el siguiente suceso, acaecido en 424 AEC: el gobierno espartano tenía razones para pensar que los hilotas se iban a rebelar. Después de una batalla en la que Esparta empleó a reclutas hilotas, se dio la libertad a 2.000 de ellos que se habían distinguido por su valor en combate. Tras haber organizado un banquete para que lo celebrasen, y habiendo puesto laureles sobre sus cabezas, los éforos ordenaron matarlos a todos. Aquellos 2.000 hombres desaparecieron en el bosque sin dejar rastro y no se volvió a saber de ellos. Y como los hilotas más valientes habían sido eliminados en esa inmensa krypteia, la población hilota, despojada de líderes, no se rebeló. Podemos imaginarnos lo desolados que quedaron los compatriotas de los hilotas muertos y pensar en el devastador efecto psicológico que tuvo. Esta anécdota patentiza hasta qué punto los espartanos abandonaban todo tipo de caballerosidad, código de honor o conducta moral cuando creían que estaban defendiendo la existencia de su pueblo.

Otra de las leyes espartanas de connotaciones racistas fue el prohibir los tintes de pelo. En el resto de Grecia eran frecuentes los tintes, las pelucas rubias, los métodos de aclaración del pelo y los peinados elaborados y extravagantes, como sucedió en Babilonia, en Etruria y en la Roma decadente. En una etapa de involución en la que la estirpe helénica originaria se estaba diluyendo por el mestizaje, los tintes y los mejunjes de aclaración fueron muy apreciados y abundantes, especialmente entre las mujeres. En la Roma decadente pasó algo idéntico: las romanas se hacían confeccionar pelucas con cabellos dorados cortados a prisioneras germanas. 
  
La afluencia de extranjeros era celosamente limitada, de tal manera que sólo se podía visitar Esparta por un motivo de comprobado peso. Igualmente, a los mismos espartanos apenas se les permitía viajar al extranjero, e incluso el comercio de esclavos estaba prohibido en Esparta. Ello era motivado por el interés que tenía la élite espartana en que su núcleo puro no fuera corrompido por la molicie de las costumbres extranjeras. A estas alturas cabe poca duda de que los espartanos fueron grandes "xenófobos".
  
  
  
14- LA GUERRA 

Toda felicidad en la Tierra está, amigos, en la lucha. Sí, para llegar a ser amigos es menester el humo de la pólvora. Tres veces están unidos los amigos: hermanos ante la miseria, iguales ante el enemigo, libres ante la muerte.
  (Nietzsche).

Más sudor en tiempo de paz, menos sangre en tiempo de guerra. 
 (Lema militar anglosajón). 
  
La guerra para los espartanos era una auténtica fiesta, ya que durante las guerras, los mandos relajaban los aspectos más crudos de su sólida disciplina. Permitían que los soldados hermosearan sus armas, armaduras, ropas y cabelleras. Suavizaban la dureza de los ejercicios y permitían a sus hombres un régimen disciplinario menos severo en general, además de comidas más abundantes y completas. Como consecuencia, para ellos "la guerra era un descanso de la preparación para la guerra", como escribió Plutarco, y ello les hacía preferir subconscientemente la guerra que la paz. 

Cada espartiata era un hoplita (palabra que proviene de hoplon, escudo), una formidable máquina de guerra, un arma de destrucción masiva, un soldado de élite de infantería, bien entrenado, y armado y equipado con lo mejor de su época —un peso aproximado de 30-36 kilos.  
  
El soldado espartano portaba:

• Una lanza de dos metros (que también tenía punta en su extremo inferior, con el fin de rematar a los caídos).

• Un escudo (hoplon o aspis) de 90 centímetros de diámetro, 9 kilos de peso y forrado de bronce. En el centro del escudo había pintada una abeja (recordemos que la abeja era un atributo de la Diosa Artemisa) a tamaño natural. Siempre se les decía a los espartanos que la distancia óptima para atacar era aquella a la que la abeja se pudiese distinguir bien.

• Un puñal.

• Una armadura hecha con placas metálicas que permitían cierta movilidad.

• Un casco que estaba diseñado de tal modo que cubría toda la cabeza y envolvía bien la cara a pesar de dejar huecos para los ojos, la nariz y la boca. Este casco probablemente evolucionó a partir de un modelo más primitivo, como los que utilizaban los germanos, que generalmente constaban de un casquete que protegía la frente y el cráneo, una protuberancia que bajaba del entrecejo para proteger la nariz, y dos protuberancias a los lados que cubrían las orejas o las mejillas, y cuya finalidad era proteger de los ataques laterales a la cabeza.

