domingo, 5 de mayo de 2013

"Nutrición y degeneración física" —el crucial estudio del Dr. Price


Una larga experiencia quirúrgica me ha demostrado de forma concluyente que hay algo radical y fundamentalmente equivocado en el estilo de vida civilizado, y creo que, a menos que las costumbres dietéticas y sanitarias de las naciones blancas sean reorganizadas, la decadencia social y el deterioro de la raza son inevitables.
(Sir William Arbuthnot Lane, 1856-1943, cirujano escocés y uno de los profesionales sanitarios más distinguidos del Reino Unido en su tiempo).


Es bien sabido que la dentadura, por lo milimétrico de su configuración, es un buen indicativo de la salud de un individuo: durante las épocas de esclavismo, lo primero que solía hacerse antes de adquirir un esclavo era comprobar el estado de su dentadura, para ver si se trataba de un individuo bien constituido y alimentado correctamente desde la infancia. Tradicionalmente las unidades militares de élite concedían también mucha importancia a la salud dental y, a día de hoy, se sigue dando prioridad a individuos de dientes sanos para ser astronautas, pilotos o buceadores. Actualmente, la frecuencia de caries y defectos dentales entre los países más modernizados ronda el 85-99%, tratándose quizás de la afección más común. Además, existían otros problemas comunes, como por ejemplo la falta de espacio para las muelas del juicio, debido a un subdesarrollo de la mandíbula, que a su vez evidenciaba una falta de desarrollo del esqueleto. Eso, junto con los cuerpos desvencijados y la salud deplorable de la inmensa mayor parte de la población "civilizada" actual, era evidencia más que suficiente de que, ya en los años 30 del siglo pasado, algo olía a podrido en el estilo de vida moderno.

Uno de los especialistas que percibió agudamente este hecho fue el Dr. Price (1870-1948), un dentista y nutricionista americano de Cleveland, Ohio, que estaba escandalizado por los índices de deformaciones dentales y mandibulares que se estaban alcanzando en su país, hasta el punto de que era prácticamente imposible encontrar a alguien con una dentadura normal y bien ajustada.
  
  
El Dr. Weston A. Price (1870-1948), llamado "el Darwin de la nutrición", procedía de una estirpe de calidad. Era el noveno de doce hijos, entre los cuales se contaban un inventor, un médico, dos dentistas, un ministro metodista y un granjero de éxito. Un sobrino suyo fue un famoso escritor y explorador para el National Geographic. La familia Price podía rastrear su origen a un linaje de nobles célticos centrados en la población de Brecon, en Gales (Gran Bretaña), desde al menos el año 230 EC.
  
Price, muy familiarizado con los beneficios de la vida de campamento, estaba convencido de que estos defectos dentales no eran genéticos, sino que se debían a una serie de hábitos antinaturales, especialmente alimentarios, dañinos para la salud. Él consideraba que la dentadura es la primera línea de frente para las "alertas sanitarias" del cuerpo, que la pésima salud dental de las naciones occidentales era sólo el principio, y que evidenciaba un grave problema nutricional y sanitario que amenazaba con provocar la caída de la raza blanca. Su búsqueda de la dentadura perfecta lo llevó a realizar un estudio de 10 años, durante los cuales viajó con su esposa Florence por zonas aisladas de todo nuestro planeta, con el objetivo de estudiar a miles de individuos de comunidades "primitivas" que no habían sido tocadas por la civilización industrial —y a veces ni siquiera por la agricultura.
  
Los grupos estudiados por Price incluían pueblos apartados de los valles suizos, comunidades de herencia céltica de las Islas Hebridas Exteriores, pescadores irlandeses de habla gaélica, indígenas de ambas Américas, esquimales, isleños melanesios y polinesios, diversas tribus africanas, aborígenes australianos, maoríes neozelandeses, etc. Entre estas gentes, de composiciones raciales, dietas y procedencias extremadamente diversas, el Dr. Price encontró una proliferación de arcos dentales totalmente perfectos y en sintonía con el plan de la Naturaleza. Ello venía a confirmar sus sospechas de que, en la mayor parte de casos, la decadencia dental se debía a deficiencias nutricionales (tanto de los padres como del mismo individuo durante su etapa de crecimiento), no a defectos genéticos hereditarios.
  
