viernes, 3 de mayo de 2013

Esparta y su ley (IV de V)


0- ÍNDICE 
  
15- LA BATALLA DE LAS TERMÓPILAS COMO EJEMPLO DE HEROÍSMO
16- HISTORIA POSTERIOR DE ESPARTA
17- EL CREPÚSCULO DE ESPARTA 
18- LA LECCIÓN DE ESPARTA 
19- LA PERVIVENCIA DEL ARQUETIPO ESPARTIATA



15- LA BATALLA DE LAS TERMÓPILAS COMO EJEMPLO DE HEROÍSMO

Nuestro orgullo es el que nos hace cumplir con nuestro deber.
 (F. W. Nietzsche).

Una lucha desesperada permanece para siempre como un resplandeciente ejemplo. ¡Recordemos a Leónidas y a sus trescientos espartanos!
 (Adolf Hitler, 1945).

Se trata de una de las batallas más famosas de la historia, decidió el futuro de Europa y en ella los espartiatas demostraron al mundo su inmensa calidad. La batalla de las Termópilas vino enmarcada dentro del contexto de las guerras médicas, cuyo catalizador fue la ampliación de la presencia griega en Asia Menor con la extensión de las colonias helénicas hacia el Este. Durante la Primera Guerra Médica, el emperador Darío de Persia fue derrotado en la famosa batalla de Maratón (490 AEC) tras la cual Esparta y Atenas firmaron un pacto militar orientado a la defensa de Grecia contra los persas en un futuro cercano. Darío fue sucedido a su muerte en 485 AEC por Jerjes, cuyas ambiciones eran mayores, ya que pensaba en adueñarse de grandes extensiones de Europa. 

Situémonos. Persia era un vasto dominio regido por una aristocracia irania, los descendientes de los medos, que junto con los persas antes que ellos y los partos después, monopolizaron, durante su existencia, el dominio del imperio —el mayor del mundo—, que abarcaba desde Turquía hasta Afganistán. Persia era un estado unido y centralizado, contaba con vastas multitudes, ejércitos masivos y especializados, e interminables extensiones de tierra. Su existencia ya de por sí era una gesta digna de quienes la hicieron posible.  Aunque la herencia de este imperio era netamente indoeuropea, se había convertido en un abismo del mestizaje, ya que ejercía su dominio sobre una amplia variedad de pueblos no-indoeuropeos, incluyendo judíos y descendientes de las antiguas civilizaciones mesopotámicas. En lo que hoy es Túnez, los púnicos de Cartago, aliados con Persia, estaban listos para caer sobre los dominios griegos en Italia y en Sicilia. Europa se enfrentaba a hordas extranjeras, a una intromisión geopolítica ajena y a una avalancha de sangre oriental de magnitudes no vistas desde el Neolítico.

Grecia, por el otro lado, aparte de ser infinitamente más pequeña, ni siquiera era un Estado, sino que abarcaba un balcanizado conjunto de ciudades-estado o polis que a menudo guerreaban entre sí. No había voluntad de imperio —eso llegaría con los macedonios. La herencia étnica era, en su conjunto, más indoeuropea en Grecia que en Persia, y la firme personalidad política de las polis helénicas hacía que Grecia fuera el único obstáculo de peso en la conquista de los Balcanes y la cuenca del Danubio por parte de Persia.

En el año 481 AEC, antes de invadir Grecia, Persia mandó a Esparta a dos embajadores para ofrecer la posibilidad de rendición. El rey Leónidas directamente los hizo tirar a un pozo. Este acto impulsivo, poco "diplomático" y muy condenable, tiene una explicación: Leónidas no había sido educado como príncipe espartano porque en un principio no le correspondía el trono. Había un rey, pero tuvo mala salud y no sobrevivió, por lo que su sucesión cayó sobre el siguiente de la línea, que ya había sido educado como príncipe en previsión ante los problemas de salud del anterior. Éste, empero, cayó en una batalla, y de repente Leónidas se encontró en el trono de Esparta, habiendo sido educado como un niño espartano corriente, sin la finura diplomática impartida en la educación principesca. Leónidas era un soldado. Contundente, sencillo y sin rodeos.

Es patente, en todo caso, que el Eforado no consideró justo el asesinato de los embajadores, puesto que mandó a dos voluntarios espartanos para ir a Persia, presentarse ante Jerjes y ofrecerse como sacrificio para "expiar" la injusticia que Leónidas cometió contra los embajadores persas. Jerjes rechazó la oferta y los dejó marchar. No quería cometer un error similar, ni ensuciarse las manos de sangre, ni ser considerado culpable de deshonra. Los atenienses fueron más sensatos: cuando llegaron los embajadores persas con sus ofertas, las declinaron sin más.

Ese mismo año, Jerjes envió emisarios a todas las ciudades griegas salvo Esparta y Atenas, para obtener su sumisión. Muchas, aterrorizadas ante su poderío, se sometieron, mientras que otras, prudentemente, se declararon neutrales, aunque sus simpatías estaban con Grecia. Esparta y Atenas, viendo que se perfilaba una alianza anti-helénica, hicieron un llamamiento a las demás polis para formar una alianza contra Persia. Pocas respondieron. Persia era la nueva superpotencia, la nueva estrella. Su avance arrollador era un hecho y su triunfo definitivo casi se daba por sentado.

Persia comenzó a embarcar su ejército, el mayor del mundo, y lo trasladó a Europa con el fin de conquistar Grecia. Según Heródoto, el ejército persa se componía de 2 millones de hombres. En la actualidad, algunos han reducido esta cifra incluso a 250.000 ó 175.000 hombres (incluyendo 80.000 de caballería), pero sigue tratándose de un ejército masivo y aplastante, con una entidad numérica brutal, especialmente si la comparamos con la minúscula fuerza griega. A medida que avanzaba la marea persa, todos los pueblos por los que pasaba se sometían sin luchar.

Los aliados helénicos se reunieron entonces en Corinto. Enviados de Esparta, Atenas, Corinto, Tebas, Platea, Tespias, Focis, Tesalia, Egina y otras, parlamentaron sobre la estrategia a seguir. Se formó la Liga del Peloponeso, confirmando la alianza helénica para resistir osadamente a Persia. Todas las polis del Peloponeso (excluyendo a Argos, tradicional y obstinada enemiga de Esparta) se unieron a la alianza. La liga fue puesta al mando de Esparta y Leónidas fue hecho general en jefe de las tropas de la liga.

Las ligas fueron algo recurrente en Grecia, y expresaban las tendencias más "federalistas", que buscaban de algún modo la unificación y conseguir una nación propiamente panhelénica. Algunas ligas se creaban sólo para hacer frente a un enemigo común, disolviéndose después, y otras ligas perduraban por más tiempo, ya que perseguían fines políticos y comerciales a largo plazo. La Liga del Peloponeso fue una de estas efímeras "ligas de emergencia".

Se formó un ejército de 10.000 griegos peloponesios, puestos bajo el mando del general espartano Eveneto. Ya que habían acordado defender el paso del Tempe, allí se apostaron, en las laderas del monte Olimpo, en el Nordeste de Grecia. Sin embargo, el rey Alejandro I de Macedonia, que tenía buenas relaciones con Persia pero sentía simpatía por los helenos y especialmente por Esparta, advirtió a los mandos espartanos del ejército peloponesio de que la posición era demasiado vulnerable por la presencia de varios caminos, y así decidieron abandonarla en favor de algún otro puesto más defendible. En ese momento los tesalios, viéndose ya perdidos, se sometieron a Persia.

El lugar definitivo para la defensa de Grecia se estableció en el desfiladero de las Termópilas, las "puertas calientes". Según la leyenda, Heracles se había precipitado en sus aguas para apaciguar el fuego interior que le atormentaba, convirtiendo las aguas del lugar en térmicas. La zona era básicamente un angosto paso entre el empinado monte Otea y el mar. En su parte más estrecha, el desfiladero tenía 15 metros de anchura. Esto significaba que, aunque los griegos fueran numéricamente inferiores, al menos los combatientes se enfrentarían en un embudo que igualaba la balanza, ya que sólo un número determinado de guerreros de cada bando podrían luchar a la vez. Y aun así era desesperado, puesto que los griegos no tardarían en cansarse, mientras que los persas contarían siempre con oleadas de tropas frescas.

