domingo, 5 de mayo de 2013

Lágrimas de los dioses, o diamantes malditos ―la tragedia de Sudáfrica (I de III)


El oro es tan pesado que reposa sobre las almas más bajas.
 (Austin O’Malley, físico y escritor estadounidense, 1858-1932).


ÍNDICE

PRIMERA PARTE
- INTRODUCCIÓN
- LOS CIMIENTOS DE SUDÁFRICA
- EL PODER MARÍTIMO DE PORTUGAL Y HOLANDA
- SUDÁFRICA ENTRA EN LA HISTORIA
- BREVE SEMBLANZA DEL BOERVOLK

- EL GRAN TREK
- LAS REPÚBLICAS BÓER
- LA CASA ROTHSCHILD
- LA MALDICIÓN —RHODES Y LA REVOLUCIÓN MINERAL
- EL HOMBRE BLANCO PROFUNDIZA EN ÁFRICA
   - PRIMERA GUERRA BÓER (1880-1881)


En la popular novela victoriana "Las minas del rey Salomón" (Sir Henry Rider Haggard, 1885), un grupo de cazadores y aventureros ingleses, acompañados de un aborigen, emprenden una peligrosa expedición hacia el corazón de África. Partiendo de Sudáfrica, se internan en tierras vírgenes con el objetivo de encontrar las legendarias minas del antiguo rey israelí Salomón, de reputada riqueza. El autor de la novela conocía África bien: desde los 19 años, Haggard había pasado doce años en el continente negro, viajando a lo más profundo de sus tierras y familiarizándose tanto con sus pueblos nativos como con sus vastas riquezas minerales, así como con excavaciones arqueológicas de civilizaciones antiguas (como Gran Zimbabwe). También fue testigo de numerosos conflictos tribales y de dos grandes guerras: la Guerra Anglo-Zulú y la Primera Guerra Bóer, estando presente también en la anexión de la República del Transvaal por parte del Imperio Británico.

En un episodio de la novela, los protagonistas encuentran un tesoro de diamantes, oro y marfil por valor de millones de libras esterlinas de la época. Gagool, siniestra y anciana hechicera de una tribu local, ríe de forma inquietante: "Aquí están las piedras brillantes que os encantan, hombres blancos, todas las que queráis", les dice. "Cogedlas, hacedlas correr entre vuestros dedos, comed de ellas, bebed de ellas". Sus enigmáticas últimas palabras sólo cobran sentido cuando la vieja se escapa por un pasadizo oculto, dejando a los protagonistas atrapados. Estos comprenden al instante que las fabulosas riquezas materiales que acaban de encontrar de poco les servirán, ya que no se pueden ni comer ni beber.

Efectivamente, ni el oro ni los diamantes son riqueza verdadera y auténtica en todo el sentido de la palabra. Las antiguas tribus de la humanidad no sobrevivieron y evolucionaron a base de oro, diamantes u otros bienes materiales de valor especulativo, sino a base de altruismo, esfuerzo, obediencia, creatividad, fidelidad, coraje, ingenio, amor y trabajo en equipo. Sin embargo, en la época de la novela, la maldición de los diamantes y del oro se había cernido ya sobre África y estos "bienes" eran considerados desde hacía mucho como riquezas por parte del mundo civilizado. 

Los diamantes son un tesoro natural de la Tierra, formados a partir de vulgar carbono (como el carbón o el grafito) transformado a lo largo de miles de millones de años por las presiones y temperaturas extremas de las fuerzas geológicas, a 140-190 kilómetros de profundidad, y lanzado a la superficie a través de chimeneas volcánicas. También pueden formarse con la caída de un meteorito, que produce enormes temperaturas y presiones. Parece claro que el núcleo de las enanas blancas (estrellas muy antiguas que han agotado sus reacciones termonucleares, colapsando y volviéndose pequeñas y densas) está compuesto de oxígeno y carbono cristalizado, hasta el punto de que el núcleo de 4.000 km de diámetro de una enana blanca llamada BPM 37093, de la constelación de Centauro, fue descrito en un informe del Harvard-Smithsonian Centre for Astrophysis como un "diamante". 

Los diamantes hechizaron civilizaciones enteras. Los primeros en explotar la gema fueron los hindúes, que le daban importancia religiosa y durante milenios la exportarían a otras civilizaciones contemporáneas, especialmente a Europa a través de la Ruta de la Seda, a cambio de oro y plata. Los griegos llamaron a las piedras adámas (inconquistable, inalterable, indestructible, indomable), considerándolas trozos de estrellas caídas sobre la Tierra y pensando que las puntas de las flechas de Cupido, que enamoraban a los amantes, estaban hechas de diamantes. Los romanos los llamaban "lágrimas de los dioses" y se rumoreaba sobre la existencia de un recóndito valle en lo más profundo de Asia Central, alfombrado de diamantes y vigilado por serpientes y aves rapaces. El valor comercial de los diamantes estaba fuera de toda duda: la mercancía era muy fácil de transportar y su precio era enorme, por lo que el margen de beneficios era astronómico. Para entonces, toda la veneración que en los tiempos primitivos era dirigida hacia las virtudes solares, cristalinas, duras, olímpicas, nobles, puras y transparentes del hombre y del mundo, se había dirigido hacia materiales inanimados que tenían dicho aspecto pero que distaban mucho de engendrar esas cualidades en el alma humana. Al contrario, desde el principio de la civilización, las piedras preciosas y el oro parecían sacar a la luz, como el famoso anillo tolkeniano, la faceta más perversa del hombre. La historia de Sudáfrica está íntimamente relacionada con la historia del comercio de esta piedra preciosa, tan relacionada a su vez con el amor (flechas de Cupido, anillo de compromiso) y, sin embargo, causante de sufrimiento y dolor.

Aunque los señores del Capital del Siglo XIX ya eran capaces de crear dinero de la nada, necesitaban también riquezas "contantes y sonantes" para entrar en los mercados extranjeros que no aceptaban la moneda global de la época: la Libra Esterlina. Gracias a las fortunas amasadas con los diamantes y el oro de Sudáfrica, las familias Rothschild y Oppenheimer (a través del magnate Cecil Rhodes, su agente y testaferro) tuvieron en sus manos los medios para subvertir el mundo tradicional a través de los grupos de la Mesa Redonda, la Sociedad Fabiana, la Pilgrims Society, el Royal Institute of International Affairs (Chatham House), el Carnegie Endowment for International Peace, la London School of Economics y sus diversos derivados: el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), el Instituto de Relaciones Pacíficas (IPR), el Institute for Advanced Study (IAS), la Comisión Trilateral, el grupo Bilderberg, el Banco de Pagos Internacionales (BIS), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Inter Alpha Group of Banks y otros. Hoy en día, estos centros de poder se hallan muy entretejidos con el lobby petrolero (familia Rockefeller), el lobby del opio (familia Sassoon) y más emporios en manos de las familias Morgan, Warburg, Lazard, Soros, Speyer, Tishman, Seligman, Schiff, Seif, etc., familias que tienden a concentrar poder y a unir fuerzas a base de alianzas matrimoniales. Juntos, estos círculos forman la Internacional del Dinero. Viéndolo desde esta óptica es mucho más fácil comprender la importancia histórica de los diamantes y el oro de Sudáfrica en el desarrollo de la globalización y del moderno capitalismo financiero.

La ciudadela de la Finanza Internacional. Es imposible comprender la historia sudafricana y, de hecho, la historia del mundo entero, sin asomarnos antes a la llamada City de Londres, un céntrico distrito financiero de la capital británica. Del mismo modo que el Imperio Romano ha sobrevivido ―desvirtuado― en el poder de la Iglesia católica, la City es el corazón del actual Imperio Británico en la sombra. Es el centro financiero más importante del mundo, teniendo conexiones privilegiadas con otras capitales del dinero y de la especulación como Hong Kong, Shanghai, Singapur, Nueva York, Tokio o Mumbai. Se trata de una milla cuadrada en el centro de la capital británica, constituyendo una de las más poderosas ciudadelas del planeta junto con el Vaticano, el Kremlin, Manhattan, el Pentágono y el centro de Washington DC. Su estatus administrativo en Londres es de distrito especial, con un alcalde propio (cuyo puesto es mucho más antiguo que el del alcalde de Londres) y sus propias normas jurídicas. Posee su propia fuerza de policía privada de 2.000 miembros (siendo la población nocturna del distrito de sólo 9.000 almas), se encuentra libre de la jurisdicción de la Policía Metropolitana y está intensamente monitorizada por la red de videocámaras más densa del mundo. La City londinense es heredera, a veces directa y a veces indirecta, de antiguas redes económicas como las de fenicios, templarios, la Liga Hanseática, portugueses, holandeses y judíos. Hay un solo individuo que tiene permiso de las autoridades de la City para pasearse de un lado a otro del distrito en su helicóptero privado: Nicky Oppenheimer, dueño del negocio diamantífero en Sudáfrica y otros lugares. Londres posee otro distrito financiero de menor importancia: Canary Wharf.