  
Nativos de la Isla de Harris, en las Islas Hebridas Exteriores, al noroeste de Escocia. Son hermanos, sin embargo el de la izquierda usa comida moderna y el de la derecha sigue con la dieta tradicional de sus antepasados. El primero tiene una dentadura defectuosa y una cara estrechada debido a un desarrollo esquelético mal efectuado (debido, a su vez, a una deficiencia o mala asimilación de minerales). El segundo tiene una cara ancha, una dentadura perfecta y mejor constitución física.
  
  
El cuadro era similar en todas las etnias "primitivas" que visitó el Dr. Price: rostros anchos, aletas nasales desarrolladas, arcos dentales afilados y encajados con perfección milimétrica, tasas de caries de menos del 1%, en suma: buena salud. Estos individuos son de procedencias y composiciones raciales muy diversas, pero todos tienen en común su adhesión a la dieta tradicional de sus respectivos antepasados y su consideración como "aldeanos", "atrasados", "pobres", "paletos", "poco desarrollados" e incluso "tercermundistas", por parte del mundo moderno. Sin embargo, ninguno de estos individuos ha necesitado pasta de dientes, cepillos, antisépticos bucales, ortodoncia, dentistas o cirujanos plásticos para tener una dentadura totalmente perfecta.
  
  
  
RASGOS DE LA DIETAS TRADICIONALES
  
Price pronto se dio cuenta de que la perfección de los arcos dentales era sólo la punta del iceberg, y que la salud de los individuos examinados iba muchísimo más allá de la dentadura. Estas son algunas de las ideas que sonsacó sobre las dietas tradicionales en su estudio, Nutrition and Physical Degeneration ("Nutrición y degeneración física"):
   
• Los análisis de laboratorio revelaron que las dietas tradicionales contenían cantidades extraordinariamente altas de proteínas y aminoácidos. Todas las dietas tenían al menos una fuente de proteína cruda y no-alterada, procedente de carne, marisco, pescado, nueces, huevas de pescado ("caviar") o semillas germinadas de alta calidad. Hoy sabemos que la revolución carnívora es la que nos hizo evolucionar, desarrollando nuestro cerebro y convirtiéndonos en humanos.
  
• Las dietas tradicionales aportaban, como poco, cuatro veces la cantidad de vitaminas hidrosolubles (que se disuelven en agua, como la B y la C), de calcio y de otros minerales, que las dietas industriales modernas.
  
• También aportaban, como poco, diez veces (!) la cantidad de vitaminas liposolubles (que se disuelven en grasa, como la A y la D) que las dietas industriales modernas. Estas vitaminas, además, se absorbían mucho mejor gracias a la abundancia de grasas animales en la dieta. Las vitaminas liposolubles actúan como catalizadoras para la absorción de minerales, la producción de testosterona, la mejor utilización de las proteínas y la construcción de tejidos, por lo que su efecto más notable es una mayor corpulencia tanto en lo óseo como en lo muscular.
  
• Elevada ingesta (más elevada cuanto más baja era la temperatura ambiente) de grasas saturadas de origen animal. Según las zonas, estas grasas procedían de la mantequilla, el pescado, el marisco, los órganos animales o el aceite de foca, ballena o hígado de bacalao. Según la etnia y la latitud (por regla general, más grasa cuanto más al Norte y más frío), la grasa constituía del 30 al 80% de calorías de la dieta, de las cuales sólo el 4% venía de aceites poliinsaturados de origen vegetal. El balance de calorías obtenidas de la grasa era principalmente entre ácidos grasos saturados y monoinsaturados. La grasa animal aportaba diversos factores liposolubles, incluyendo las mencionadas vitaminas y un elemento llamado "Activator X" por Price, que ahora se cree es la vitamina K2.
  