Según Heródoto, tras haber acudido al santuario de Delfos, los espartanos recibieron del oráculo la siguiente profecía:

¡Oh vosotros, hombres que moráis en las calles de la extensa Lacedemonia! O bien vuestra gloriosa ciudad será saqueada por los hijos de Perseo o, en cambio, la tierra de Laconia llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles. Pues Jerjes, poderoso como Zeus, no será detenido por el valor de los toros o de los leones. Proclamo, en fin, que no se detendrá hasta haber alcanzado su presa: vuestro rey o vuestra ciudad, devorándolos hasta los huesos.

O moría un rey de Esparta, o caía Esparta misma. Pensemos en cómo debió influir en Leónidas esta profecía. De repente, una pesada losa de responsabilidad se había descargado sobre sus hombros. Esta monstruosa fatalidad, que mataría del susto a la mayoría y haría sudar y temblar a otros muchos, fue acogida por el rey con dignidad y sentido del deber regios. La misión de cualquier espartiata era sacrificar la vida por su patria si hacía falta. Era algo natural y alegre para ellos.

En el verano de 480 AEC, las tropas peloponesias llegaron a las Termópilas y levantaron allí su campamento. Había unos 80 hombres de Micenas, 200 de Fliunte, 400 de Corinto, 400 de Tebas, 500 de Mantinea, 500 de Tegea, 700 de Tespias, 1.000 de Focia, 1.120 de Arcadia y todos los hombres de que disponía Locria. Los atenienses estaban ausentes, pues habían puesto sus hoplitas y su empeño en la flota naval, aunque era también ridícula en comparación con la armada persa. Pero la banda que más ovaciones y aplausos debió recibir, la formación cuya sola presencia infundió ánimo y confianza a toda la concentración militar, fue el grupo de tan sólo 300 espartiatas que se presentó a la batalla. No acudieron más espartanos porque su ciudad se hallaba celebrando unas fiestas religiosas, en las que se prohibía la movilización del Ejército. Y para los espartanos, lo primero y más importante era estar en paz con los dioses y no violar el orden ritual de su existencia.

Así, formaban juntos unos 7.000 griegos ―7.000 griegos contra 250.000 persas (2 millones según Heródoto y 175.000 según otros historiadores modernos). Imaginémonos la variedad de los colores de aquella congregación, el brillo del bronce, el ambiente solemne, los comentarios sobre las bandas extranjeras, los emblemas sobre los escudos, el típico cotilleo de rivalidad militar, aquel sentimiento de unión, de respeto y de destino común. El campamento entero debía estar rodeado de un aura de virilidad y heroísmo. Estos griegos, en su mayoría, eran hoplitas y estaban bien instruidos. Desde jóvenes se habían acostumbrado a manejar las armas y a ejercitar su cuerpo. Sin embargo, el único ejército "profesional" que había era el espartano, ya que en los demás lugares los hoplitas vivían con sus familias, se entrenaban por su cuenta y sólo eran llamados en caso de guerra, mientras que en Esparta estaban permanentemente militarizados desde la infancia bajo la terrible disciplina que les caracterizaba, y jamás dejaban de entrenarse.

Entre los persas, no obstante, la situación era muy diferente. A pesar de contar indudablemente con la ventaja numérica y material, la mayoría de sus hombres eran jóvenes que habían sido reclutados a la fuerza y no tenían apenas instrucción militar. Sin embargo, sí había unidades altamente especializadas. A diferencia de los griegos, que, condicionados por su terreno, se habían obstinado en perfeccionarse a nivel de infantería, los persas contaban con una formidable caballería, carros de combate y excelentes arqueros. En las inmensas llanuras, mesetas y estepas asiáticas, dominar este tipo de formas de guerra áltamente móvil era esencial. El imperio persa contaba también con "los inmortales", una famosa unidad de élite compuesta de diez mil guerreros selectos escogidos de entre las aristocracias persa y meda y que, puestos a las órdenes del general Hidarnes, constituían la guardia real de Jerjes. La oficialidad persa se componía asimismo de miembros de la aristocracia.

Cuando Jerjes llegó al paso, acampó sus tropas a la entrada, en Traquis. Leónidas, tan pronto llegó a las Termópilas, mandó reconstruir el antiguo muro focense de 2 metros en la parte más estrecha del paso, y acantonar las tropas detrás de él. Habiendo sido informado de que existía un camino que rodeaba el desfiladero para dar al otro lado, destacó a los 1.000 focenses para que lo defendieran.

Jerjes —que no concebía que los griegos se obstinaran en luchar— mandó sobre el terreno un emisario a parlamentar con Leónidas, animándole a entregar las armas. La respuesta lacónica del soldado fue "Ven a cogerlas". Esa misma noche, cuando un hoplita de Locria comentaba en tono derrotista que la nube de flechas de los arqueros persas oscurecería el cielo y convertiría al día en noche, Leónidas respondió: "entonces lucharemos a la sombra".

A la mañana siguiente, las tropas formaron. Los persas agruparon miles y miles de medos y quisios (pueblos iranios) y los apostaron a la entrada del paso. En un principio, sus órdenes eran capturar vivos a los griegos, ya que el confiado emperador pensaba cargarlos de cadenas y exhibirlos por Persia como trofeos, al estilo de los posteriores triunfos romanos. Leónidas, por su parte, mandó formar a los griegos en lo más estrecho del desfiladero, y ocupó su puesto real en el extremo derecho de la falange. Decidió no mezclar los contingentes de los distintos pueblos, ya que según su experiencia, los soldados preferían morir al lado de camaradas conocidos, y les era más difícil huir del combate si a quienes abandonaban a su suerte eran familiares y amigos de toda la vida. Leónidas puso a sus espartanos al frente de la formación, como punta de lanza. Serían los primeros en entablar combate.

Los persas avanzaron y entraron en el desfiladero amenazadoramente. Los espartiatas entonaron el pean con solemnidad religiosa. Cuando los persas comenzaron a asaltar entre avasallantes griteríos, la inexorable trituradora de carne de la falange espartana se puso a funcionar en silencio. Los persas chocaron contra la muralla de escudos con un estruendo ensordecedor, blandiendo sus armas y ensartándose finalmente en las lanzas espartanas. Imaginémonos el aspecto que debió presentar aquello. La sangre que debió correr, las órdenes a grito pelado, los gritos de guerra y de dolor, los cortes y apuñalamientos, las lanzas enrojecidas entrando y saliendo rítmicamente como siniestras púes desde la coraza de escudos salpicados con sangre, atacando con precisión los puntos débiles o poco protegidos de los cuerpos enemigos, los choques y los golpes, las heridas terribles, los cadáveres de los caídos, los espartiatas manteniendo la calma y el silencio en medio de la confusión y el terrible estrépito del combate; los persas —valientes pero inefectivos— inmolándose en una gesta gloriosa. Los espartanos parecían estar en todo, y allá donde estaban, inspiraban a los demás griegos a imitarles, haciéndoles ver que la victoria era posible y alzándoles la moral. Con su conducta estaban demostrando que su socialismo de unión y sacrificio era claramente superior a cualquier otro sistema político, y que eran los mejor preparados para afrontar la edad de hierro.