Otro motivo por el que Sudáfrica nos ayuda tanto a comprender el mundo moderno es porque en ella se dieron, ya hace décadas, fenómenos tan actuales como el dumping laboral a base de sustitución étnica, el apoyo de la "comunidad internacional" a grupos terroristas desestabilizadores, el bloqueo petrolero y comercial contra un gobierno insubordinado contra la globalización y el ataque directo contra los europeos étnicos. No hay fenómeno de la globalización, ni presente ni venidero, que no se haya ensayado ya en el laboratorio del microcosmos sudafricano, especialmente en los episodios menos conocidos de la breve pero fascinante historia del país.

Desde su vena poética, Eugene Terre’Blanche, político radical sudafricano asesinado en 2010, describía su país como "una tierra triste con una historia triste". Este artículo no se cortará a la hora de tirar de los hilos, remontándose lejos en el espacio y en el tiempo para encontrar las raíces más profundas del problema sudafricano, llevándonos desde los mercados de diamantes de Amberes y el poder comercial de Portugal y Holanda hasta las masacres étnicas y las luchas tribales de la época colonial, pasando por la constitución de sociedades secretas de etnia afrikáner, el establecimiento de un sistema de castas en pleno Siglo XX y las conspiraciones de magnates capitalistas sin escrúpulo alguno a la hora de imponer su business as usual para satisfacer su sed de oro y de diamantes: su sed de poder.



LOS CIMIENTOS DE SUDÁFRICA

El devenir histórico querrá que, en Sudáfrica, las razas humanas más antiguas se encuentren con las más modernas, por lo que no está de más ver, aunque sea por encima, cómo era la composición étnica del sur del continente antes de la llegada de los europeos. África puede considerarse como la cuna de los simios, y Sudáfrica en particular es una de las regiones africanas que ha estado poblada por homínidos arcaicos desde el más remoto Paleolítico Inferior. Hace 3 millones de años, el aun primitivo Australopithecus africanus rondaba territorio sudafricano. Uno de ellos es el célebre Niño de Taung, un esqueleto particularmente bien conservado de un niño de alrededor de 4 años de edad que vivió en Sudáfrica hace 2,5 millones de años. A lo largo de cientos de miles de años, las variedades de australopitecos fueron dejando paso a modelos pseudo-humanos cada vez más avanzados, sin que se pueda establecer a ciencia cierta si unos son los antepasados de los otros. Varias razas de Homo erectus (Ergaster, Erectus, Rhodesiensis), que indudablemente eran ya de nuestra misma especie, vivieron y murieron en Sudáfrica hasta que la paleoantropología registra la aparición de los llamados "hombres modernos" ―un concepto siempre difuso y poco claro (y morfológico-taxonómicamente un error) pero que se ha acabado imponiendo en los círculos académicos oficiales.

Hubo una época en la que casi toda África, desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el Mediterráneo e incluso hasta Europa, estaba habitada por pueblos de raza khoisánida, la más antigua de las razas humanas modernas. Genéticamente, estos pueblos están relacionados con el haplogrupo A, que surgió hace 70.000 años y es el linaje paterno más antiguo de la humanidad moderna. Una antigua migración khoisánida a la actual China se cruzó con una raza Erectus local (el Homo pekinensis) dando lugar a la raza mongólida, y otra migración a Próximo Oriente, mezclada con neandertales, dispersó la genética neandertal por toda Eurasia. En tiempos de los imperios coloniales, los khoisán se dividían en dos ramas: una rama, los khoi (o khoikhoi) conocían la ganadería y en menor medida la agricultura y fueron denominados hotentotes por los europeos. La otra rama, los san, eran cazadores-recolectores y los colonos europeos los llamarían bosquimanos (del afrikaans boschjesman o el inglés bushmen: "hombres de la maleza").

El khoisánido es el habitante original de Sudáfrica y de la mayor parte del continente africano. Tiene una frente recta y vertical, labios mucho más finos que el cónguido "negroide", una constitución física extremadamente delgada y ligera, el mentón bien formado, una musculatura seca, pómulos abultados, ojos rasgados y una piel marrón-amarillenta, mucho más clara que la del negro subsahariano promedio.

En toda África, los khoisán fueron arrollados y progresivamente arrinconados por los bantúes de raza predominantemente cónguida, es decir, lo que hoy se entiende generalmente por "negro". Los cónguidos puros son de elevada estatura, constitución atlética, prognatos (proyección frontal del bloque inferior del rostro), de labios muy gruesos, mentón poco desarrollado, poco cerebro y piel completamente negra. Su dominio del África subsahariana vendría de la mano de la Expansión Bantú, un proceso migratorio por el que los pueblos de habla bantú, partiendo de lo que hoy es el este de Nigeria y el sur de Camerún, se expandieron por todo el continente. Los bantúes estaban neolitizados, es decir, practicaban la agricultura y la ganadería, lo que les permitía ocupar un territorio alcanzando enseguida una altísima densidad de población. También conocían el uso del hierro y de la cerámica, y construían asentamientos de adobe y madera llamados kraals. Estos ingredientes produjeron una explosión demográfica. Allá donde llegaban, los bantúes cazaban como animales a la población local, los masacraban y se adueñaban del territorio. Los zulúes y los xhosa, dos etnias que aparecerán a lo largo de este artículo, son de origen bantú. Estas tribus propiamente "negras" serán conocidas despectivamente por los europeos como cafres o kaffirs (derivado del árabe "infiel").



EL PODER MARÍTIMO DE PORTUGAL Y HOLANDA

En el Siglo XV, Castilla y Portugal dominaban indiscutiblemente el Atlántico. Los portugueses tendían a rodear el continente africano, y en 1488, el navegante Bartolomeu Dias avistó lo que llamó Cabo das Tormentas. Se trataba de "El Cabo" por excelencia, es decir, la punta del enorme continente africano, que separaba Europa de las legendarias riquezas de Oriente. El nombre del cabo parecía capaz de espantar a los navegantes, así que el rey João II lo rebautizó como Cabo da Boa Esperança, ya que era un trampolín hacia las codiciadas Indias.

El geoestratega británico Halford J. Mackinder notaba que, antes del descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza, existían a efectos prácticos dos grandes océanos claramente separados: el "occidental" (Atlántico) y el "oriental" (Índico). Para enlazar estos dos espacios marítimos era necesario pasar por Suez o por Pentalasia, que en aquella época estaban bajo el control del hostil Imperio Otomano y no eran viables para el comercio europeo, salvo para los venecianos y los judíos, asociados con los musulmanes. Pero después de que Vasco da Gama consiguiese rodear el Cabo de Buena Esperanza y llegar a India tras décadas de naufragios y miles de marinos muertos en la mar, el océano se convirtió al fin en uno solo. Ahora el poder marítimo podía envolver la "Isla Mundial" (Eurasia y África) y acceder a las lucrativas mercancías de las Indias ―especialmente a los diamantes y a las especias, utilizadas en Europa para conservar carne y elaborar medicinas y pociones mágicas.

A lo largo del Siglo XVI, la bisagra sudafricana fue clave para el Imperio Portugués, que gracias a ella logró llegar hasta India, Ceilán (Sri Lanka), China (donde fundó Macao), Formosa (Taiwán) y Japón (donde fundó Nagasaki), organizando el tráfico de riquezas de estos lugares y conectándolo con Europa y sus nuevas posesiones en América. Sudáfrica quedaría en adelante influida por Portugal, hasta el punto de que 400 años después de descubierto el Cabo, un general de apellido portugués, Ferreira, lucharía en las Guerras Bóer contra el Imperio Británico. En la actualidad, estas viejas relaciones se agrupan en torno al eje IBSA (India-Brasil-Sudáfrica).