• Las dietas "primitivas" contenían cantidades similares de ácidos grasos esenciales omega-6 y omega-3. Esto contrasta con las dietas modernas, que tienen muchísimo más omega-6 que omega-3. (Actualmente, para obtener omega-3, además de vitaminas liposolubles, es recomendable tomar aceite de hígado de bacalao).
  
• Tenían alto contenido en enzimas y bacterias beneficiosas procedentes de vegetales lacto-fermentados, frutas, bebidas, derivados lácteos, carnes y condimentos.
  
• Los productos de origen animal, especialmente los procedentes de la caza y el marisqueo, gozaban de excelente consideración. Las carnes de órganos (especialmente hígado, corazón, sesos, criadillas, tuétano y riñones) tenían el mayor prestigio, seguidas por las grasas y las carnes musculares.
  
• Los métodos de almacenamiento y conservación de alimentos apenas alteraban el perfil nutritivo de la comida: enterramiento, desecación, deshidratación, congelación (sólo en los climas fríos), etc.
  
• La mayor parte de los alimentos se comían crudos, poco cocinados o cocinados de manera extremadamente lenta y prolongada, "a fuego bajo", de modo que se conservaban todos los nutrientes intactos. Uno de los métodos observados para cocinar carne "a fuego lento" era hacer un hoyo en el suelo, colocar piedras ardientes, cubrirlas de hierba, colocar carne encima, más hierba encima, cubrirlo todo de tierra y dejar entre medio día y un día.
  
• Ningún alimento estaba refinado, desnaturalizado, adulterado o despojado de fibras. Esto contrasta con abominaciones modernas como el azúcar refinado, el jarabe de maíz alto en fructosa, la harina blanca, las comidas enlatadas o en sobre, la leche pasteurizada, homogeneizada o desnatada, las grasas hidrogenadas o los aditivos químicos.
  
• Las etnias que practicaban la agricultura lo hacían en suelos con riqueza mineral natural, y no utilizaban pesticidas ni abonos químicos. Asimismo, tenían mucho cuidado de no agotar la riqueza mineral del suelo, dejándolo reposar y no sobreexplotándolo mediante una agricultura demasiado intensiva.
  
• Había acceso a fuentes de agua mineral natural de alto valor para el organismo humano. No existía la contaminación y no era necesario tratar el agua con aditivos tóxicos como el cloro o el flúor. A diferencia de la sociedad industrial, no se canalizaba el agua por tuberías metálicas que aportaban metales tóxicos para la salud humana.
  
• Las semillas, las nueces, los granos de cereales, las leguminosas y otros alimentos problemáticos eran puestos a remojo, germinados, fermentados o levados para neutralizar ciertos anti-nutrientes naturales (como inhibidores enzimáticos, taninas y ácido fítico). Sólo después de esta preparación se consideraban aptos para el consumo humano.
  
• Todas las etnias examinadas llevaban al cabo actividad física intensiva en el día a día. Esta actividad podía venir en la forma de deportes, trabajos de campo, construcción de casas, juegos, danzas folklóricas, concursos y competiciones, caza, desplazamientos nomádicos o recolección.
  
• Todos los individuos pasaban buena parte del día fuera de casa, en contacto con el aire puro y la luz del Sol, y ello incidía positivamente en sus niveles de vitamina D, que a la vez incidían positivamente en la fortaleza esquelética y otros factores. Además, estaban poco protegidos contra las intemperies de todo tipo.
  
• Generalmente los dulces, incluso los naturales, se comían con poca frecuencia, y cuando se hacía era con ocasión de rituales o festividades especiales.
  
• Todos los grupos observaban etapas periódicas de ayuno total, durante los cuales no ingerían absolutamente nada que no fuese agua. Estos ayunos tenían un papel ritual relacionado con la purificación y ayudaban a depurar la corriente sanguínea, purgar toxinas y renovar los tejidos del organismo.
  