Jerjes —a diferencia de Leónidas— no combatía. Sentado sobre su trono de oro, situado en un puesto idóneo, observaba con horror lo que estaba sucediendo: sus tropas estaban siendo masacradas catastróficamente. Los persas tenían armaduras mucho más ligeras e inefectivas que las pesadas corazas griegas, ya que el tipo de lucha persa estaba basada en la movilidad, la rapidez, la fluidez y la flexibilidad de grandes muchedumbres, mientras que la griega estaba basada en la resistencia organizada, la precisión, la coordinación, la dureza del diamante y la voluntad de aguantar juntos, como una sola roca compacta ante las embestidas del oleaje marino. Además, las lanzas persas eran más cortas y menos recias, y no podían alcanzar a los espartiatas con facilidad. Cayeron por centenares, mientras que los espartiatas apenas tuvieron bajas. Los mejores oficiales persas caían cuando, al ir al frente de sus tropas para intentar inspirarlas, eran heridos por las armas helénicas. Cuando Leónidas mandó relevar a los espartiatas, pasando otras unidades a entrar en combate, la situación continuó: los persas caían masacrados. Se dice que tres veces saltó Jerjes de su trono al ver lo que estaba pasando, quizás como un entrenador de fútbol que ve cómo su equipo es goleado. Leónidas se limitó a decir que "los persas tienen muchos hombres, pero ningún guerrero".

El general Hidarnes mandó retirar el contingente de quisios y medos, descubriendo un suelo de cadáveres destrozados. Acto seguido, mandó entrar en combate a sus inmortales, convencido de que lograrían cambiar el curso de la batalla. Leónidas ordenó a sus espartiatas volver a situarse a la vanguardia. Los inmortales avanzaron impasiblemente sobre los cadáveres de sus compatriotas caídos y con gran valor embistieron furiosamente a la falange. Los espartiatas sufrieron algunas bajas, pero su formación no se deshizo. Por su parte, los inmortales eran atravesados por largas lanzas y caían heridos y muertos por docenas. Muchos cayeron a las aguas del golfo de Malis, donde bastantes, bien por no saber nadar, bien hundidos por el peso de sus armas y armaduras, bien arrastrados por las corrientes marinas, murieron ahogados.

Los espartiatas pusieron en práctica sus tácticas más ensayadas y complicadas de ejecutar, demostradoras de una perfecta instrucción que sólo ellos poseían. Abrían brechas por donde penetraban enemigos confiados, sólo para ser cerrados y masacrados por rápidas lanzas que asomaban desde todos los sitios. Otras veces simulaban entrar en pánico y retirarse en desbandada, tras lo cual los persas los perseguían envalentonados y en desorden. Pero los espartiatas, haciendo gala de su maestría en el orden cerrado, pronto se daban la vuelta, volvían a formar rápidamente la falange ocupando cada uno su sitio en el último instante y segaban terriblemente las filas persas, sembrando el suelo de cadáveres y regándolo con su sangre. Así transcurrió un día entero. Cuando llegó la noche, los combatientes se retiraron y tuvieron su reposo. Daba mala suerte combatir de noche: era más difícil que los muertos encontrasen su camino al más allá. Los griegos estaban exhaustos pero con la moral alta. Los persas, en cambio, estaban más frescos, pero con la moral por los suelos. Debieron preguntarse si ellos eran tan malos o si eran los griegos los que eran muy buenos.

Al siguiente amanecer se reanudó el combate. Jerjes mandó persas frescos esperando que quizá hicieran mella en los extenuados defensores griegos. Nada más lejos de la realidad: oleada tras oleada, los griegos masacraban al enemigo de nuevo. El terror comenzó a cundir entre los persas. Muchas veces intentaron escapar de los espartiatas, y sus oficiales les fustigaban con látigos para obligarles a volver al combate.

A esas alturas, Jerjes debía estar maravillado y desesperado a la vez. Su flota no había conseguido derrotar a la griega en el cabo Artemisión, y tampoco podía flanquear las Termópilas por mar. Entonces sucedió la traición, maldición de héroes. Un pastor lugareño llamado Efialtes pidió hablar con Jerjes y —a cambio de una jugosa suma de dinero— le reveló la existencia del camino que bordeaba el desfiladero, en un proceso arquetípicamente similar al que se reprodujo muchos siglos después en la fortaleza cátara de Montségur. El general Hidarnes, al mando de los inmortales, se encargó de atravesar el camino, guiado por Efialtes. Cuando divisó en la distancia a unos griegos preparándose para la lucha, dudó un instante y preguntó a Efialtes si eran espartanos. Éste le dijo que eran focenses, e Hidarnes prosiguió. Desde ese momento, la suerte ya estaba echada: a partir de entonces, los griegos estaban condenados. Iban a perder la batalla irremisiblemente.

Leónidas, por su parte, recibió a unos mensajeros (probablemente tesalios arrepentidos que luchaban bajo los persas) que le informaron de cómo iban a ser cercados por el enemigo. Los griegos celebraron consejo inmediatamente. Leónidas sabía ya que iba a perder la batalla. Mandó retirarse a todos los griegos menos a sus espartiatas y a los tebanos. Los tespios, liderados por Demófilo, se obstinaron en permanecer en la lucha por voluntad propia, y así hicieron, cubriendo a su pequeño pueblo de gloria. Cuando ya sólo quedaban espartiatas, tebanos y tespios (1.400 hombres al principio, menos las bajas que habían sufrido a lo largo de los combates), las tropas desayunaron. Durante ese desayuno, Leónidas dijo a sus hombres: "Esta es nuestra última comida entre los vivos. ¡Preparaos bien amigos, pues esta noche cenaremos en el Hades!"

Los griegos formaron, esta vez todos juntos, la falange. Ante ellos, tenían al vasto ejército enemigo, y a sus espaldas a los inmortales. En vez de atacar a los inmortales para tal vez derrotarles y abrirse camino a la retirada (que no serviría de nada porque abriría las puertas griegas a los persas), Leónidas mandó atacar al grueso del ejército persa, en un magnífico despliegue de heroísmo y valor, con el objetivo de mantener la lucha durante el máximo tiempo posible y dar así tiempo a Grecia para prepararse. Sabían que iban a morir en todo caso, de modo que eligieron morir heroicamente, dando muestras de una grandeza inmensa. Los griegos eran conscientes de que aquello no era ya una resistencia con esperanza, sino una lucha de inmolación en la que el objetivo era lanzarse apasionada y furiosamente a los brazos de la gloria, hacerle al enemigo el mayor daño posible en el proceso y retrasar su estrategia de invasión.

En el medio del combate, y tras haber matado a innumerables persas, cayó Leónidas. Entorno a su cadáver se produjo un tumulto infernal mientras griegos y persas luchaban por su posesión. Varias veces cayó en manos del enemigo y varias veces fue recuperado por los griegos. Al final el cadáver fue asegurado por los espartanos que, peleando sin cesar, se retiraron hasta el muro focense.

En un momento dado, los tebanos quedaron separados del grueso de la falange griega. Durante largos instantes lucharon con valor, pero al final, extenuados, enloquecidos y viéndose perdidos, tiraron las armas y extendieron las manos en gesto suplicante para rendirse a los persas. Éstos, en pleno subidón de adrenalina, aun mataron a unos cuantos más. El resto de tebanos fue capturado. Tras la batalla, los persas les marcarían en la frente con hierro al rojo vivo y les venderían como esclavos. ¿De qué les sirvió rendirse? ¿Qué consiguieron? ¿La vida? ¿Una vida de esclavitud y humillación? ¿No hubiese sido mejor y más digna una muerte en combate, peleando hasta el final?

Los espartiatas y los tespios, por su parte, seguían luchando junto al muro focense. Bajo la presión de las cargas y los golpes, el muro se derrumbó, aplastando a guerreros de los dos ejércitos. La lucha continuó, sorda y despiadada. Muchos cayeron agotados y no se volvieron a levantar. Otros murieron atravesados por el metal enemigo. Cuando por fin apareció el general Hidarnes al frente de los inmortales, los pocos griegos que quedaban, prácticamente todos ellos espartanos, subieron a una pequeña loma para poder defenderse más fácilmente. Se pusieron de espaldas a una pared para no quedar completamente desprotegidos. Quedaban ya menos de cien griegos contra, al menos, 100.000 persas (algunos dicen que 150.000 y otros hablan de cifras bastante mayores). Allí y entonces, cada griego se enfrentaba a más de mil persas.