En cuanto a Holanda, el joven país seguiría una trayectoria trepidante antes de convertirse en la Meca del capitalismo mercantil. Holanda se encuentra en el punto crucial de una franja económica europea que va desde las talasocracias italianas hasta Inglaterra. Literalmente, los puertos holandeses eran la contrapartida nórdica de Venecia y Génova, donde entraban las mercancías orientales. Esta franja vital para Europa ha sido llamada blaue banane o banana azul, coincide grosso modo con el reino alto-medieval de Lotharingia o con el camino español del Siglo XVI y tiene dos puntos débiles. Uno es Suiza como barrera montañosa. El otro se encuentra en las costas de lo que hoy son Holanda, Bélgica y Francia, donde la franja rompe su continentalidad transformándose en impulso marítimo y tendiendo a saltar hacia las costas inglesas y en menor medida hacia el Báltico (ruta hanseática). Resulta curioso que posteriormente, el calvinismo ―la rama más radical de la herejía protestante― arraigase especialmente en estos dos puntos vulnerables (Suiza y Holanda), tendiendo a romper el correcto flujo en el seno de la "banana azul" y desestabilizando Europa cuando más necesitada estaba de orden, es decir, cuando el Imperio Otomano arrollaba un cuarto del continente.

Durante la Baja Edad Media y buena parte del Renacimiento, Venecia había recibido el tráfico de diamantes de India a través de dos rutas. Típicamente, las gemas eran transportadas desde India a Occidente, por mar o por tierra. Por mar, el puerto de entrada era Adén (Yemen), donde la mercancía era comprada por comerciantes judíos que a su vez la vendían, a través del Mar Rojo y Etiopía, a correligionarios suyos en El Cairo, desde donde saltaban a Venecia. Por tierra, las caravanas atravesaban el mundo persa, el mundo árabe, Armenia y acababan en los puertos del Levante o en Constantinopla, desde donde pasaban, de nuevo mediante los contactos internacionales de los mercaderes judíos, a Venecia. Alrededor del Siglo XIV, ya había surgido en Venecia la primera industria cortadora, talladora y pulidora de diamantes, dominada por judíos. Shylock, ficticio "Mercader de Venecia" descrito por Shakespeare, fue un ejemplo del tipo humano incubado en estos centros económicos. Estos mercaderes judíos de Venecia a su vez vendían los diamantes a correligionarios suyos en Frankfurt, Brujas o Lituania. Amberes (Bravante), junto con Brujas (Flandes), había sido el epicentro de distribución comercial de todo el norte de Europa convirtiéndose en la capital internacional del Mercado y del incipiente capitalismo mercantil, hasta el punto de que en 1460 se creó en Amberes la primera bolsa de valores de la historia. El comercio de diamantes experimentó un boom a partir del año 1477, cuando el archiduque Maximiliano de Austria le regaló a María de Borgoña un anillo de diamante con motivo de su boda, iniciando la célebre tradición de los anillos de compromiso con diamante, que llega hasta nuestros días. 

Cuando los portugueses tuvieron éxito llegando a las Indias, los sefarditas de Portugal rápidamente hicieron negocio con los barcos para recoger los diamantes directamente de Goa, y Lisboa se convirtió en el principal punto de entrada de diamantes de Europa, a costa del Imperio Otomano y el resto del mundo islámico. Las conexiones diamanteras con Amberes, sin embargo, continuaron siendo fuertes, ya que la ciudad estaba bien situada para recibir las gemas tanto desde Lisboa como desde Venecia, aunque esta última decayó. Los judíos asquenacitas, por aquel entonces menos prósperos que sus primos sefarditas, eran utilizados como talladores y pulidores de las gemas. El posterior traslado de las casas comerciales extranjeras desde Brujas hasta Amberes, con motivo de la degeneración geológica del puerto de aquélla, hizo que la especulación, el comercio, el lujo y las familias financieras prosperaran en la ciudad. Cientos de naves entraban en el puerto de Amberes cada día, cargadas de azúcar de las plantaciones españolas y portuguesas en Ultramar, y los bancos amberinos eran tan prósperos que podían permitirse el lujo de prestar a gobiernos enteros ―entre ellos el inglés. El 40% del comercio mundial pasaba por el puerto de Amberes, del que algunos historiadores han estimado que proporcionaba a España siete veces más ingresos que las Américas. Sólo los impuestos recaudados por la Corona española en Amberes igualaban los ingresos de la mina de plata de Potosí, en el Virreinato de Perú. En aquella época, la ciudad pertenecía al Ducado de Bravante, a su vez parte del Sacro Imperio Romano-Germánico, que se encontraba unido a España bajo la corona de Carlos V, de la casa de Austria.

Dos acontecimientos acabarían transtornando la prosperidad de la situación. El primero fue la expulsión de los judíos de España en 1492 y de Portugal en 1496, que causó una migración de refugiados sefarditas desde la Península Ibérica hacia el Imperio Otomano, los Países Bajos y Suiza. Estas poblaciones arraigaron en el mundo financiero holandés y tendieron a vengarse de España [1] en tiempos posteriores. El segundo acontecimiento fue el comienzo de la Reforma protestante. Estos dos factores fermentaron un nuevo orden regional en el que Holanda se desvincularía de las autoridades continentales (el Sacro Imperio, la Iglesia, el Imperio Español) y se volvería insular, estrechando lazos con Inglaterra, el mar y las nuevas corrientes religiosas, especialmente de signo calvinista. Algo había en el carácter del poder incubado en Holanda, especialmente en su franja más insular y marítima, que no le permitía vincularse a poderes continentales de tipo estatal (Palacio: España y el Sacro Imperio) o religioso (Templo: Roma). Esto culminaría con la rebelión neerlandesa de 1568, en la que los fundamentalistas calvinistas se alzaron contra España y Roma, destruyendo gran cantidad de patrimonio artístico ―los calvinistas eran iconoclastas como los judíos o los musulmanes, es decir, consideraban "idolatría" la representación y adoración de la figura humana. Este proceso se denominó furia iconoclasta o Beeldenstorm: "asalto de imágenes" [2]. Es el comienzo de la llamada Guerra de los Ochenta Años y el involucramiento de España en Flandes. En 1576, la rica Amberes es saqueada por los Tercios españoles y en 1579, le tocó a Maastricht, en una serie de pillajes conocidos como Furia Española. Muchos talladores de diamantes se relocalizaron a Ámsterdam, donde las liberales políticas económicas y civiles atrajeron a refugiados judíos que sufrían persecución en España, Portugal, Alemania y Polonia.

Mapa de expediciones comerciales holandesas, elaborado a partir de registros históricos, diarios de a bordo, etc. El mapa sólo tiene en cuenta las expediciones entre 1750 y 1800, pero representa bien la influencia holandesa y el papel de El Cabo como divisoria entre el Atlántico y el Índico. Un mapa del Siglo XVII incluiría importantes rutas hacia Nueva York y mayor densidad de tráfico en el Índico, en una época en la que Holanda mandaba cinco veces más barcos a Asia que los portugueses y dos veces más que los ingleses. Interesante ver cómo, debido al Imperio Español, el Caribe era un espacio cerrado para los holandeses (salvo piratas). Mapa: James Cheshire, Spatial Analysis.

Lugares sometidos a la influencia holandesa. Los holandeses tendían a coincidir con los portugueses en sus rutas y colonizaciones. De todas estas colonias fuertemente marítimas, la única que acabará adquiriendo continentalidad y profundidad territorial será la de Sudáfrica.