• Importancia de la alimentación preconceptual y prenatal. En todas las etnias, se prestaba atención a la alimentación de las parejas jóvenes durante la "luna de miel". Tanto para el esposo como para la esposa, durante la etapa de concepción, se les reservaba una mayor proporción de productos de origen animal densos en nutrientes (huevos, pescado, marisco, caza, etc.), para aumentar la vitalidad, la libido, la calidad del semen del varón y las reservas biológicas de la mujer con vistas al embarazo (actualmente sabemos que las reservas de vitamina A en el cuerpo de la mujer se agotan durante el embarazo y es necesario reponerlas). Estos alimentos también eran considerados importantes para la mujer durante la gestación y la lactancia, y después de eso, para el niño durante los años de crecimiento. Se consideraba que estos procesos daban como resultado niños fuertes, sanos e inteligentes.
  
• Se hacía uso de los huesos animales, generalmente en la forma de caldos de hueso ricos en gelatina, que ayudaban al cuerpo a desintoxicarse y aportaban gran cantidad de minerales de alta biodisponibilidad.
  
• Todas las madres amamantaban ellas mismas a sus hijos, lo hacían durante un tiempo más prolongado que en las sociedades civilizadas y no tenían problemas en la producción de leche materna.
  


LECCIONES DEL ESTUDIO DE PRICE
  
Los resultados de estas condiciones de vida tan ideales no se hacían esperar. En el mencionado estudio, el Dr. Price sonsacó interesantes conclusiones acerca de la calidad biológica de los pueblos "atrasados", con vistas a mejorar la alimentación y constitución física de los pueblos "adelantados":
  
1. Constitución esquelética óptima. Debido al mayor aporte y mejor absorción de vitaminas (especialmente liposolubles) y minerales, así como a la elevada ingesta de grasas, la densidad ósea de los individuos era mucho mayor que la de sus compatriotas "civilizados". Esa densidad ósea se manifestaba en un esqueleto mejor mineralizado y más pesado, y un rostro más ancho. El rostro más ancho se manifestaba a su vez en una mandíbula más ancha, con lo cual los dientes no se apelotonban y crecían ordenados y rectos, con sitio de sobra para las muelas del juicio. Además de formar arcos dentales perfectos, los dientes son fuertes y carecen de caries y otros defectos, debido a la excelente mineralización. Las fracturas óseas eran asimismo muy poco frecuentes.
  
  
Las cifras están sacadas de "Paleopathology at the Origins of Agriculture" (Mark N. Cohen), y se refieren a la zona del Mediterráneo Oriental, incluyendo Grecia y Turquía. Es preciso dejar claro que este cuadro, aunque da la impresión de una evolución ininterrumpida, no refleja las invasiones, cambios de composición racial, diversidad étnica o diferencias de clase social. Por ejemplo, la nobleza siempre estuvo mejor constituida que el campesinado debido a su mayor consumición de productos animales. Los esqueletos de tumbas micénicas en Grecia (1500 AEC) muestran que la aristocracia tenía una mejor alimentación que la plebe, ya que tenían estaturas de 5 a 7 cm más altas y dentaduras mucho mejor formadas y con menor índice de defectos. Además, la aristocracia solía ser de composición racial distinta a la del pueblo bajo. Con todo, los términos medios resultan bastante indicativos, y sobre todo es interesante comprobar cómo la calidad de vida, reflejada en la constitución esquelética, sufrió un colapso absoluto en cuanto se adoptó la agricultura, tocando fondo durante el Neolítico tardío y renaciendo ligeramente con el advenimiento de los pueblos indoeuropeos.
  
2. Índices pélvicos óptimos, alta fertilidad. Por lo general, las mujeres se quedaban facilísimamente embarazadas y daban a luz a una edad joven y con poco sufrimiento. Esto concuerda con el registro fósil de cazadores-recolectores paleolíticos, que muestra índices pélvicos (proporciones del canal pélvico, a través del cual se da a luz) ideales para el parto. Los problemas reproductivos (esterilidad, baja fertilidad, baja libido, impotencia) tanto de mujeres como de hombres, eran prácticamente desconocidos. Una esquimal de Alaska examinada por el Dr. Price había tenido 26 hijos (!). Muchos de sus partos tuvieron lugar durante la noche y ella sola se bastaba para dar a luz sin ayuda. Ni siquiera despertaba a su marido, sino que paría en silencio y le presentaba a su nuevo hijo a la mañana siguiente. Todos sus 26 hijos tenían dentaduras perfectas.
  