En esos momentos de resistencia final se vieron las muestras del heroísmo más encendido de la Historia. La última lucha en la loma de las Termópilas ha sido inspiración para innumerables obras de arte a lo largo de siglos posteriores. Probablemente quedaban ya sólo espartanos. Casi todos ellos estaban heridos y sangraban por varias heridas. Sus lanzas estaban rotas y sus escudos destrozados, de modo que recurrieron a la espada. Aquellos que quedaban desarmados tras romper o perder la espada utilizaron rocas para golpear al enemigo, o bien se lanzaron fanáticamente sobre él para matarlo con sus manos o sus dientes, a puñetazo limpio, estrangulando, rompiendo, golpeando, crujiendo, desgarrando y mordiendo con ferocidad sobrehumana, en un sanguinario y encarnizado cuerpo a cuerpo. ¿Acaso no fueron esos hombres poseídos por la mítica ira sagrada, la de los bersekers y los guerreros inspirados? Bien se les hubiese podido preguntar: "¿Por qué lucháis, si perderéis? Estáis destrozados, al borde de la muerte y más cerca del otro mundo que de la Tierra. ¿Cómo podéis, pues, seguir luchando?" Pero ésas eran reflexiones impropias de héroes. Aquello rebasaba con creces cualquier cosa de este mundo. La razón había quedado pisoteada bajo los pies de la voluntad helénica, que exprimió al máximo las fuerzas de aquellos héroes. Era una furia que venía de lo alto. Era fanatismo ciego, era un sentimiento invencible, visceral, rojo e instintivo. Era pelear hasta el final.

Los persas no conseguían reducir a aquellos valientes y, totalmente desmoralizados, se retiraron. Entonces se adelantaron sus arqueros, y soltaron sucesivas lluvias de flechas que terminaron de masacrar a los resistentes. ¡Un ejército imperial multitudinario de cientos de miles, luchando contra unas docenas (probablemente alrededor de cien) de enloquecidos griegos, y aun así tuvieron que vencerlos desde lejos porque en cuerpo a cuerpo nunca les hubieran podido ganar!

Cuando el último espartano —extenuado, delirante y sangrante, con la mente puesta en su esposa, sus hijos, su Patria y el cielo—, cayó acribillado por flechas lanzadas desde lejos, terminó la batalla de las Termópilas. Los griegos habían perdido y los persas habían ganado. Los caídos se habían inmolado furiosamente hasta el último hombre, consumando caballerosamente su juramento de honor y fidelidad eternos, y ascendiendo los escalones de la gloria inmortal. En una sola batalla, esos hombres caídos lograron una iluminación mayor que la que mil sacerdotes y filósofos logran en vidas enteras de dedicación.

Para hacernos una idea del miedo que esta matanza de persas insufló en el corazón de Jerjes, baste decir que ordenó crucificar y decapitar el cadáver de Leónidas [44]Esto es mucho más revelador de lo que parece, ya que los persas tenían la tradición de honrar a un enemigo valiente muerto. Pero Leónidas les había mostrado algo demasiado por encima de su respeto, algo aterrador que daba la vuelta completamente a todo lo que daban por hecho y conocían del Gran Occidente. Los demás cadáveres griegos fueron arrojados a una fosa común. Jerjes preguntó, fuera de sí en su trauma, si quedaban en Grecia más hombres como aquellos 300 espartiatas. Podemos imaginar perfectamente lo que sintió cuando le informaron de que en Esparta había 8.000 espartiatas tan valientes y entrenados como los 300 caídos.

Hagamos ahora un pequeño recuento de la batalla de las Termópilas: 7.000 griegos contra (pongamos) 250.000 persas. El bando griego tuvo 4.000 muertos, incluyendo a Leónidas, sus 300 espartiatas y los 700 tespios. Pero el bando persa tuvo nada más y nada menos que 20.000 muertos, incluyendo dos hermanos de Jerjes: Abrocomas e Hiperantes. Es decir, un ejército 30 veces más pequeño que el enemigo le inflinge a éste unas pérdidas 5 veces mayores que las propias sufridas. Proporcionalmente esto significa un triunfo de 150 a 1. Huelgan los comentarios, aunque sabemos que, con todo, las frías cifras numéricas nada entienden de heroísmo y de voluntad.

¿Qué pasó después de la batalla? ¿Fue en vano el sacrificio? ¿Qué consiguieron los caídos? Dar tiempo a la flota naval y a la contraofensiva griega. Los persas prosiguieron su marcha hacia Atenas, encontrándola vacía, pues sus habitantes habían podido ser evacuados mientras se luchaba en las Termópilas. Los persas saquearon y quemaron lo que pudieron. En la batalla de Salamina de ese mismo año de 480 AEC, la flota griega derrotó a la persa en glorioso combate. Jerjes tuvo que retirarse con parte importante de su ejército, pues sin la flota, la logística y el aprovisionamiento eran precarios. Dejó, pues, a 80.000 persas (otros dicen que 300.000) bajo el mando de su cuñado, el general Mardonio, para que continuaran con la campaña.

Pocos meses después, en la batalla de Platea de 479 AEC, 5.000 espartanos, junto con sus aliados, y bajo el mando del rey Pausanias de Esparta, derrotaron definitivamente a los persas, y el general Mardonio cayó en combate. Persia fue derrotada. Grecia ganó la Segunda Guerra Médica. El sacrificio de las Termópilas, pues, no fue en vano.

El poeta Simónides escribió unos versos en honor a los espartanos caídos en Platea:

Estos hombres dejaron un altar de gloria en su tierra
brillando sin importar el tiempo que haga
cuando fueron envueltos por las negras nieblas de la muerte
Pero aunque murieron
no están muertos, pues su valor les alza en gloria
desde las estancias del Hades

¿Cuál fue la posibilidad catastrófica que evitó Leónidas? De haberse retirado de la lucha, la caballería persa le habría atacado en masa y en campo abierto, cerrándole por detrás y por los flancos y masacrando sus tropas. Persia habría conquistado toda Grecia y probablemente una porción significante de Europa del Este, puede que más allá de los Balcanes y el Danubio, ya que por aquel entonces no había una Viena que los frenase. Y ello habría sido un desastre étnico para toda la posteridad europea.

Antes de partir a la lucha, la reina Gorgo, esposa de Leónidas, le había preguntado: "¿Qué he de hacer si no vuelves?" La lacónica respuesta fue: "Cásate con uno digno de mí y ten hijos fuertes que sirvan a Esparta". En la perpetuación de la raza no hay pausa aceptable. El camino sigue inexorable y el misterio de la sangre se transmite a los nuevos herederos.

La batalla de las Termópilas fue arquetípica. Leónidas (heráclida, descendiente de Heracles, antepasado de los reyes espartanos) cayó en el lugar donde, según la tradición, Heracles se había precipitado a las aguas para calmar su fuego interior. En el punto se colocó una estatua de un león (animal cuya piel se puso Heracles, y que figura en el mismo nombre de Leónidas), y se hizo una placa con la sencilla inscripción: "Caminante, ve a Esparta y di a los espartanos que aquí yacemos, obedientes a sus leyes".

La historia de la batalla de las Termópilas es accesible para cualquiera en innumerables libros y sitios de Internet.



16- HISTORIA POSTERIOR DE ESPARTA

Se acusa de relajamiento a aquella sociedad de la que la corrupción se apodera, y es visible, en efecto, que el valor de la guerra y la afición a la guerra disminuyen y que se aspira a disfrutar de la vida, con tanta ansia como antes a los laureles de la guerra y de la palestra.
(Nietzsche, "La Gaya Ciencia").

Toda la educación espartana era considerada admirable por los pueblos que rodeaban a Esparta, que respetaban enormemente a su valeroso vecino, aun siendo enemigos a veces. El mismo Platón, cuando escribió su "República", se refiere a medidas estatales que parecen directamente sacadas de las leyes espartanas, pues en ellas se inspiró, y fueron también admiradas por Aristóteles, con alguna reserva en cuanto a que el Eforado era supuestamente totalitario y tiránico [45]En una época en que las ciudades-estado helénicas estaban ya en decadencia, surgieron voces que pedían la adopción del modelo espartano. Eran los fascistas de la época. Sea como fuere, las leyes espartanas proporcionaron una estabilidad que jamás conocieron los demás Estados helenos.