En 1581, el noble holandés calvinista Guillermo de Orange, proscrito por el rey español Felipe II, proclamó en los Países Bajos la República de las Siete Provincias Unidas. Diez años después, las actividades financieras de España, Portugal e Italia se trasladan a Hamburgo arruinando al comercio holandés, que en adelante buscará desesperadamente dominar los mares para llegar él mismo a las fuentes de materias primas. La confederación de nobles holandeses rebeldes, llamados Geuzen, se abandera con símbolos de aroma hebreo y lucha contra la influencia española para que no pueda llegar al Mar del Norte ―lo cual habría supuesto que todo el enorme potencial marítimo de España, Portugal y los Países Bajos habría quedado bajo una misma corona. La rama más exitosa de la estrategia rebelde fue precisamente la naval, llamada Watergeuzen, cuyos símbolos tenían un aire más bien turco-otomano y que tendría mucha influencia en la piratería anti-española en el Caribe y hasta en Gibraltar. Es la época del dominio holandés de los mares, de la piratería, el comercio y la leyenda del "Holandés Errante". Se estaba perfilando, pues, un poder marítimo de vocación comercial, que renunciaba totalmente a ejercer influencia en el Mediterráneo (hasta el punto de llegar a acuerdos con el Imperio Otomano, especialmente a través de la comunidad judía) y cuya orientación era ante todo atlantista.

En Holanda había arraigado fuertemente la herejía calvinista, que daba importancia al trabajo y a la iniciativa para alcanzar la meta más importante de esta vida: prosperar. Gracias a eso y a la presencia de una próspera comunidad judeo-sefardita (establecida en Ámsterdam tras ser expulsada por la Inquisición de Amberes, España y Portugal), en 1602, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, de la que hablaremos enseguida, fundó una nueva bolsa de valores en Ámsterdam, ciudad que se convirtió inmediatamente en el centro diamantero de Europa, reemplazando además a Lisboa como puerto de entrada para la codiciada mercancía. Los fenómenos especulativos, tan típicos del capitalismo liberal, no tardarían en aparecer, siendo el más famoso la absurda burbuja de los tulipanes, en la que por una sola de estas flores se llegó a pagar el precio de una mansión o el salario de un artesano bien pagado durante quince años. Una diminuta élite comercial había importado los tulipanes desde el Imperio Otomano, promocionando la flor para manipular su demanda y acumular dinero. La burbuja de los tulipanes pinchó en 1638 produciendo una gran crisis.

Elías van Cuelen, el arquetipo de mercader holandés del Siglo XVII. Las ideas calvinistas, que triunfaron en la casta comerciante, habían predispuesto positivamente a la burguesía urbana con respecto al judaísmo, a diferencia de lo que pasaba en otros países europeos, especialmente en España y Portugal. En la burguesía urbana neerlandesa ―que constituía un mundo aparte con respecto a la Holanda rural y ancestral― eran populares los nombres hebreos (Abraham, Daniel, Elías, Isaac, Jacob, Samuel, etc.) y la mentalidad altamente pragmática y materialista, en consonancia con las antiguas tradiciones de negocios de los judíos. Incluso era común entre ellos la circuncisión. La rebelión calvinista de las Provincias Unidas en 1568 había sido, ante todo, una rebelión del joven capitalismo, de la casta burguesa mercantil, de las autoridades judías y  del mundo financiero y comercial, contra el mundo de la Tradición y del Antiguo Régimen. También fue una rebelión del fundamentalismo religioso contra el arte y el espíritu humanista-antropocéntrico del Renacimiento, del hombre-especialista contra el hombre-total. Aquí nace la mentalidad del "yanqui".

Holanda poseía un magnífico manpower (capital humano) y su gran densidad de población exacerbó su tendencia fuertemente marítima, aprisionada al sur por la católica Flandes (controlada por España) y al este por los principados alemanes, de tal modo que la única salida para sus ansias de conquista era el mar. Holanda se había convertido en la tierra prometida de todas las tendencias perseguidas y reprimidas por el Antiguo Régimen (cuáqueros, puritanos, etc.), pero muchas de estas tendencias considerarían incluso a Holanda como demasiado "antigua" y se lanzarían al mar buscando sus propias tierras prometidas en las Américas… o en Sudáfrica. Fueron holandeses de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales quienes fundaron Nueva Ámsterdam (rebautizada como Nueva York tras la Segunda Guerra Anglo-Holandesa) y quienes colonizaron partes de Sudamérica (incluyendo Nueva Holanda en Brasil). Desde Batavia (Indonesia), otra gran compañía neerlandesa, esta vez la de las Indias Orientales, controlaría el lucrativo comercio de las especias. En esta estrategia a caballo entre el Atlántico ("Indias Occidentales") y el Índico ("Indias Orientales"), Sudáfrica no podía sino volver a manifestarse como bisagra marítima.



SUDÁFRICA ENTRA EN LA HISTORIA

A partir de la unificación de Portugal con España en 1580, Holanda comenzó a atacar también las posesiones portuguesas, infiltrándose poco a poco hacia el Índico y adueñándose de los secretos portugueses de navegación. Mientras Portugal dominaba el estrecho de Malaca (actual Singapur), los holandeses pusieron su esfuerzo en dominar el de Sunda (actual Yakarta). En 1602, aquellos sectores del comercio holandés que deseaban llegar a las Islas de las Especias se organizaron entorno a la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC por sus siglas originales), imitando a la British East India Company, dos años más antigua pero todavía mucho más cutre en comparación. Buena parte del capital de la Compañía procedía de mercaderes de diamantes judíos. El Gobierno holandés dotó a la VOC de poderes extraordinarios: poseer ejércitos, construir fortalezas y firmar tratados con gobiernos extranjeros. En los sultanatos y espacios vírgenes del Sudeste asiático, la corporación empleó brutales tácticas de terrorismo para imponer su poder, hasta el punto de que a menudo los indígenas preferían matar ellos mismos a sus líderes para salvarse de la ira de los holandeses. Bajo el liderazgo de hombres como Jan Pieterszoon Coen, los soldados de la VOC se embarcaron en orgías de destrucción y violencia, sabiendo que la desestabilización y la inseguridad crearían una escasez de recursos, lo que a su vez mantendría altos los precios de las mercancías.  

El poderío marítimo de Holanda no estaba tan unido al Estado como a la iniciativa empresarial privada, representada por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), multinacional talasocrática que mantuvo un collar de perlas que llegaba hasta el Extremo Oriente. Desde Galle (Ceylán, actualmente Sri Lanka) y Batavia (la actual capital de Indonesia), los comerciantes holandeses manejaban un comercio que llegaba al Oeste a los estrechos de Mandeb y Hormuz, y al Este hasta China, Formosa (Taiwán), Japón y las codiciadas Islas de las Especias (las actuales Molucas). Para llegar a Occidente, todas estas mercancías se veían antes canalizadas, como en un embudo, hacia el Cabo de Buena Esperanza. Entre 1602 y 1796, se calcula que la VOC mandó a un millón de europeos a trabajar en el comercio asiático en 4.785 naves y transportando 2,5 millones de toneladas de mercancías, monopolizando casi totalmente el lucrativo comercio de las especias. En comparación, el resto de Europa combinado mandó solo 882.412 personas entre 1500 y 1795. La Compañía Británica de las Indias Orientales, la "pobre" competidora de la holandesa, transportó un quinto del tonelaje sobre 2.690 barcos. La VOC fue manejada con puño de hierro por un consejo de diecisiete hombres de Ámsterdam.

En 1649 hubo una revolución en Inglaterra que sentaría las bases para el futuro imperio de la City de Londres, mal llamado Imperio Británico. El militar y fundamentalista puritano Oliver Cromwell, al frente de una extraña coalición que incluía al Parlamento inglés, a una facción militar, a diversas sectas protestantes, a la burguesía comercial urbana y a un grupo de diez mil matones en Londres, dio un golpe de Estado, decapitó al rey (algo insólito en la Europa del Antiguo Régimen, donde el rey era visto como una figura folklórica, paternal y protectora), se impuso como dictador y proclamó la República de Inglaterra, Irlanda y Escocia, a la que llamó la Commonwealth. Cromwell, que creía firmemente estar guiado por Dios, estuvo financiado por poderosos judíos de Ámsterdam, descendientes de sefarditas expulsados de España y Portugal: el rabino cabalista Manoel Dias Soeiro (mejor conocido por su nombre hebreo Menasseh ben Israel), Antonio Ferdández Carvajal (Moses Carvajal), Abraham Coen Gonsales y otros. Estos círculos financieros de Ámsterdam consiguieron que Cromwell permitiese a los judíos, expulsados en 1290, volver a Inglaterra. Parece claro que el objetivo de la camarilla judía de Ámsterdam era tomar el control del Gobierno y de la economía de Inglaterra, en la que veían un vasto manpower y potencial comercial. Aquí es donde se debería buscar el motivo del crecimiento de Inglaterra a costa de la decadencia de Holanda: en las camarillas financieras que decidieron retirar su capital de Ámsterdam y utilizarlo para apostar por Londres. Muchos de estos judíos fueron responsables de la Leyenda Negra española e incluso inventarían que las perdidas diez tribus de Israel se hallaban en los Andes, con la esperanza de que Inglaterra u Holanda intervendrían para desestabilizar al Imperio Español y obtener una cabeza de puente en el litoral pacífico de América, preferiblemente en Chile o Ecuador. Los judíos de Ámsterdam, esta vez encabezados por Solomon Medina (el primer judío de la historia ordenado caballero en Inglaterra), volverían a colocar a un agente suyo en Londres en 1689: Guillermo III de Orange.