• Unas grebas que protegían las tibias y las rodillas.

• Una espada llamada xyfos, que se colgaba sobre el muslo izquierdo, y que era particularmente corta para ser manejada desde filas compactas donde no era bienvenido el estorbo de una espada larga. Los atenienses se burlaban de la poca longitud de las espadas espartanas, y los espartanos les respondían "quien no teme acercarse al enemigo no precisa de espadas largas".

 El hoplita espartano llevaba además una capa, que era roja para disimular el color de la sangre [39]. Los colores visibles eran, pues, el rojo de la capa, el dorado del bronce, y los colores blanco y negro —en algunos lugares en diseño ajedrezado—, como signo dualista.
  
Esta ilustración de un hoplita espartiata es bastante precisa. En los brazos se aprecia que el espartiata está terriblemente fibrado muscularmente y tostado por el sol y el aire, a los que ha estado permanentemente expuesto toda su vida. La ilustración tiene algunos fallos: la espada, que debería llevarse enfundada sobre el lado izquierdo de la cadera, está ausente o no es visible. El bronce del casco, del escudo y de las grebas en las piernas debía ser reluciente y dorado como el oro, no apagado y gastado, ya que los espartiatas hermoseaban y pulían sus armas y sus armaduras para que estuviesen impecables a la hora del combate. Las sandalias sobran también, ya que los espartanos iban siempre descalzos, y el color de su cabello es demasiado oscuro.
  
Los hoplitas espartanos iban descalzos al combate, puesto que sus pies estaban tan curtidos que su piel era más dura que cualquier calzado. Con ellos podían escalar ásperas rocas y pisar nieve o espinas sin percatarse siquiera. Su escudo —herramienta importantísima y símbolo de camaradería cuya pérdida era una ignominia (igual que para los germanos, según Tácito)— portaba la letra helénica Lambda (Λ / λ), la equivalente helénica a la runa Laf, que representa el sonido "L", como inicial de Laconia, Lacedemonia y Licurgo. Aunque, si fuese por significado simbólico, sin duda la runa Ur —que en ocasiones se representaba exactamente igual que la Lambda y simbolizaba la virilidad— sea una "traducción" más adecuada [40]. La frase asociada a dicha runa era: "Conócete a ti mismo y conocerás todo" [41].
  
Volvamos ahora a dirigir nuestra atención a los guerreros espartiatas. ¿Cómo eran los choques? Los capitanes arengaban a sus hombres con una fórmula tradicional que rezaba: "Adelante, armados hijos de Esparta, entrad en la danza de Ares". En combate marchaban en filas bien cerradas, con calma, disciplina y gravedad, confiando en la inconmensurable dureza de toda su instrucción, al son de los pífanos [42] y entonando el solemne canto de marcha conocido como el Pean—himno a Apolo. Esta formación cerrada era llamada falange —de la cual los espartanos eran los mayores maestros, llevando al cabo tácticas que los demás estrategas griegos consideraban sumamente complicadas. Los escudos formaban una muralla impenetrable desde la cual los soldados, en apretadas filas, codo con codo, hombro con hombro y escudo con escudo, apuñalaban y cortaban con sus lanzas y sus espadas. Los macedonios y los romanos (incluso, a su manera, los tercios españoles y los ejércitos de los siglos XVIII y hasta XIX) heredarían esta forma de combatir que ponía especial énfasis en el orden cerrado. John Keegan, en su "Historia de la Guerra", lo explica muy bien: 