En el Siglo VI AEC, Esparta inició nuevas conquistas sobre los pueblos vecinos. En torno al ataque sobre Tegea, Heródoto dijo que uno de sus motivos fue que los espartanos buscaban los huesos del mitológico Orestes (hijo del legendario rey Agamenón, caudillo de todos los griegos en la guerra de Troya), considerado como uno de los lejanos antepasados del pueblo espartano. La pitia de Delfos prometió la victoria a los espartanos si encontraban los huesos. Y, efectivamente, los encontraron y vencieron. Pero no hallaron huesos normales, sino un esqueleto de un tamaño inmenso, como los héroes gigantescos a los que alude Homero.

En el mencionado caso de Tegea, los espartanos fueron audaces al no anexionársela, sino establecer un tratado por el cual Tegea debía proporcionar soldados, armas y demás equipo, además de aliarse con Esparta y seguirla en todas sus estrategias de política exterior. A cambio, Tegea pudo conservar su independencia. Mediante políticas similares, Esparta se ganó los Estados de todo el Peloponeso, finalmente incluso a Argos, Arcadia y Corinto, hasta el punto que, con la invasión de los Persas en 490 AEC, Esparta era la mayor potencia helénica, muy por encima de Atenas.

Según Heródoto, en la batalla de Platea de 479 AEC lucharon 5.000 espartanos, 5.000 periecos y 35.000 hilotas. Tan sólo los espartanos eran guerreros consumados, mientras que los demás estaban obligados a tomar las armas, y la enorme cantidad de hilotas (completamente faltos de entrenamiento militar) constituían la carne de cañón. En la época de mayor población, en Esparta había 200.000 helotas y 9.000 familias espartanas. En 480 había un total de algo menos de 8.000 hoplitas espartanos movilizables.

El poeta griego Esquilo (525 AEC-456 AEC) puso en boca de la madre de Jerjes: "Me parece ver a dos vírgenes soberbiamente ataviadas. La una, ricamente vestida a la moda de los persas; la otra, según la costumbre de los dorios. Ambas superan en majestad a las otras mujeres. Ambas, de una belleza impecable. Ambas, hermanas de una misma raza" [46]. Con esto vemos que incluso en aquella época había individuos que se daban cuenta de lo absurdas que resultaban estas querellas de pueblos del mismo origen. 

En 464 AEC hubo en Esparta un gran terremoto que destruyó el gimnasio mientras los efebos, la flor y nata de la juventud espartana, se hallaban dentro ejercitándose, matando a muchos de ellos. Diodoro Sículo exageró hablando de 20.000 espartanos muertos, y Plutarco diciendo que solo cinco casas quedaron en pie. Sin embargo, los daños debieron ser grandes, y esta tragedia promovió que los hilotas (aprovechando el desorden y el vacío creados) iniciaran otra revuelta, confiados en su avasallante superioridad numérica con respecto a los espartanos. A los hilotas mesenios rebelados se sumaron algunos hilotas laconios y hasta dos comunidades periecas: Turia (en Mesenia) y Etea (en Laconia). Así comenzó la Tercera Guerra Mesenia, también conocida como rebelión del monte Itomé.

La rebelión abierta fue aplastada por los espartanos con eficacia y sin la más mínima piedad. Los despojos de la revuelta se retiraron al monte Itomé, desde el cual, bajo el asedio espartano, los mesenios se enzarzaron por cinco años en una guerra de guerrillas contra los espartanos que también recurrieron con maestría a la táctica guerrillera, empleando a sus fanáticos "cachorros" en actividades selectivas de caza, represión y castigo. Los atenienses enviaron a Esparta un contingente militar de cuatro mil hombres liderados por el patriota y pro-espartano Cimón para auxiliarles, pero los espartanos acabaron rechazando la ayuda, y el contingente hubo de retornar agraviado a Atenas, en lo que se conoce como "el insulto de Itomé". 

Tras estos cinco años, los espartanos, movidos por un oráculo de Delfos que aconsejaba dejar marchar a "los suplicantes de Zeus Itometa", los dejaron escapar del Peloponeso. El gobierno espartano reforzó desde entonces aun más su severidad para con los hilotas, mientras que Atenas suscribía un pacto militar con los fugitivos, reconociéndolos, no como hilotas, sino como representantes de un supuesto y legítimo Estado mesenio bajo ocupación militar.



 17- EL CREPÚSCULO DE ESPARTA

Si alguien me pregunta si yo creo que las leyes de Licurgo permanecen inmutables aun hoy, ¡por Zeus!, ya no podría afirmarlo con seguridad. Realmente, sé que los lacedemonios antes preferían vivir ellos solos en su Patria disfrutando de sus moderados bienes, que ser harmostas de una ciudad extranjera y, al ser adulados, caer víctimas de la corrupción. También sé que antes temían ser vistos con oro; en cambio, ahora incluso hay algunos que alardean de poseerlo. También conozco que antes había expulsiones de extranjeros y que no se permitía salir del país a los ciudadanos para que no se contaminaran con la molicie de los extranjeros. Ahora, en cambio, sé que los que se consideran los mejores se esfuerzan en ser gobernadores en el extranjero y que nunca llegue su cese. Hubo un tiempo en que se preocupaban por ser dignos de mandar; en cambio, ahora se ocupan mucho más de conseguir el mando que de ser merecedores de él. En consecuencia, los griegos iban antes a Lacedemonia y les pedían que tomaran el mando contra los que pretendían ofenderles. Ahora, en cambio, son muchos los que se auxilian mutuamente para impedirles que vuelvan a tomar el mando.
(Jenofonte, "Constitución de los Lacedemonios").

La rivalidad entre Esparta y Atenas culminó con la larga Guerra del Peloponeso (431 AEC-404 AEC). Esta guerra tuvo un cierto carácter espiritual-ideológico: los atenienses veían a Esparta como un estado de brutalidad, opresión al individuo e inflexible rigidez, mientras que para los espartanos, Atenas era un foco de decadencia y molicie que amenazaba con contaminar a toda la Hélade. En 415 AEC, unos emisarios espartanos acudieron al santuario de Delfos. El oráculo les hizo un augurio sombrío: pronto los espartanos verían los muros de su peor enemigo reducidos a escombros, pero ellos mismos no tardarían en sucumbir ante una amarga derrota. Esta fue tal vez la primera advertencia sobre el venidero ocaso de Esparta.

El espartiata Lisandro, jefe de la flota espartana, derrotó efectivamente al ateniense Alcibíades en 404 AEC, y otorgó la victoria a su patria. Después de largos y penosos años de asedio, privaciones y batallas contra Atenas, cuando por fin triunfó Esparta, Lisandro escribió simplemente en sus memorias, en otra muestra de laconismo: "Atenas ha caído". Lisandro era un mothake (bastardo, o mestizo), pues su padre era espartano y su madre hilota. Sin embargo, durante su infancia, fue aceptado por alguna razón en el brutal sistema de entrenamiento de la Agogé. Lisandro era, con todo, un militar metido a político y un conspirador, y acariciaba ideas de una nueva revolución de leyes en Esparta. El simple hecho de que un individuo como Lisandro hubiese llegado a un puesto tan alto ya implicaba que algo empezaba a oler a podrido en Esparta.