Para establecer el imperio financiero de las autoridades judías en Inglaterra, era necesario derribar antes las tradiciones del Antiguo Régimen mediante una violenta revolución cultural, que tuvo lugar en 1649, recién terminada la Guerra de los Treinta Años. El dictador Oliver Cromwell (izquierda), financiado por Menasseh ben Israel (derecha), era un fundamentalista puritano ―es decir, calvinista de la rama inglesa― que destruyó gran cantidad de patrimonio artístico ("idolatría"), arremetió contra las tradiciones folklóricas del pueblo (paganismo, brujería), persiguió sin piedad a los católicos y llevó el terrorismo de Estado a Irlanda, de donde mandó a muchos habitantes como esclavos a las colonias penales de Barbados y Bermuda. Irlanda le debe a Cromwell la pérdida de un tercio de su población. En contraste, los judíos fueron bien tratados bajo su gobierno y se les permitió reasentarse en Inglaterra. El mandato de Cromwell marca la definitiva ruptura de Inglaterra para con el viejo orden, convirtiéndose en un pragmático y desalmado imperio comercial, ya libre de la influencia geobloqueante que sobre ella ejercía la católica Irlanda. La "vieja Inglaterra" folklórica, rural, de herencia céltica, romana, anglosajona, vikinga, normanda y netamente europea, quedó tocada de muerte. Sobre sus ruinas se alzó la Inglaterra talasocrática, comercial, industrial, burguesa, financiera, atlantista, urbana, conspiradora e imperialista, cuyos tentáculos no tardarían en extenderse por el mundo entero… incluyendo Sudáfrica.

En 1652, el holandés Jan van Riebeeck, oficial de la VOC, estableció en el Cabo de Buena Esperanza una terminal de reabastecimiento para barcos comerciales, azotados por la enfermedad y la muerte. Con el tiempo, esta humilde estación llegará a ser Ciudad del Cabo, un núcleo vertebrador comparable a lo que fue Río de Janeiro para Brasil. Van Riebeeck conocía tanto Japón (más exactamente, la isla artificial de Deshima) como Vietnam y organizó hábilmente la incipiente colonia, que en adelante sería administrada, no por la República Neerlandesa, sino directamente por la Compañía, en un modelo político parecido al de algunas colonias inglesas en Norteamérica. La VOC introdujo esclavos de Madagascar y Malasia, construyó una fortaleza, un taller de reparación de barcos y un hospital, y para obtener víveres recurrió a los indígenas hotentotes. A pesar de que la VOC no tenía intenciones de colonizar la zona, en 1657 aceptó a regañadientes el asentamiento de un grupo reducido tras tener problemas a la hora de obtener grano de la población hotentote local. En 1665, la comunidad holandesa (también había alemanes y suecos) todavía era muy reducida: había sólo 82 hombres y 8 mujeres. Parece claro que hubo también judíos en la apartada colonia, ya que poco antes de su constitución, Holanda había recibido una oleada de refugiados judíos que huían de los pogromos acaecidos durante la rebelión de Chmielnicki (o Khmelnytsky), una insurgencia cosaca en la actual Polonia. Muchos de estos judíos llegaron desesperados y aceptaron convertirse al protestantismo para poder conseguir un empleo con la VOC. Sabemos que en 1669 había judíos bautizados en la colonia de El Cabo, como Samuel Jacobson, un pastor, o David Heilbrom, establecido en la estratégica isla de Robben al norte de la colonia. Como los estatutos de la VOC no dejaban que los judíos fuesen empleados de la misma (aunque sí accionistas o directores), estos individuos serán criptojudíos hasta que la llegada de los ingleses en 1805, con sus políticas igualitaristas y su libertad de religión, les permita salir a la luz.

Kasteel de Goede Hoop, la ciudadela de El Cabo, fue construida en el Siglo XVII para asegurar el flujo del comercio holandés entre el Atlántico y el Índico.

Con el paso de los años, el emporio comercial de la Colonia del Cabo creció y necesitó un espacio vital agrario y ganadero para poder subsistir. Con ese objetivo, se liberó de sus contratos a varios trabajadores de la VOC para que pudieran establecer granjas, arraigarse a la tierra y ponerla a producir comida. El objetivo: que la colonia fuese autosuficiente. Estos "burghers (ciudadanos) libres" serían conocidos como bóers ("granjeros" en holandés), comenzaron a ascender por el río Liesbeek y finalmente continuaron alejándose de la costa. Estaban destinados a romper con sus orígenes marítimos y comerciales y abrazar el modo de vida continental y productivo, produciendo una importantísima ruptura en la colonia que señala la clave de la geopolítica: el enfrentamiento entre potencias telurocráticas y potencias talasocráticas.

Para la década de 1670, la VOC empleaba a los hotentotes como mano de obra y fuente de información sobre el terreno, en ocasiones llegando a mezclarse racialmente con ellos. A cambio de grandes cantidades de brandy y tabaco, los hotentotes proporcionarían ganado a los colonos y les enseñarían a moverse y sobrevivir en el nuevo entorno africano, al que los europeos no estaban acostumbrados. Con el tiempo, algunos colonos se adentrarían hacia el interior del territorio, pasando a ser pastores itinerantes (trekboeren) o agricultores y artesanos de frontera (grensboeren). Estos granjeros no podían ya contar con la protección de los soldados de la VOC, por lo que se armaron y en adelante se ocuparon de su propia seguridad, sentando las bases para una sociedad altamente móvil y telúrica (continental). En los primeros comienzos de los bóers, había pocas mujeres blancas y muchos de ellos tomaron esposas hotentotes o esclavas malayas o de Madagascar, engendrando a la casta kleurlinge (coloureds en inglés, o "coloreados"), que en el futuro Apartheid tendrían su propio estatus social. Más despectivamente, a estos mezclados se les llamaría basters: bastardos. Los colonos holandeses, al parecer, no tenían el sentido de la exclusividad racial tan desarrollado como los colonos ingleses de Norteamérica, o bien el clima más suave de Sudáfrica producía una relajación de la conciencia étnica tradicional.

Primera expansión de los holandeses en El Cabo, Siglo XVII.

En 1679, un nuevo gobernante, el comandante Simon van der Stel (que tenía un cuarto de sangre hindú procedente de Goa), incrementó la colonización holandesa, estableciendo nuevos asentamientos, como Stellenbosch, un poblado 50 km al este de Ciudad del Cabo donde la colonia abandonaba definitivamente su carácter comercial, marítimo y esclavista por un estilo continental, autosuficiente, agro-pastoral y productivo. El comandante estimuló la inmigración de Europa, especialmente holandesa, para poblar estos nuevos proyectos.  

En 1688 llegaron más protestantes a la colonia, esta vez hugonotes (rama francesa del calvinismo) que habían huido a raíz de la revocación del Edicto de Nantes por Luis XIV y que pretendían empezar desde cero en una nueva tierra prometida. Las autoridades de la VOC, temiendo que los hugonotes pudiesen actuar como quinta columna de Francia en un futuro, llevaron al cabo una política de asimilación, convirtiendo el holandés en el idioma oficial en iglesias y escuelas y dotando a la población blanca de cierta homogeneidad cultural. Estos franceses serían posteriormente los artífices de los célebres vinos sudafricanos.