  
Esta mujer esquimal tiene una sólida constitución facial y una buena dentadura, a pesar de que debido a golpes, le falta un diente y tiene otro roto. Tuvo 26 hijos, todos de dentadura perfecta. Los esquimales comían cantidades récord de grasa animal procedente de mamíferos acuáticos como la foca, la morsa o el narval.
  
3. Armonía corporal. En todas las comunidades estudiadas, no había prácticamente hombres o mujeres que tuviesen la cintura más ancha que las caderas, a pesar de las inmensas cantidades de grasas animales saturadas (incluyendo colesterol) en sus dietas. Esto contrasta enormemente con la sociedad actual, que cada vez consume menos grasas saturadas, pero que cada vez padece más casos de obesidad, debido al consumo indiscriminado de féculas concentradas, azúcares refinados, harinas blancas, edulcorantes artificiales y otras sustancias indeseables desprovistas de enzimas y disparadoras de la insulina.
  
4. Ausencia de enfermedades degenerativas. Prácticamente no había casos de diabetes, cáncer, alzheimer, obesidad, gota, reuma, hipertensión, artritis, diversas formas de esclerosis, osteoporosis, raquitismo, encorvamiento de la columna, etc., y se gozaba de mayor inmunidad a las enfermedades infecciosas (como la tuberculosis). No se encontraban entre ellos enfermedades cardiacas, infartos, alergias, asma, dolores de cabeza, fatiga muscular, narcolepsia y otras muchas plagas que la sociedad moderna da por sentadas como si fueran normales o formasen parte de la condición humana. Además desconocían males psicológicos ridículos del mundo moderno, como la neurosis, la histeria, la esquizofrenia, la anorexia, la ansiedad, la bulimia, los transtornos bipolares o la depresión, por lo cual tenían una actitud optimista, segura y confiada ante la vida. Las principales causas de muerte eran accidentes e infecciones. Este cuadro contrasta con las catastróficas tasas de enfermedades psicofísicas de las sociedades "avanzadas", sociedades que sólo perduran gracias a toda una industria farmacéutica volcada en prolongar antinaturalmente la cantidad de vida humana a costa de reducir drásticamente su calidad.
  
5. Continuidad de la tradición ancestral. Con el fin de proteger y perpetuar su herencia genética, estas sociedades estaban en condiciones de instruir a sus nuevas generaciones en la sabiduría de los antepasados y en las costumbres tradicionales. De nuevo, esto contrasta con las sociedades "avanzadas", que han desarraigado al individuo de su marco ancestral, vaciándole de toda tradición e insuflándole luego todo un bagaje de comportamientos artificiales y prefabricados que dañan al código genético.
  
6. El modus vivendi del mundo moderno es dañino para la especie. Bajo un punto de vista estrictamente sanitario, evolutivo y de calidad humana, ateniéndonos exclusivamente a la armonía y salud física y psicológica, tal y como haría un médico examinando a un paciente, el contacto con la civilización fue desastroso para todos los grupos estudiados. Price observó que cuando una pareja "primitiva" se pasaba al estilo de vida civilizado, concebía hijos con una configuración esquelética, facial y dental inferior: rostros estrechados y por tanto dientes apiñados y/o mal colocados debido a mandíbulas demasiado pequeñas, problemas con las muelas del juicio, aletas nasales mal desarrolladas (incluso casos de complicaciones respiratorias que bloqueaban las vías nasales y obligaban a respirar exclusivamente por la boca), defectos de nacimiento, conductas erráticas presagiadoras de enfermedades mentales y una susceptibilidad aumentada a las enfermedades infecciosas y crónicas. Significativamente, cuando estas parejas volvían a sus costumbres ancestrales, los defectos de los niños dejaban de empeorar, y los hijos concebidos en adelante ya gozaban de una constitución física y mental perfecta. Éste era uno de los hechos que desmentía la posibilidad de que la perfección dental fuese un factor exclusivamente genético o resultante de la selección natural.