La guerra resultó en la ruina de Atenas, consolidándose la hegemonía espartana. Ese mismo año de 404 AEC, los muros de Atenas fueron derruidos al son de los pífanos espartanos tal y como fue vaticinado en Delfos, y el gobierno de Atenas fue tomado por los "treinta tiranos". Pero la supremacía espartana sería ya corta, porque había sido lograda a costa del sacrificio de la mejor sangre espartana y, como se ha dicho, negros presagios revoloteaban sobre la ciudad. Sus números menguaban. La dureza de los espartanos producía cada vez más odios por parte de las gentes sometidas, que se multiplicaban endiabladamente. Esparta estaba envejeciendo. Por otro lado, por lo general se mostraba muy celosa en cuanto a sus leyes de ciudadanía (ser hijo de padre y madre espartanos y pasar la eugenesia, la instrucción y la admisión en las sistias del Ejército), de tal modo que con el advenimiento del mestizaje y las sanguinarias guerras, en las que caían los mejores espartanos, el número de auténticos espartiatas se fue reduciendo desde los 10.000 del apogeo, hasta llegar finalmente a poco más de mil, aunque al menos esos pocos seguían siendo igual de espartanos que sus antepasados. Habían preferido ser, a toda costa, una selecta minoría superior, dominando a una mayoría inferior y siendo leales a las leyes de Licurgo hasta el fin de su agonía nacional. Estaban obstinados en resistir como grupo selecto y se negaban a dar concesiones o compartir privilegios, permaneciendo cada vez más orgullosos a medida que sus números fueron disminuyendo más y más. Toda esta política demográfica contrastaba, pues, con la ateniense, que consistió en inflamar artificialmente los números de su población (Atenas tenía aproximadamente 5 veces la población de Esparta) mediante la inmigración no-blanca, la reproducción descontrolada y la falta de eugenesia. Esto dio como resultado barrios insalubres, sucios y lúgubres, de calles estrechas y retorcidas, donde se acumulaban los esclavos oscuros y donde se extendían las infecciones, las ratas y las pestes. La derrota de Atenas además motivó que comenzaran a circular riquezas como trofeos por Esparta. Plutarco escribió que: "El principio de la corrupción y decadencia de la república de los Lacedemonios casi ha de situarse desde que, destruyendo el imperio de los atenienses, comenzaron a abundar en oro y en plata" [47].

En 398 AEC, el rey Agesilao ascendió al trono gemelo de Esparta. Un año después, sucedió otro funesto presagio. Mientras un sacerdote llevaba al cabo un sacrificio, entrevió horrorizado algún nefasto signo arquetípico en el ritual, y anunció con gran alarma que Esparta estaba bajo el acecho de sus enemigos. En ese mismo instante, según el anciano, Esparta se encontraba seriamente amenazada. En vista de la postración de sus enemigos exteriores, el presagio probablemente no fue tomado con la seriedad que se merecía. Pocos sospecharían que el presagio se refería a los enemigos interiores de Esparta.

Agesilao descubrió un año después, en 397 AEC, una conspiración urdida por Lisandro contra las leyes de Licurgo. En esta conspiración jugaba un importante papel un individuo llamado Cinadón. Éste formaba parte de los hypomeiones o "inferiores", ciudadanos espartanos "degradados" por haber mostrado cobardía en combate, por no proveer a su sistia de las raciones estipuladas, por no haber sido admitidos en sistia alguna o por otros motivos deshonrosos. Lo importante de esta conspiración radicaba en que parecía involucrar a todos los que no eran auténticos espartanos, es decir, hilotas, periecos y espartanos degradados, todos los cuales —según el mismo Cinadón— querían "comerse cruda" a la élite de los auténticos espartiatas. Tras haber hecho sus confesiones, Cinadón y su camarilla de conspiradores fueron conducidos a través de la ciudad de Esparta a punta de lanza y bajo el acoso de los látigos. Después de ser llevados a Kaiada, fueron ejecutados y arrojados a la fosa.

A Agesilao se le acusó de quebrantar una vieja ley de Licurgo que prohibía hacer la guerra durante mucho tiempo seguido al mismo enemigo para que éste no aprendiese a defenderse, pues con sus incursiones en Beocia, estaba prácticamente enseñando a luchar a los tebanos. En 382 AEC Esparta tomó Tebas, pero esta victoria estaba maldita, pues Esparta había decaído y los tebanos se estaban fortaleciendo. Cuatro años después, los tebanos lograron expulsar a los espartanos, en el primer signo político de que Esparta estaba decayendo. Años después, 7.000 tebanos altamente motivados, bajo el carismático líder Epaminondas, se levantaron contra Esparta y derrotaron a los espartanos en la batalla de Leuctra de 371 AEC. En aquella batalla ya sólo lucharon 1.200 espartiatas, que eran todos los que quedaban. 400 de ellos murieron. Se dijo que cuando entraron los soldados tebanos en Esparta durante los combates callejeros que se sucedieron, preguntaban "¿Dónde están los espartanos?" y que un anciano les respondió "Ya no existen, en caso contrario vosotros no estaríais aquí."

Tras la invasión, los inteligentes tebanos dieron otro inmenso golpe al poderío de Esparta: liberaron a los helotas. La ciudad de Mesene, en un tiempo récord de tan sólo 74 días, se rodeó de un muro y la fortaleza de Itomé fue reconstruida y convertida en acrópolis, simbolizando que se había emancipado del yugo espartano y que pretendía conservar esa emancipación a toda costa.

Los espartanos habían caído, pero los tebanos habían mantenido pura su sangre y su vitalidad. Contaban con una unidad de élite llamada la banda sagrada. En toda Grecia, las mujeres tebanas (descritas por Dicearco como rubias) eran ya consideradas, por encima de las espartanas, las más hermosas de la Hélade. Los tebanos descendían de invasores tesalios, magníficos jinetes que llegaron a Grecia en la época de las grandes invasiones. Tras haber sido expulsados del Peloponeso por los dorios, habían establecido su capital, Tebas, en Beocia. La batalla de Leuctra consumaba finalmente la venganza de los tesalios contra los dorios. 

Desde 640 AEC ningún ejército había conseguido jamás doblegar a Esparta. El poderío espartano estaba acabado. Sus leyes de hierro y piedra —sabiamente promulgadas, y grabadas a sangre y fuego— no contuvieron el mestizaje racial eternamente, al mismo tiempo que en las guerras morían desastrosamente los mejores especimenes biológicos y espirituales de la élite espartana. Hubo una traición, una deslealtad, una pérdida de memoria y una caída. A partir de aquí, la historia de Esparta es vergonzosa, desesperada, triste y trágica. Casi se siente vergüenza ajena ante ella por lo mucho que contrasta con el heroísmo anterior. Podría decirse que era humillante para sus herederos, pero debemos agregar que mucos de ellos no eran ya herederos de la Esparta doria, puesto que ya  no corría por sus venas la más importante herencia doria: la sangre doria pura.

El mestizaje racial y la fraticida guerra con Atenas habían debilitado mucho a las numerosas ciudades-estado helénicas, de tal modo que cayeron presa de la nueva estrella indoeuropea de los macedonios de Filipo II (382 AEC-336 AEC), un pueblo heleno que se había mantenido en la periferia de Grecia viviendo en estado semi-bárbaro, conservando la dureza de los orígenes y la pureza de su sangre. Valiéndose de la Liga Tesalia, los macedonios empezaron a penetrar gradualmente en Grecia. En 367 AEC se constituyó la Liga Etolia. En 339 AEC los macedonios ya habían llegado a dominar la Hélade, incluyendo Esparta. El hijo de Filipo II, el famoso Alejandro Magno, conquistaría el mayor imperio conocido hasta entonces, desde Grecia hasta India, y desde el Cáucaso hasta Egipto.

En 330 AEC, el rey Agis III de Esparta atacó a Antípater, lugarteniente de Alejandro Magno, pero fue vencido y muerto en la batalla de Megalópolis. Durante la guerra lamiana, estallada tras la muerte de Alejandro Magno en 323 AEC, Esparta se encontraba demasiado débil siquiera para participar.

Durante el Siglo IV AEC tuvo lugar una reforma de Epitadeo, un éforo ambicioso que, por desavenencias con su propio hijo, redactó una ley según la cual todo ciudadano podría otorgar su herencia a quien le placiese. Esto tuvo una enorme influencia en la distribución de las parcelas de tierra. De todas maneras, la posterior ruina de Esparta no fue consecuencia de esta ley, sino que la redacción de la misma fue consecuencia de una silenciosa decadencia en el ámbito del espíritu y del cuerpo, y que se manifestaba materialmente en la contaminación de la sangre, en la desintegración de las familias nobles y en los males derivados de esto.