Con el tiempo también llegarían escandinavos, irlandeses, escoceses, flamencos, valones, alemanes y frisios. Los mercenarios contratados por la VOC habían sido en un principio alemanes protestantes del Norte, incluyendo veteranos de la Guerra de los Treinta Años, que se agregaron con los demás al leve sustrato portugués presente en la zona desde el Siglo XV. En este conglomerado de europeos étnicos, se acabaría imponiendo el idioma holandés, que acabará adquiriendo sus propias peculiaridades y se denominará afrikaans. Aquellos que lo hablaban y lo consideraban su herencia serán conocidos como afrikáner.

Paralelamente, a principios del Siglo XVIII, los judíos controlaban aproximadamente el 80% de los diamantes de la VOC (en comparación con el 8% del resto de commodities). En 1725, justo cuando el suministro de diamantes de India parecía comenzar a agotarse, se descubrieron nuevos yacimientos en la colonia portuguesa de Brasil, y los holandeses de la WIC (la contrapartida occidental de la VOC) maniobraron para meter ficha en ellos, pero para mediados de siglo, los ingleses se habían hecho con el comercio y el centro diamantero mundial pasó a ser Londres. Amberes retuvo su estatus como factoría de control, tallado, pulido y distribución a todas las cortes europeas, que comenzaron a acoger a un nuevo personaje: el "judío de la corte", encargado, entre otras cosas, de evaluar la calidad de los diamantes. Las familias de "judíos de la corte" abundarían en Europa (familia Isaac en Suecia, familia Oppenheim en Austria, familia Lippold en Hamburgo).

En 1707 el censo de El Cabo arrojaba el número de 1.779 burghers. En 1750, ya ascendían a 5.500. Según Sudáfrica se iba llenando de holandeses a lo largo del Siglo XVIII, también comenzaron a llegar las señales de la nueva ideología iluminista-liberal: para 1772 ya se había establecido en El Cabo la primera logia masónica. Entretanto, el empuje de los bóers hacia el interior se había expandido enormemente. Primeramente se habían dirigido hacia el Norte, hasta que la tierra se tornó árida y desértica. Después la expansión siguió a través del Gran Karoo (zona semi-desértica) hacia el Este. Cien años tras el establecimiento del primer asentamiento holandés, los bóers ya comenzaban a aventurarse en expediciones dispersas más allá del río Orange, a unos 800 km de El Cabo. Entonces el empuje se detuvo: al Norte, había desierto, en el centro los bosquimanos comenzaban a oponer resistencia y en el Sureste encontraron un nuevo enemigo con una mentalidad mucho más guerrera que los pueblos khoisán: los xhosa, una etnia de origen bantú. El Gran Río Fish se convirtió en la frontera entre el mundo bóer y el mundo xhosa, aunque debido a su escaso caudal en Invierno, eran frecuentes las razzias en ambas direcciones, especialmente para robar ganado. Los bóers se vieron lo bastante libres como para establecer un par de repúblicas: Swellendam y Graaff Reinet.

A partir de 1779, los colonos europeos comenzarían a entrar en conflicto al Este con los xhosa, una etnia bantú. De 1779 a 1879, se lucharán numerosas guerras, conocidas como las Guerras Xhosa, las Guerras Kaffir o las Guerras de la Frontera del Cabo. Para finales del Siglo XVIII, los bóers, un pueblo insignificantemente pequeño, habían ocupado un territorio más grande que Francia. Desde El Cabo había miedo a perder el control de estos colonos y la VOC intentó implantar magistrados en las dos repúblicas, pero causaron una revuelta bóer y la Compañía tuvo que desistir.

En 1795 la colonia ya tenía más de 15.000 bóers y su estado era preocupante, ya que la VOC estaba casi en la bancarrota debido a sus numerosas deudas, y los xhosa eran difíciles de contener en el Este. Ese mismo año, la colonia fue ocupada por los casacas rojas de la Corona inglesa para evitar que la Francia revolucionaria, que había ocupado Holanda, se apropiase de la estratégica colonia. El tiempo daría la razón a los ingleses, ya que Napoleón se interesaría demasiado por Egipto, y la vertical de Suez-Cabo siempre fue de gran interés para Inglaterra, que emergería de las Guerras Napoleónicas como la principal influencia en ambos extremos del continente africano y la potencia marítima hegemónica del mundo. El fin más que obvio de Londres era controlar todas las bisagras entre el "Océano Occidental" y el "Océano Oriental", recreando la antigua división marítima vigente antes del descubrimiento del Cabo. Y es que los ingleses tenían miedo de que Francia o alguna otra potencia rival, pudiese rodear por mar el continente africano para causarles problemas en la Joya de la Corona: India, donde la presencia francesa, holandesa y portuguesa no era despreciable.

Click para agrandar. Desde la llegada holandesa hasta el dominio inglés. Inmigración europea, tráfico de esclavos, migraciones internas de tribus nativas y guerras xhosa. Fuente del mapa: Nieves López Izquierdo, Mapping the World, 2010. cartografareilpresente.org

La ocupación británica no fue aceptada de buen grado por las repúblicas bóers independientes, que se alzaron en armas contra los ingleses ―sin éxito, debido a la falta de una logística organizada y a la presión de los bantúes. Sin embargo, aquí reverdeció el antagonismo entre los bóers continentales-autosuficientes del interior y las autoridades imperialistas marítimas-comerciales de la costa. Esta distinción entre potencias continentales (telurocracias) y potencias marítimas (talasocracias) es la clave de la geopolítica, pues ambos modelos de poder territorial y organización de los espacios y de las sociedades son como los polos negativo y positivo de un circuito eléctrico: los extremos que proporcionan la tensión necesaria para el desarrollo del "Gran Juego" estratégico. Las telurocracias "productivas" tienden a conceder importancia a la relación entre el hombre y la tierra (la teoría alemana del Blut und Boden), mientras que la talasocracias "especulativas" tienden a conceder importancia al dinero y a las mercancías. Aunque los bóers descendían de grandes navegantes, se habían convertido definitivamente al estilo de vida continental. Este antagonismo entre bóers del interior e ingleses de la costa acabará dando lugar a dos terribles conflictos armados el siglo siguiente.

Entretanto, el año 1800, había ya 40.000 colonos europeos, de los cuales una minoría eran bóers. En la Convención de Londres de 1814, Holanda cedería formalmente la Colonia del Cabo (Cape Colony) a Inglaterra. La derrota de Napoleón había cambiado muchas cosas: Gran Bretaña quedaba consagrada como reina indiscutible de los mares y su único verdadero rival, el Imperio Español, sería desmantelado en cuestión de décadas por las intrigas inglesas, que tenían en la Masonería una fabulosa herramienta de subversión. Holanda se había convertido en un satélite inglés y la finanza internacional había sido tomada por la familia Rothschild en una audaz maniobra especulativa tras la Batalla de Waterloo. Nathan Rothschild se había hecho dueño de la economía británica, poseía lazos privilegiados con familiares suyos en Frankfurt, Viena, Nápoles y París, numerosos agentes en otros países (incluyendo en España) y no tardaría en extender su poder también por Sudáfrica.

Nathan M. Rothschild. Tras haberse adueñado de la economía británica en 1815, los Rothschild de Londres llegarán a ser la más importante dinastía financiera del mundo. Sus descendientes tendrán mucho que decir sobre Sudáfrica, como veremos en la segunda parte.

En 1815, la población bóer llegaba ya a 27.000 y empezaron a sucederse acontecimientos que incrementaron el malestar de los bóers. Para empezar, los funcionarios británicos eran celosos propagadores de la Ilustración que parecían ver a los hotentotes como el arquetipo del "buen salvaje" de Rousseau, y comenzaron a importar docenas de misioneros anglicanos cada año, dedicados a evangelizar y educar a los indígenas para integrarlos en la sociedad europea y equipararlos a los afrikáner al más puro estilo progre. Desde el principio se hizo claro que estos misioneros habían llegado a Sudáfrica cumpliendo una agenda impuesta desde arriba. En todas las disputas judiciales que tenían lugar entre amo bóer y sirviente hotentote, las autoridades británicas se ponían invariablemente del lado del sirviente, con los misioneros (quienes, igual que los masones, tenían al rey de Inglaterra como máxima autoridad) apoyando enérgicamente a los hotentotes. Más aun, cuando un bóer era llamado a juicio para responder ante una alegación de abuso por parte de su criado, significaba que debía abandonar a su familia durante semanas enteras, dejándola indefensa y a merced de ataques. Asimismo, el Imperio Británico, sabiendo que no podía confiar en los afrikáner, comenzó a reclutar hotentotes para imponer sus leyes en la colonia.