Tras cruzar una tierra de nadie quizás de 150 metros en un conato de carrera, bajo un peso de armas y coraza de más de 32 kilos, los contendientes se embestían. Cada individuo habría elegido un blanco para el momento del choque, con la intención de introducir la punta de la lanza en el resquicio existente entre un escudo y otro, y tratando de acertar en una porción de carne no protegida por la coraza: garganta, axila o ingle. La oportunidad era efímera. Conforme la segunda y sucesivas filas se apiñaban por efecto del encontronazo, la falange, al unísono, echaba el peso de siete hombres sobre la espalda de los de la primera fila en colisión con el enemigo y bajo ese impacto algunos hombres caían inevitablemente muertos, heridos o aplastados por los de atrás; ello podía crear una brecha en el muro de escudos, y los de las filas segunda y tercera se esforzaban por ampliarla con las lanzas, ensartando y pinchando desde su posición relativamente protegida. Si la brecha se ensanchaba, se producía el othismos o "empujón con el escudo" para abrirla aún más y crear más espacio para poder desenvainar la espada, segunda arma del hoplita, y propinar tajos en las piernas del adversario; y era el othismos el método más eficaz, pues podía producir la pararrexis o "rotura" cuando aquellos más fuertemente apurados por la presión del enemigo cedían al impulso de huir, y deshacían las filas de atrás o, lo que era más humillante, trataban de retroceder desde la mortífera brecha, contagiando el pánico a sus compañeros.  
  
Como vemos, era un tipo de guerra que exigía muy buena preparación, un tipo de combate metódico que contrastaba con el anterior combate "bárbaro" —más abierto, libre, individualista y furioso. La evolución de la guerra señalaba la evolución del pueblo: habían descubierto que eran más fuertes unidos y bien coordinados, como si fuesen una sola entidad —un dios. 
  
Todos los cambios de dirección o de ataque eran comunicados mediante la música de los pífanos. Hoy en día, en el orden cerrado militar, las órdenes se pueden dar con una corneta; cada melodía representa una orden determinada. El orden cerrado de los ejércitos modernos no es más que una herencia del espíritu de la falange espartana, una institución socialista hasta la médula. A pesar de que el orden cerrado no sea ya la clave del éxito en combate, es innegable que refuerza la coordinación colectiva, la camaradería, el orgullo, elesprit de corps y la ritualidad ceremonial que tanto importa en nuestros días, y que tanta diferencia puede aun marcar a la hora de convertir a un conjunto de hombres en una unidad. 
  
Las batallas eran sanguinarias y cruentas. Obviamente, el enfrentamiento era de cuerpo a cuerpo, y los ataques se hacían cortando o atravesando con los filos o puntas de hojas de metal extremadamente afilado. Esto producía heridas y mutilaciones terribles. Como consecuencia, aparecían numerosos heridos de guerra y lisiados. ¿Qué hacían estos lisiados en un estado como Esparta? Presentarse a la batalla con el mayor fanatismo, para acelerar su propia destrucción y la llegada de su gloria. Era normal que veteranos mancos (recordemos a Cervantes), ciegos, cojos y demás mutilados combatieran en las filas espartanas. A un hoplita espartano ciego, un extranjero le preguntó por qué iba a combatir en ese estado. El ciego respondió que "cuando menos, mellaré la espada del enemigo". 
  
Los espartiatas que marchaban al combate recibían siempre el escudo de manos de su madre, que se lo entregaba con las graves palabras de "con él o sobre él" ―volver con el escudo o sobre el escudo, con victoria o con muerte, porque en caso de caer en combate, los camaradas del caído portaban su cadáver y luego sus cenizas sobre el escudo. Los espartanos, como todos los indoeuropeos desde Escandinavia hasta India practicaban el ritual funerario de la incineración. El escudo era, pues, un símbolo lunar equivalente a la copa, que recoge la esencia solar del héroe caído y, como la copa, estaba relacionado con el arquetipo de la mujer. De hecho, la mujer entregando el escudo al hombre es un motivo arquetípico bastante común en el arte europeo de todas las épocas. El escudo tenía, como un talismán, la facultad de proteger, y no sólo a uno mismo, sino a los camaradas de armas, por lo que debía tener una consideración casi mágica. 
  
La doctrina de lealtad, guerra y resurrección del héroe permitía a los espartiatas marchar al combate más encarnizado con una calma, serenidad y alegría que en nuestros días pocos comprenden y muchos repudian, pues sabiendo que ellos mismos serían incapaces de hacerlo, lo único que les queda es vilipendiar al que, por valor propio y por voluntad interior, sí fue capaz. Antes de los combates, la tranquilidad era obvia entre ellos: algunos peinaban, limpiaban o cuidaban con esmero sus cabelleras. Otros abrillantaban sus corazas y sus cascos, limpiaban o afilaban sus armas, hacían ejercicios atléticos o se medían entre ellos en combates de boxeo o lucha libre. Incluso antes de la legendaria batalla de las Termópilas, los observadores persas informaron al atónito emperador Jerjes de que los espartiatas estaban luchando entre ellos y peinándose los cabellos.
  