Durante esta época decadente de mestizaje y corrupción, la libertad femenina se volvió contra Esparta. Las mujeres, siendo por tradición propietarias y administradoras de la hacienda y del hogar, se tornaron codiciosas y egoístas. El materialismo que invadía Esparta procedente de Atenas arraigó en ellas con gran facilidad. Olvidaron la naturalidad atlética, olvidaron los esfuerzos físicos, olvidaron su papel de madres severas, olvidaron la gravedad de la esposa sagrada, olvidaron inspirar esperanza y contemplación, y abrazaron el lujo, los adornos y el confort. Durante la decadencia espartana, las mujeres llegaron a acaparar de forma insensata la mayor parte de las riquezas de Esparta.

A finales del Siglo IV AEC, Esparta fue rodeada de murallas defensivas, violando su tradición y revelando al mundo que había perdido la confianza en sí misma.

Agis IV de Esparta (reinó entre 244 AEC-241 AEC) intentó reinstaurar las leyes de Licurgo, puesto que se había educado en el patriotismo y soñaba con restituir la grandeza de su país. Para entonces, los lotes de tierra estaban desigualmente repartidos y mal aprovechados, y él quiso hacerlos más equitativos. Agis pospuso la redistribución de tierras para unirse a la Liga Aquea de Arato de Sición, que desafiaba el creciente poder de los macedonios. En 243 AEC, la Liga Aquea derrotó a la guarnición macedonia de Corinto, resultando en una breve expansión de la Liga. Pero durante la ausencia del rey, la resistencia a sus reformas fue encabezada por su co-regente, el rey Leónidas II. Este rey traidor, indigno de su nombre, era el ejemplo perfecto de la decadencia espartana: casado con una mujer persa, gustaba de mantener en su corte un estilo de lujo oriental que habría supuesto su inmediata ejecución en la verdadera Esparta. En cuanto volvió Agis, fue arrestado por los éforos que, ya completamente corrompidos, lo condenaron a muerte. Agis fue así el primer rey de Esparta en ser ejecutado por el gobierno.

En 230 AEC ya sólo quedaban 700 espartiatas, divididos, desorientados y sin rumbo. La diferenciación de castas, las barreras raciales, se habían derrumbado. Los lotes de tierra estaban en manos de mujeres que las administraban codiciosamente, y existían ya helotas que poseían tierras propias. Plutarco escribió:

Así es que no habrían quedado más que unos setecientos espartanos, y de éstos acaso sólo un centenar poseían tierras, y todos los demás no eran más que una muchedumbre oscura y miserable, que en las guerras exteriores defendía a la República tibia y flojamente, y en casa estaba siempre al acecho de la ocasión oportuna para la mudanza y trastorno del gobierno. ("Agis").

Cleómenes III de Esparta (reinó entre 235 AEC-219 AEC) procuró hacer otra vuelta a las leyes de Licurgo. Su meta era crear de nuevo un grupo de espartiatas que restituyeran el antiguo poder de la ciudad. Tras una serie de esperanzadoras alianzas como Tegea y la recuperación de Manitea de los arcadios, Esparta parecía estar renaciendo, opuesta a la Liga Aquea. Se reestableció la austeridad espartana y las comidas en equipo. Esparta derrotó a la Liga Aquea en 228 AEC, en la rivera del río Liceo. Y en 227 AEC, volvió a derrotarla cerca de Leuctra.  El victorioso Cleómenes, en cuanto volvió a Esparta cubierto de prestigio, hizo ejecutar a los corruptos éforos y abolió la institución del Eforado. Esparta continuó conquistando y triunfando: se anexionó Manitea y, en 226 AEC, volvió a derrotar a la Liga Aquea en la batalla de Hecatombeion. Esta vez apoyada por Egipto, Esparta estaba literalmente reconquistando el Peloponeso.

Los dirigentes de la Liga Aquea, atemorizados por el resurgir del legendario poderío espartano, decidieron poner fin a su política anti-macedonia y llamar cínicamente a los macedonios para que frenaran a los nuevos espartiatas. Así, Arato de Sición pidió ayuda a su supuesto enemigo, el rey Antígono III de Macedonia, ofreciéndole el control de Corinto. La Liga Etolia y la Liga Macedonia, unidas, juntaron un ejército de 30.000 hombres, que vencieron a los 10.000 espartanos y aliados suyos en la batalla de Selasia de 222 AEC. Allí se extinguió definitivamente el poder espartano; los nuevos espartiatas cayeron, las murallas de Esparta fueron derribadas y Cleómenes tuvo que exiliarse a Alejandría. Tras haber intentado desde allí un golpe de Estado con la ayuda de Egipto, murió en 220 AEC. Con él desapareció el linaje real heráclida.

Tanto Agis IV como Cleómenes III son figuras trágicas, hombres de calidad que nacieron demasiado tarde y que representaban la voz agonizante del arquetipo espartiata durante su más siniestro ocaso. Sin embargo, estos reyes no supieron comprender la verdadera causa del derrumbe de Esparta: los lujos de la civilización y la disolución, bajo la degradación espiritual de la edad de hierro, de la sangre de los elementos dorios originarios que construyeron Esparta.

En 208 AEC, Nabis, posteriormente conocido como "Tirano de Esparta", ascendió al trono. Puesto que el linaje doble de los Heráclidas había desaparecido con el rey Cleómenes III, se hizo único rey de Esparta, mandando edificar de nuevo murallas defensivas que la rodearan e intentando revitalizar las reformas que habían procurado llevar al cabo los reyes Agis IV y Cleómenes III. Introdujo con ayuda de la Liga Etolia una especie de democracia en Esparta, y éste fue su mayor error, pues dio la libertad a gran cantidad de helotas que no tardarían en mezclar su sangre con la de los espartanos. Los mothakes (mestizos), comenzaron a tomar influencia en el mismo organismo nacional espartano, y surgieron los neodamodeis, "nuevos ciudadanos".

En 205 AEC Esparta se alió con Roma en su esperanza de alejar a los macedonios. Pero en 197 AEC Roma se volvió contra Esparta, aliándose con los demás estados griegos. La Liga Aquea obligó en 192 AEC a Esparta a unirse a ella para intentar vigilar sus movimientos, pero cuando Nabis consideró que la Liga se había propasado en sus asuntos, llevó al cabo su secesión. Filopemén lideró el ejército aqueo, que irrumpió en Esparta y ejecutó a los líderes anti-aqueos, incluyendo a Nabis, derribando de nuevo las murallas de Esparta, liberando a los esclavos y aboliendo la Agogé. Todo lo que en esta época hacían los aqueos contra Esparta era una expresión del terror inconsciente que sentían ante la posible resurrección del poder de esparta, y fue entonces, cuando Esparta estaba débil, que quisieron rematarla para impedir cualquier brote futuro.

En 146 EC, Esparta fue conquistada por las legiones romanas. Bajo la dominación romana, algunas costumbres de dureza espartana habían subsistido despojadas de su esencia: el festival de Artemisa se convirtió en una ceremonia grotesca en la que simplemente se azotaba a los niños en público, en ocasiones hasta la muerte. En la tranquilidad de la Pax Romana, Esparta se dedicó a estas prácticas aberrantes, que atrajeron a gran número de morbosos turistas de todo el Mediterráneo.

En 267 Esparta fue saqueada por el pueblo germánico de los hérulos —el mismo pueblo que depondría al último emperador romano de Occidente dos siglos más tarde. Los germanos eran la nueva estrella de Europa, y lo serían por muchos siglos. Conservaban incontaminada su voluntad de poder, y su mentalidad bárbara les impulsaba a conquistar y dominar. Durante esta época se estaban abalanzando sobre un imperio romano ya decadente e irreconocible, en el que el cristianismo estaba minando irremisiblemente los sagrados pilares de la sociedad pagana, militarista y patriarcal que otrora tuvieron los romanos.

Tras el desastre romano contra los godos en la batalla de Adrianopla (378), la falange espartana derrotó a una banda de saqueadores germanos, en un destello de fuerza. Pero en 396 Esparta fue arrasada por los visigodos del rey Alarico I, que acabaron siendo los encargados de administrarle el tiro de gracia a un imperio romano ya irreconocible.  