Uno de los resultados de esta política fue la matanza de Slagtersnek ese mismo año, cuando una patrulla de soldados coloreados (pandoere) mandados por un teniente blanco, asesinó a Frederik Bezuidenhout, un grenboere (bóer agricultor) que vivía en la frontera más alejada, dura y aislada de la colonia. Johannes, el hermano del asesinado, juró liberar al país de los tiranos, y junto con sesenta hombres más, se alzó en armas contra las autoridades en un intento de vengar la muerte de Frederick. La insurrección acabó rodeada por las autoridades imperiales, Johannes murió en una escaramuza y cinco de sus compañeros fueron condenados a muerte. Otros 34 insurgentes, entre los cuales había veteranos de las Guerras Xhosa, serían castigados de otros modos, incluyendo obligados a presenciar la ejecución de sus compañeros. La pena debía ser llevada al cabo en el mismo lugar donde los granjeros habían pactado la rebelión, pero en el momento de ser ahorcados, cuatro de las sogas se rompieron. En vez de conmutarles la pena, como era lo normal en esos casos, se volvió a ahorcarlos, esta vez con éxito. Los bóers de la frontera interpretaron la rotura de las sogas como una protesta de Dios ante las ejecuciones, y en adelante celebrarían el 9 de Mayo, aniversario del acontecimiento.

Monumento a la matanza de Slagtersnek.

El Imperio Británico, inmerso en una nueva oleada de liberalismo, siguió apretándoles las tuercas a los bóers. Una nueva oleada migratoria reflejaría el nuevo estado de cosas en 1820, con la llegada a Port Elisabeth de cinco mil colonos ingleses, incluyendo judíos. La intención de las autoridades era mandar a estos uitlanders (foráneos, extranjeros) hacia el Este del país, hacia lo que hoy es Mozambique, para que contuvieran la agresiva expansión de los pueblos bantúes. Así se fundó Albany, un islote de habla inglesa en un mar de habla afrikaans. En 1822 el inglés fue declarado único idioma válido para el gobierno y los tribunales, y seis años después se prohibió el holandés en las iglesias y la administración. Además, por primera vez, se declaró la libertad de culto y los judíos pudieron "salir del armario" practicando su religión en público y rompiendo aun más la homogeneidad cultural. Los bóers también veían que la protección de los soldados británicos no era suficiente para contener los ataques y robos de ganado por parte de los xhosa en torno al río Kei, y que tendrían que poder ocuparse ellos mismos de su propia seguridad.

Londres comenzó a introducir derechos para la población indígena y en 1833 colmó la paciencia del resto de europeos étnicos cuando abolió la esclavitud ―la logia de Ciudad del Cabo no perdía tiempo. Todos los esclavos debían ser emancipados; el Imperio Británico pagaba una indemnización a los amos, pero era muy reducida y, para más INRI, había que viajar a Londres para cobrarla. Muchos esclavos libertos no tenían otro modo de ganarse la vida y recurrieron al hurto. A esto se añadieron varios conflictos fronterizos con los xhosa en el Este en 1834 y el aumento del precio de la tierra, así como una sequía. Incluso la mismísima Iglesia Holandesa Reformada empezó a ser vista como un intento de retomar el control por parte de la antigua oligarquía comercial de El Cabo, y empezaron a surgir nuevas opciones religiosas, como los doppers, un pequeño y estricto grupo de puritanos caracterizados por su austeridad en la vestimenta, en el habla y en el culto religioso y que, aunque pocos en número, tenían una gran cultura y llegarían a ejercer una influencia desproporcionada en tiempos futuros. Hay que dejar claro que Londres no prohibía la esclavitud por humanitarismo, sino por pragmatismo: su industria crecientemente compleja precisaba de mercados extranjeros con mayor poder adquisitivo y le interesaba que los negros fuesen capaces de ganar un salario, consumir, pedir un crédito y endeudarse.

En general, los bóers veían la Ilustración como una "revolución" contra su Dios y su forma de vida. Muchos afrikáner, especialmente los bóers, habían desarrollado una cultura aristocrática, dominante y cuasi-feudal, consideraban que la equiparación de kaffires y blancos violaba la ley de Dios y decidieron huir de las imposiciones de Londres igual que sus antepasados habían huido de las imposiciones del Vaticano siglos atrás. El calvinismo tenía esa vena de independencia, libertad, rebelión e identidad de grupo, según la cual, si no te gusta la república que te gobierna, te marchas con tu gente y fundas tu propia república. En 1835, los bóers fueron consecuentes con sus ideas y comenzarían a emigrar, posiblemente lamentando dejar en manos de los ingleses una vasta tierra que habían conquistado ellos. La historia de esta gran emigración (el "Gran Trek") la veremos en la segunda parte de este artículo.



BREVE SEMBLANZA DEL BOERVOLK

Sin presión, no hay diamantes.
(Thomas Carlyle).

Llegados al final de la primera parte, y antes de profundizar en la gran migración, se hace muy necesario, como en todos los procesos históricos, prestar atención al tipo humano que los protagonizó ―algo poco común en la historiografía moderna que, fuertemente influenciada por la historiografía marxista, no cree que la voluntad humana sea el motor de la Historia, considerando ésta como una conjugación azarosa de procesos materiales, especialmente económicos. En el caso que nos ocupa, no nos queda otra que estudiar el carácter y el perfil psicológico del gran protagonista de esta era: el granjero afrikáner ―el diamante más valioso de Sudáfrica.

La palabra boer es la versión holandesa del bauer (campesino) alemán. El bóer era, ante todo, un tipo duro. Sus antepasados ya llevaban dos siglos viéndoselas con las tribus africanas cuando los Estados europeos comenzaron a abrirse paso en el continente en el Siglo XIX. De estirpe principalmente germánica y céltica, sano, bien alimentado, acostumbrado a vivir en la intemperie, gran cazador, excelente carnicero y con un enorme conocimiento del terreno, sus habilidades de rastreo, orientación y supervivencia en muchos casos las había aprendido de las tribus bosquimanas indígenas, del mismo modo que los colonos norteamericanos las aprenderían de los indios nativos. Debido a su dieta principalmente cárnica, los bóers eran descritos (por ejemplo, por los ingleses) como un pueblo de gente a menudo alta y grande. Utilizaban sombreros de ala ancha para protegerse del Sol y de la lluvia, usaban cráneos de buey como banquetas y en poco más de un par de generaciones, sus antepasados se habían hecho resistentes a las enfermedades africanas. El bóer formaba parte de una vanguardia de colonización y civilización en un continente salvaje y primario, una tierra donde aun se mataba con la lanza, la flecha y el cuchillo, donde ni las mujeres ni los niños podían esperar piedad y donde la diplomacia y la intriga estaban fuera de lugar, muy lejos de la civilizada Europa. El bóer era también desde el principio un gran jinete, un buen tirador y un excelente combatiente (especialmente guerrillero), y a los 13 ó 14 años ya se le consideraba lo bastante hombre como para irse de "comando" con sus padres y hermanos mayores.



Las mujeres bóer eran de armas tomar en un sentido totalmente literal, ya que agarraron el fusil y el cuchillo no pocas veces. Sabían dónde encontrar agua, cómo preparar un animal para ser cocinado, conocían las plantas comestibles de su entorno y desde pequeñas se ocupaban de cuidar a sus hermanos menores. En muchos momentos de desesperación y flaqueza, fueron ellas las que animaron a sus hombres a seguir adelante. Industriosas y sufridas, estas mujeres preferían ser madres a amantes, trabajadoras activas antes que mantenidas pasivas, respetadas antes que deseadas. A los veintipocos años ya formaban su propia familia y a lo largo de sus vidas lloraron amargamente la muerte de muchos padres, hermanos, hijos y esposos asesinados por las tribus bantúes. En más de una ocasión, tuvieron que presenciar la tortura, violación y muerte de sus hijos e hijas a manos de los bantúes antes de sufrir ellas la misma suerte. La suya era una vida de tragedias, sueños quemados y corazones rotos, pero de la unión de estos hombres tan machos y estas mujeres tan hembras nació un pueblo fuerte y curtido, con una voluntad férrea de sobrevivir: la humanidad indoeuropea en su máxima expresión.