Hoy los hombres modernos se enorgullecen de su estilo de vida, como si tuviese un gran mérito pulsar un botón o agarrar un volante, o como si cada uno de ellos hubiese inventado personalmente la máquina de vapor o la imprenta. Lo que menos se le pasa por la cabeza al "señorito satisfecho" del que hablaba Ortega y Gasset, es que el modus vivendi actual casi parece diseñado adrede para erosionar la calidad biológica del ser humano y enfermarlo —por no hablar del desgaste producido sobre nuestro planeta. Esta situación no es sostenible y no sólo entrará en crisis y colapsará, sino que es deseable que así sea.
  
7. La escoria genética moderna es el resultado de la civilización.Los estratos sociales inferiores, los delincuentes, los defectuosos y gran parte de la población penitenciaria del mundo civilizado, tienen rasgos faciales que evidencian deficiencias nutricionales de los padres, especialmente de la madre durante el embarazo y durante la lactancia, además de una mala alimentación durante la infancia y adolescencia. Este tipo de rasgos va en aumento, ya que, bajo condiciones civilizadas, la escoria biológica es más promiscua y tiene una mayor tasa de natalidad que la élite. Además, actualmente, la "solidaridad" mal entendida de la civilización tiende a proteger legados genéticos defectuosos, mientras dilapida la genética valiosa. En las sociedades tradicionales, con los rigores de la selección natural a toda orquesta, la escoria genética se mantiene bajo mínimos.

8. Sensatez o extinción. Si el hombre moderno pretende sobrevivir a largo plazo, debe operar una revolución alimentaria, emular los rigores del mundo natural y adoptar la sabiduría nutricional del hombre "primitivo". De lo contrario, se enfrenta a tasas de esterilidad en aumento constante y a la extinción por ineptitud evolutiva. El hombre moderno se enfrenta a la posibilidad de que el instinto humano vuelva a la superficie y pase del subconsciente al consciente, saltando todas las barreras, cortando todos los lazos, manifestándose de la manera más primitiva y reclamando los derechos que legítimamente le pertenecen.
  
  
El precio de traicionar a los antepasados y de volverle la espalda a la Naturaleza. Todos estos individuos pertenecen a grupos étnicos tradicionales que han adoptado recientemente la dieta traída por la sociedad industrializada. Algunos (como los dos africanos de abajo a la izquierda) trabajan en plantaciones dirigidas por occidentales, otros (como el de arriba a la derecha, bien peinadito pero con una dentadura lamentable) son personas "privilegiadas" que han tenido acceso a una educación "civilizada"… aunque desgraciadamente también han tenido acceso a la comida "civilizada". Los resultados son siempre los mismos: degradación dental en diversos grados (según fuese mayor o menor la proporción de productos procesados en su dieta), estaturas más bajas, rostros y mandíbulas más estrechos, aletas nasales menos desarrolladas (incluso llegando a la obstrucción permanente de las vías nasales, hasta el punto no poder respirar sino por la boca) y un aspecto más débil y enfermizo que el de sus compatriotas "salvajes". Cuando pensamos que el hombre occidental lleva muchos siglos viviendo bajo este tipo de alimentación, comprendemos el inmenso daño perpetrado.
  
Que todos estos principios funcionaban en su aplicación práctica lo demostraría más tarde George E. Meinig (1914-2008), director de cirugía oral, nutricionista y miembro de la Price-Pottenger Foundation. Sus principios nutricionales y el excelente efecto dental que resultaba de su aplicación alcanzaron tal fama en ciertos medios elitistas que fue contratado por el estudio 20th Century Fox para ser el "dentista de las estrellas" y aconsejarles en materia de nutrición. En cambio, estos principios jamás se predicarían en medios destinados al público común.
  
  
Página web de la WAPF (Weston A. Price Foundation).