La camaradería, forjada en las situaciones difíciles, incluso ante el rostro de la muerte, era una parte importantísima de la sociedad espartana, pues reforzaba la unión y la confianza mutuas. El culto a la fuerza, a la competencia y a la hombría, hacía que los camaradas de armas se superaran y protegieran mutuamente. A menudo, hombres adultos tomaban bajo su protección a un joven o niño, aunque en este caso la relación era del tipo maestro-alumno, mentor y apadrinado, como era la relación entre Aquiles (el joven y vigoroso héroe temerario) y Patroclo (su prudente y sabio mentor, mayor que él), relación que, sin ningún tipo de justificación, ha sido clasificada sin más como homosexual por ciertos grupos mediáticos [43].

Y es aquí donde la historiografía moderna, sirviendo claros intereses de ingeniería social, ha metido su gran nariz.  
  
El ritmo de vida que llevaba el varón espartano era de una intensidad como para matar a una manada de rinocerontes, y ni siquiera las mujeres de Esparta hubiesen podido soportarlo. Así pues, el mundo de la milicia espartana era en sí mismo todo un universo —un universo de hombres. Por otro lado, la intensa relación afectiva, el culto a la virilidad y la camaradería que se daba entre los componentes del binomio, entre maestro-alumno, en la falange de combate y en toda la sociedad, sirvió para alimentar en nuestros días el falso mito de la homosexualidad. Sobre esto, escribió Jenofonte:

Las costumbres instituidas por Licurgo estaban en oposición a todas éstas. [A las de otros estados griegos, nominalmente Atenas y Corinto.] Si alguien, siendo un hombre honesto, admiraba el alma de un muchacho e intentaba hacer de él un amigo ideal sin reproche y asociarse con él, aprobaba, y creía en la excelencia de este tipo de entrenamiento. Pero si estaba claro que el motivo de la atracción era la belleza exterior del muchacho, prohibía la conexión como una abominación, y así los pretendientes se abstenían de los muchachos no menos de lo que los padres se abstienen de relaciones sexuales con sus hijos, o hermanos y hermanas entre ellos. ("Constitución de los lacedemonios", 2.) 
  
Aquí hemos visto que tal relación entre hombre y adolescente en Esparta era del tipo maestro-alumno, fundada en el respeto y la admiración, y constituía un entrenamiento, un modo de aprender, una instrucción a su manera. La sacralidad de la relación maestro-alumno o instructor-aspirante, ha sido impugnada por el Sistema desde hace tiempo, igual que la camaradería. Y sin embargo, ambos tipos de relaciones son el fundamento de la unidad de los ejércitos. Hoy en día, los niños crecen a la sombra de la influencia femenina de las maestras, incluso hasta la adolescencia. Es difícil saber hasta qué punto la falta de influencia masculina limita sus voluntades y sus ambiciones, convirtiéndoles en seres mansos, maleables y manipulables, que es lo que al sistema globalista le conviene. 
  
Otros hablaron sobre la institución espartana del amor de maestro a discípulo, pero siempre dejaron claro que este amor era "casto". El romano Aelio dijo que si dos hombres espartanos "sucumbían a la tentación y se permitían relaciones carnales, debían redimir la afrenta al honor de Esparta yéndose al exilio o acabando sus propias vidas". Lo cual significaba básicamente que la pena por homosexualidad en Esparta era la muerte o el exilio (considerado en aquellos tiempos peor que la misma muerte).  
  
Cabe mencionar que si la homosexualidad era en verdad algo tan natural para los helenos originarios como lo fue para los griegos de los estados decadentes, la mitología helénica estaría infestada de referencias explícitas en cuando a relaciones sodomitas, y no lo está, ya que la homosexualidad fue una plaga ajena al espíritu helénico que apareció cuando Grecia era ya decadente. En la época de Platón, por ejemplo, la homosexualidad estaba empezando a ser tolerada en la misma Atenas. Sin embargo, los autores antiguos e incluso algunos modernos dejan claro que en esta suciedad Esparta no cayó. 

La falacia de que la homosexualidad era "tradicional" o estaba bien vista en Grecia, es rebatida con mayor detalle en el artículo El mito derrumbado