También deberíamos dar gran importancia al imaginario colectivo del tipo humano protagonista de la historia, en este caso, a la "ideología bóer", ya que al siglo siguiente esta ideología cristalizará en sociedades secretas afrikáner y en el sistema de castas del Apartheid. El bóer era esencialmente un WASP, es decir, blanco, anglosajón (la antigua invasión anglosajona de Gran Bretaña partió de costas holandesas entre otras) y protestante, y esto define en buena medida su mentalidad. Profundamente religioso, el bóer se identificaba con el Antiguo Testamento leído en clave germánica; ésa era su mitología: la historia de un pueblo itinerante y pastoral, en busca de una tierra prometida en la que asentarse, negándose a dejarse dominar o asimilar por los pueblos que lo rodeaban, combatiendo a docenas de tribus hostiles, escapando de los imperios opresores y siguiendo el mandato de un Dios al que rezaban y cantaban con devoción ―aunque, como buen protestante, el bóer nunca destacó en arte material, sino que sublimaba su espiritualidad en la música, la oratoria y el trabajo, sabiendo que nada le sería dado gratis y que todo lo que quería lo alcanzaría sólo mediante el esfuerzo. Los bóers no se identificaban con el trasfondo, mucho más pacífico y universalista, del Nuevo Testamento, sino que consideraban que estaban repitiendo la historia del Éxodo; sus enfrentamientos con las tribus indígenas llevaron a algunos a pensar que ellos eran el nuevo "pueblo elegido" y que el hombre blanco era la creación más elevada de Dios, hecha "a imagen y semejanza" del Señor.

A pesar de su fama tosca, rural y simplona, la realidad es que, gracias a la Biblia, los bóers tenían un altísimo índice de alfabetización para la época, su constitución física era mucho más sólida que la del campesino europeo promedio y, como los puritanos en Estados Unidos, estaban familiarizados también con los autores de la antigüedad europea clásica. Aborrecían cualquier forma de gobierno (oficiales de la VOC, autoridades imperiales británicas… incluso la mismísima Iglesia Reformada Neerlandesa) que no emanase de ellos mismos, ya que se veían como un pueblo dominante, despreciaban toda burocracia y su pensamiento político puede ser descrito como verdaderamente democrático y libertario, con una intensa pasión por la independencia, la familia, la autosuficiencia y la soberanía individual. En muchos sentidos, su ideología se aproximaba bastante al anarquismo.

En la sociedad protestante ―especialmente la rígida y militante sociedad calvinista― no existía una figura comparable al católico hidalgo "pobre pero con honra", ni tampoco instituciones de caridad comparables a las del mundo católico, donde se velaba por proteger o subvencionar anti-eugenésicamente a personas que a menudo eran incapaces de condición, con el objetivo de mantener bolsas sociales adictas, estómagos agradecidos, ingenieros sociales y redes de Inteligencia a pie de calle. ¿Cómo iba un hombre a ser amado de Dios si era incapaz de prosperar por sus propios medios, si no era capaz de trabajar en equipo o si era indeseable para sus semejantes? Esta mentalidad protestante tendió a engendrar sub-castas de "basura blanca", individuos que quedaron fuera del orden colectivo, que carecían de la más elemental cultura y que involucionaron a lo largo de generaciones de endogamia. Sin embargo, el resto del cuerpo social estaba libre de controles oficiales, tenía una extraordinaria autosuficiencia económica y una sólida cohesión tribal.

En el Antiguo Régimen, las sociedades católicas eran mucho más liberales socialmente que las protestantes: las fiestas abundaban, el vino corría y el carnaval, heredero de las saturnales y bacanales romanas, permitía la manifestación controlada del caos orgiástico-dionisiaco acumulado a lo largo del año ―que si había algún desliz, una oportuna confesión podía ponerle remedio. En el mismísimo Vaticano, por lo demás, se esculpieron dioses y diosas paganos en diversos grados de desnudez y, para mantener la "paz con Dios", se instauraron órdenes religiosas de frailes y monjas, que encerrados en sus monasterios y conventos, realizaban todos los sacrificios religiosos necesarios para redimir al resto de la sociedad de sus pecados.

La sociedad calvinista, en cambio, había abolido el mundo monacal y del alto clero, pero a cambio impuso una estricta militancia religiosa a todos sus miembros. Todo el mundo debía conocer la Biblia bien, eso de esculpir dioses paganos no estaba en concordancia con la palabra de su Dios, confesarse no valía para borrar una falta, no existía el colorido aire festivo del mundo católico y el carácter social era más bien tirando hacia lo apolíneo y sobrio. En vez de cultivar minorías altamente ascéticas e iluminadas, los calvinistas querían que toda la sociedad adoptase cierto grado de ascetismo para poder hablar con Dios "de tú a tú", sin intermediarios. A diferencia del mundo católico ―que era un orden jerárquico por castas, debido a una gran diversidad étnica y social―, los calvinistas procedían de zonas étnicamente bastante homogéneas y no veían la necesidad de una jerarquía por castas más allá del simple reconocimiento social y la lealtad entre hombres libres.  

Hasta hoy, los bóers han conservado los rasgos idiosincrásicos de un pueblo que se niega a ser exterminado.

En cuanto al modo de vida de este esqueje del árbol europeo, era muy similar al de las primeras sociedades indoeuropeas de la estepa eurasiática, desplazándose en caravanas compuestas de vagones de madera tirados por bueyes y alimentándose de la ganadería, la caza, la pesca y la recolección. Siendo una tribu nómada, la agricultura, propia de sociedades sedentarias, no se encontraba en la base de su sustento, y por tanto su dieta carecía de cereales, azúcares refinados y similares. Una familia bóer típica poseía varias cabezas de ganado, un carro cubierto, una tienda de campaña y varias armas de fuego. Las mujeres iban dentro de los vagones, los niños o criados los conducían y los hombres iban montados a caballo alrededor de la caravana, explorando en busca de amenazas o lugares idóneos para pasar la noche. Este régimen de marcha les permitía hacer 8-15 km en un día. En situaciones de peligro, formaban con los carros un laager (círculo fortificado); los hombres se colocaban en el exterior a modo de barricada, y las mujeres, ancianos y niños en el interior protegido. Estos fortines improvisados podían levantarse con gran rapidez y constituyeron verdaderos castillos móviles. En ocasiones, mandaban hombres a Ciudad del Cabo para comprar pólvora, pieles, marfil, cera de abejas, café, herramientas agrarias o para organizar matrimonios. Perfectamente comparables a los vaqueros norteamericanos, los conquistadores españoles, los gauchos sudamericanos, los bandeirantes portugueses o a los cosacos rusos, los bóers, a diferencia de los cowboys, no han tenido ninguna publicidad, y a diferencia de los cosacos, ya no se encuentran apoyados por ningún Estado. A pesar de ser claves en la apertura, conquista y pacificación de vastos espacios africanos, el mismo Imperio Británico les acabará dando la espalda, abandonándoles a su suerte y apropiándose de sus conquistas.

Estos vanguardistas, equivalentes a los pioneros puritanos en Estados Unidos, son conocidos como voortrekkers, y sentaron las bases de un sentimiento popular que en el Siglo XX acabaría absorbiendo incluso a los "holandeses del Cabo": la identidad del boervolk o pueblo bóer. En la psique colectiva de este pueblo acabaría formándose toda una mitología en la que tenían enorme importancia los traumatizantes encuentros con los indígenas a la hora de justificar el posterior Apartheid ―algo muy similar a lo que pasó tras la invasión indo-aria de India con la implantación del sistema de castas 3300 años antes.

Todavía en pleno Siglo XXI, los afrikáner de origen bóer se encuentran entre los mercenarios más cotizados por las compañías militares privadas, especialmente en África, donde su actuación (por ejemplo, en el Congo) decidió el auge y la caída de regímenes políticos enteros a lo largo de toda la Guerra Fría.

Casco militar holandés, Siglo XVII.




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