Cerca de las ruinas de Esparta se edificó la población de Mistra. Los bizantinos, posteriores conquistadores del sureste de Europa, edificaron sobre Mistra una nueva ciudad a la que llamaron Lacedemonia, tal como se llamaba antes de llamarse Esparta. Según fuentes bizantinas, en pleno Siglo X grandes zonas del territorio de Laconia aun eran paganas.

Cuando los turcos otomanos se fueron haciendo con el control de Grecia y el Sureste de Europa en los Siglos XIV-XV, quedaron reductos de etnia doria que conservaron la religión ortodoxa y su pureza racial tanto en Creta (los esfaquiotas) y en el mismo Peloponeso (maniotas). Estos núcleos, que se retiraron a zonas montañosas aisladas y bien protegidas, mantuvieron su identidad intacta hasta que los turcos fueron expulsados de Grecia en el Siglo XIX, tras lo cual descendieron de las montañas para poblar de nuevo las zonas más propicias a la vida, reteniendo siempre una fama de bravos luchadores. Hay autores que relacionan a esfaquiotas y maniotas con los mismísimos espartanos, por compartir estirpe doria con ellos. El linaje paterno de estos pueblos se corresponde con el haplogrupo R1b, predominante en Europa Occidental, con sus más altas frecuencias en el País Vasco, Irlanda, Escocia y Gales. Sean o no descendientes de los espartanos, no deja de ser un caso digno de mención. Tras la expulsión de los turcos, se edificó la que es actualmente Sparti, bajo un avanzado plan urbanístico.

Hoy Esparta es un conjunto de ruinas sencillas, toscas y poco vistosas. En palabras de Tucídides:

Si fuese desolada la ciudad de los lacedemonios, y sólo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que al cabo de mucho tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que el poderío de los lacedemonios correspondiera a su fama… Por el contrario, si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse a los ojos de los hombres del mañana la apariencia de su ciudad, conjeturarían que la fuerza de Atenas era el doble de la real.

Parte de las ruinas de Esparta, tal y como quedan en nuestros días.



18- LA LECCIÓN DE ESPARTA

Me parece que la civilización tiende más a refinar el vicio que a perfeccionar la virtud.
(Edmond Thiaudière).

Una nación tan excepcional como Esparta, que arrasaba con sus enemigos en una época en la que el hombre era infinitamente más duro que ahora, una nación que era temida en "una edad que todo lo tritura y lo salpica de sangre", tuvo una misión excepcional: señalarnos un camino a nosotros, hijos de Occidente y por tanto herederos de Esparta. Ése fue el propósito de Licurgo, y la sibila de Delfos lo supo en cuanto le vio, santificando su misión. Mas Esparta tuvo también que señalarnos el único punto débil de tal civilización, de modo que su decadencia también nos ha de servir de lección, para que la espartana disciplina del gran dolor, la ascesis militar, no haya sido en vano.

A Esparta le pasó lo que a toda civilización: sucumbió bajo la maldición multirracial, el oro de los comerciantes, la corrupción de las mujeres, la blandura de los hombres, el relajamiento, los lujos y las guerras fratricidas, si bien las leyes de Licurgo prolongaron su gloria y su agonía. Los mejores y más valientes hombres de Grecia estaban acabados. Luego sus restos fueron pisoteados por pueblos más puros, juveniles y vigorosos.  
  
¿Pero cuál es la mayor moraleja? Que el despertar de la humanidad europea, como en su día el despertar de Esparta, sólo podrá ocurrir tras el advenimiento de un terrible trauma sobre la raza, que actúe como una iniciación del tipo de "muerte mística". ¿Quiénes le darán a la Europa la temida iniciación?

Esparta nos enseña también que no podemos permitir, que debemos evitar a toda costa, que los hombres de calidad mueran sin dejar una descendencia abundante, pura, protegida y cultivada, procreada con congéneres de idéntica calidad racial. Cultivar la mejor sangre es la solución. Tener un jardín perfectamente ordenado y distribuido es la solución. Y Esparta tuvo éxito durante mucho tiempo, pero acabó fallando. Y cayó, roída en sus raíces desde dentro.
  
Si hoy en día, pues, tuviésemos que preguntarnos qué país se parece más a Esparta en cuanto a su situación estratégica y sus métodos, sólo podríamos dar por respuesta Israel. La judería ha comprendido que perder la cabeza y dejarse seducir por la confianza que embarga al victorioso es el momento del mayor peligro, y por ello ha establecido algo tan inaudito e incomprensible a primera vista como el Estado de Israel. A pesar de haber conquistado todo Occidente, gracias a Israel, la judería puede aun permitirse el lujo de estar en ambiente de peligro y de guerra. Allí, el enemigo se halla en el interior y amenaza constantemente con atacar. Allí, sólo la opresión de los palestinos y el mantenerse en guardia perpetua garantiza su seguridad y les mentaliza para no decaer. Allí, tienen a un pueblo fanático, histérico, armado hasta los dientes y militarizado, rodeado de vecinos hostiles que acrecientan aun más su paranoia, su racismo, su mentalidad de autodefensa y su afán de compensar mediante la calidad su inferioridad numérica, alimentando un sentimiento de estar solos ante el peligro ―sentimiento absolutamente falso, ya que tienen a sus pies los medios de casi todo Occidente.

En comparación con el barbarismo imperante en las favelas y villas-miseria del tercer mundo, con la organización corporativa de Asia Oriental, con el embrutecimiento de los inmigrantes en las calles de Occidente, el Occidente aparece como algo extremadamente blando, viejo, cabizbajo, afeminado, sin instintos, sin columna vertebral y condenado a desaparecer. Occidente, ahora mismo, transita su etapa más vulnerable y esa condición se acrecienta a pasos agigantados. Occidente no se salvará si no logra despertar sus instintos primarios.
  


19- LA PERVIVENCIA DEL ARQUETIPO ESPARTIATA

¡Al superhombre sí que podéis crearlo! Tal vez no podáis crearlo vosotros, pero podríais convertiros en padres y ascendientes del superhombre. ¡Que ésa sea vuestra mejor creación!
(F. W. Nietzsche, "Así Habló Zaratustra").
  
Los espartiatas fueron herederos de un arquetipo: el arquetipo del Estado militar europeo, de las filas de tropas disciplinadas, del orgullo, del honor, de la austeridad y del sacrificio. El arquetipo, como hemos dicho, sería heredado por otros a lo largo de la historia, como los romanos, los templarios, los españoles,  los ingleses o los alemanes. Los espartiatas formaron, así, parte del linaje de gigantes de Occidente y del genio humano. En su caso, tuvieron el privilegio de ser ni más ni menos que un pueblo entero y unido.

Comparemos a los europeos de hoy con los espartanos. Sentimos pánico al constatar semejante degeneración física, mental y espiritual, semejante desvalorización. El hombre europeo, aquel que era el hombre más duro y más valiente de la Tierra, se ha convertido en un pingajo y ha degenerado biológicamente por efecto de la comodidad. Su mente es débil, su espíritu es frágil, y encima se cree la cumbre de la creación. Pero ese hombre, sólo por la sangre de la que es portador, ya tiene un enorme potencial.

Las reglas sobre las que estaba asentada Esparta eran eternas y naturales, tan válidas hoy como ayer, pero hoy en día el bienestar dualista de mens sana in corpore sano se ha olvidado: la forma física es abandonada, produciendo monstruos blandos, enclenques y deformes; y el envenenamiento mental ha producido abominaciones semejantes en el campo del espíritu. El europeo moderno no conoce el dolor, ni el honor, ni la sangre, ni la guerra, ni el sacrificio, ni la camaradería, ni el respeto, ni el combate, y por eso tampoco conoce antiguas y amables diosas como la Iluminación, la Gloria o la Victoria.

Todos los renacimientos eurpeos estuvieron inspirados en ese espíritu grecorromano o europeo clásico, del cual el arquetipo espartiata fue la manifestación más lograda y depurada. Las leyes inmutables de Esparta siguen siendo tan válidas ayer como hoy, esperando simplemente que alguien tenga la sabiduría de obedecerlas.